Las escondidas.
Durante la primavera y el verano los juegos eran fuera de la casa.
El contacto con los árboles, con los yuyales era más divertido.
Aprovechábamos jugar a las escondidas. Por suerte, ellos me incluían de tanto en tanto en los juegos.
Recuerdo a sus amigos Parodi y Celasco, también recuerdo los raspones que lucían mis piernas producto de rebotar junto al paredón cuando llegaba corriendo para tocar la pared y gritar: ¡casa!
A veces me quedaba esperando hasta que los otros llegaran porque daban la vuelta manzana para despistarme.
Luego se repetía el juego y así sucesivamente por largo tiempo.
Era tal el nerviosismo que pasaba jugando a las escondidas...
Metida en el cerco de ligustrina, de panza en el pastizal del vecino, detrás del camión de Damico que siempre terminaba orinada.
Piedra libre.
Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis,
veintitrés, cuarenta y cinco, cincuenta y seis
y el que no se escondió se embromó.
Dispuestos para la trampa,
la cara contra el paredón.
Sorprendentes escondidas
entre varones y yo.
Un radio delimitado
debíamos respetar,
no alejarse demasiado
para la "casa" cuidar.
Si los yuyos se movían
seguro que ahí están.
Ruidos a cañas secas
venían del cañaveral.
Otro trepaba a un árbol
o se metía al zaguán.
La búsqueda terminaba
cuando alguno gritaba:
¡Piedra libre para todos!
Y yo volvía a contar!!!
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