La inundación.
El viento castigaba las ventanas. Los postigones se abrían y cerraban. Un silbido agudo y persistente inquietaba el despertar de la mañana.
La lluvia se escurría en los cristales sin imágenes. Cristales empañados por el calor de la casa.
Me adormecía con aquel arrullo violento en que amanecía el día.
Después de muchas vueltas en la cama aparecía mamá con el desayuno anunciando las inclemencias del tiempo. Decía que el pronóstico era preocupante, llovería de tres a cuatro días ininterrumpidamente, que el río Salado había desbordado y que los canales aliviadores no daban abasto.
Sabía que ese día no iría a la escuela. Pasaría las horas junto a los libros, miraría mis cuadernos, contaría los muy bien diez y daría más color a mis dibujos. Juntaría a mis muñecas, les cambiaría el peinado, la ropa y las pondría en sus cunas. Jugaría a la maestra en el pequeño pizarrón que estaba en mi habitación.
Por la tarde, mamá, papá, mis hermanos y yo merendaríamos tortas fritas con mate sin asomar la nariz tras la puerta.
Por la noche una llovizna intermitente lavaba la pared de mi pieza. Era muy lindo dormirse con música de lluvia, protegida en la casa.
Un nuevo amanecer. La lluvia y el viento continuaban sin cesar. Se había corrido la voz que el barrio de la estación ferroviaria ya estaba inundado, que en pocas horas Defensa Civil rescataría a numerosas familias y las llevaría a las escuelas.
Y la lluvia y el viento que sacudía la ropa que había quedado en la cuerda del patio junto a las higueras, persistían.
Encerrados en casa mis hermanos se entretenían jugando con las barajas. La casita robada, la escoba de quince o el chinchón los reunía en una mesa para terminar peleados. Entonces mi mamá los mandaba en penitencia a la cama.
Yo estaba aprendiendo a tejer con dos agujas, así, en silencio pero entretejiendo en mi cerebro mil cosas, sentía miedo, que la casa se inundara.
Papá había dicho que el agua nunca llegaría a nuestro barrio, que en botes sacaban la gente de los barrios más bajos.
Toda la periferia estaba inundada. Las escuelas daban albergue a los necesitados.
El pronóstico era cierto, llegó la inundación a mi pueblo. Nadie se sorprendía, una vieja costumbre, cuestiones de terreno, de una llanura que declina suavemente.
Un gris plomiza atrapa
la tarde.
El agua cae y se desliza en el jardín
de agosto.
Todo es quietud
en el tinte opaco
de la siesta.
Los nidos duermen
la vida
que no puede danzar
entre los árboles.
Bella tarde de lluvia
despiadada y fría
inundando las calles de mi pueblo...
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