Historias de zoquetes y tacos altos.

martes, 27 de noviembre de 2012

Abuela materna.

Rostro cetrino, con surcos bien marcados tenía mi abuela.
Una mirada dura que nunca nos perdía, la nariz larga con grandes orificios que los niños temían, la hacían sencillamente mala.
Casi siempre tenía sus mejillas rosadas con polvos que aplicaba con cisne.
Sus labios bien delineados pronunciaban palabras mezquinas de cariño, negados de sonrisas. A los muy pequeñitos, a los nenes de brazos sabía sonreirles y dejaba desnuda su blanca dentadura.
Los aros más hermosos lucía mi abuelita en aquellas orejas que al descubierto quedaban, pues su pelo entrecano sujetaba tirante hacia la nuca con peinetas de nácar o carey.
Mi abuelita era bajita, de figura impecable.
Su pollera al tobillo, su blusa con puntillas y un delantal con pechera eran su atuendo habitual.
Le decían Doña Angela porque Angela era su nombre aunque de ángel no tenía nada.
Cuando íbamos de visita los consejos de nuestra madre nos advertían.
Permanecíamos sentados sin pedir nada hasta que la abuela sirviera, no ir mucho al baño y que no se nos ocurriera empezar con peleas.
Las patadas debajo de la mesa, las sacadas de lengua, los sobrenombres en voz baja hacían que pidiera permiso para salir al patio.
Sentada allí, solita, bajo el jazmín del cielo, en el centro del patio, a la sombra del naranjo, de la parra y rodeada de violetas aspiraba los perfumes más dulces de las plantas que amaba mi abuela.
Muy severa era mi abuela pero respetada. Su casa era antigua con galerías muy frescas y macetas floreadas.
Ah!! Cómo quisiera hacerle los mandados, sentarme en su cama, hundirme entre almohadones bordados, almidonados, rodeados de puntillas y poder decirle: ¡Te quiero abuela!

Angelita

Allá en General Lavalle
junto a la ría de Ajó
había nacido mi abuela
en mil ocho ochenta y dos.
A ese lugar infame
de la Confederación
llegaban barcos ingleses
buscando en los saladeros
carne, cuero y mucha grasa
que exportaba el ganadero.

Un vasco francés llegado
a una estancia vecina
para criar a las ovejas
y dedicarse a la esquila
el domingo iba al pueblo
y de ahí a la pulpería
y por conocer el puerto
se enamoró de una chica
una chica pueblerina.

Pronto formaron familia
y se rodearon de hijos.
Mar del Plata fundó el puerto
y la ría se moría.
El pueblo pierde sentido
sus tierras son de bahía.
Escasa agua potable.
Hay que emigrar a otro pago
con la mujer y la cría.

Así pasaron los años.
Mi abuelo el vasco Amarante
había caído enfermo
y la muerte lo pedía.
Viuda se quedó la abuela.
Crió sola a sus diez hijos.
¿Será por este infortunio
que el carácter de Angelita
no tenía alegría?
  ¡A cocinar!

En casa nunca faltó la comida. Quizás algunas zapatillas porque mamá era hábil y la ropa nos hacía.
Preparar la comida siempre era una fiesta y en época de caza las bolsas de perdices llegaban de regalo desde la estancia.
Tarea para todos, había que pelarlas. Mamá nos dirigía con paciencia y el tiempo de sobra que existía.
Luego, después de cocinarlas, un perfume a escabeche inundaba la casa.
Una hilera de frascos transparentes, rebasaban coloridos, lucían apetitosos, manjar de aquellos días.
Otras veces papá iba de pesca. Numerosos ríos, arroyos y canales recorren la llanura, atraviesan Dolores para llegar a las costas del Mar Argentino. Vagos recuerdos del canal A, del nueve, de la Picasa y del  canal quince, a veces asoman a mi memoria.
Hacia 1.911, por leyes provinciales se excavaron esos canales que aliviarían el desliz de las aguas pues las inundaciones eran frecuentes.
En la inauguración de los mismos estuvo presente el Presidente  de la Nación, Roque Saenz Peña.
La voz se había corrido: - ¡Hay pique !
Pejerreyes plateados de todos los tamaños, mamá seleccionaba: - Pongan aquí a los matungos - decía. Después los fileteaba.
Afanosa, yo quería limpiarlos, sacarles las escamas, tajearlos por la panza, retirarles las vísceras, lavarlos.
Rebozaba en harina a los más pequeños, una buena fritanga reunía a la familia festejando la pesca que papá había traído.
Como siempre, mis hermanos mayores conseguían los permisos, ya había nacido el cuarto hijo.
- Nos vamos a cazar peludos - decían.
Mulitas o peludos los muy pillos traían.
Mamá que era de campo, manejaba muy bien la cuchilla. Todos a su alrededor esperábamos el caparazón, y allí como en un laboratorio observábamos y escuchábamos las explicaciones que el mayor nos daba sobre aquel animalito vegetariano.
La carne se adobaba y después de unas horas el horno la esperaba.
También algún conejo corrió la misma suerte en aquella cocina.
Con huevos de avestruz que equivalen a ocho de gallina, mamá 
nos endulzaba con ricos bizcochuelos.   

Buñuelos.  

-¡Queremos comer buñuelos!           
   ( pedíamos a mamá )
- Harina, huevos y leche
tienen que ir a comprar.
La mejor grasa de vaca
era para cocinar.
-¿Quién va a batir los huevos?
 ( preguntaba mi mamá ).
La tarea yo emprendía:
tres cucharadas de azúcar,
rayadura de limón
¡y dale al batidor!
Algo de harina leudante
y leche en proporción,
pasas de uva ponía,
¡vaya que preparación!
Tan redondos los buñuelos
los cocinaba mamá...
Parecían hecho en molde,
era su habilidad.
- No comerlos muy calientes
que les pueden caer mal.
Una taza de chocolate
y la merienda genial.