Abuela materna.
Rostro cetrino, con surcos bien marcados tenía mi abuela.
Una mirada dura que nunca nos perdía, la nariz larga con grandes orificios que los niños temían, la hacían sencillamente mala.
Casi siempre tenía sus mejillas rosadas con polvos que aplicaba con cisne.
Sus labios bien delineados pronunciaban palabras mezquinas de cariño, negados de sonrisas. A los muy pequeñitos, a los nenes de brazos sabía sonreirles y dejaba desnuda su blanca dentadura.
Los aros más hermosos lucía mi abuelita en aquellas orejas que al descubierto quedaban, pues su pelo entrecano sujetaba tirante hacia la nuca con peinetas de nácar o carey.
Mi abuelita era bajita, de figura impecable.
Su pollera al tobillo, su blusa con puntillas y un delantal con pechera eran su atuendo habitual.
Le decían Doña Angela porque Angela era su nombre aunque de ángel no tenía nada.
Cuando íbamos de visita los consejos de nuestra madre nos advertían.
Permanecíamos sentados sin pedir nada hasta que la abuela sirviera, no ir mucho al baño y que no se nos ocurriera empezar con peleas.
Las patadas debajo de la mesa, las sacadas de lengua, los sobrenombres en voz baja hacían que pidiera permiso para salir al patio.
Sentada allí, solita, bajo el jazmín del cielo, en el centro del patio, a la sombra del naranjo, de la parra y rodeada de violetas aspiraba los perfumes más dulces de las plantas que amaba mi abuela.
Muy severa era mi abuela pero respetada. Su casa era antigua con galerías muy frescas y macetas floreadas.
Ah!! Cómo quisiera hacerle los mandados, sentarme en su cama, hundirme entre almohadones bordados, almidonados, rodeados de puntillas y poder decirle: ¡Te quiero abuela!
Angelita
Allá en General Lavalle
junto a la ría de Ajó
había nacido mi abuela
en mil ocho ochenta y dos.
A ese lugar infame
de la Confederación
llegaban barcos ingleses
buscando en los saladeros
carne, cuero y mucha grasa
que exportaba el ganadero.
Un vasco francés llegado
a una estancia vecina
para criar a las ovejas
y dedicarse a la esquila
el domingo iba al pueblo
y de ahí a la pulpería
y por conocer el puerto
se enamoró de una chica
una chica pueblerina.
Pronto formaron familia
y se rodearon de hijos.
Mar del Plata fundó el puerto
y la ría se moría.
El pueblo pierde sentido
sus tierras son de bahía.
Escasa agua potable.
Hay que emigrar a otro pago
con la mujer y la cría.
Así pasaron los años.
Mi abuelo el vasco Amarante
había caído enfermo
y la muerte lo pedía.
Viuda se quedó la abuela.
Crió sola a sus diez hijos.
¿Será por este infortunio
que el carácter de Angelita
no tenía alegría?
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