Como todas las noches, después que el último comensal saboreara el mejor plato del día y degustara satisfecho el vino, tomó su bicicleta media carrera para regresar a su hogar.
Había sido una jornada muy especial, fin de mes y mucho calor.
El aire de la ruta dos era un alivio pues el ardor de seis hornallas hacían insoportable los días en la cocina de la Hostería Los Sauquitos.
Había que disfrutar de cara al viento.
Cada vez que un auto o un camión lo pasaba, su cuerpo vibraba.
Un kilómetro más y ya entraba en la Avenida Esteban Facio, oscura, solitaria, bordeada con un arboleda de amplia copa.
Las sombras danzaban con el viento un vals de hechizo en la noche sin luna.
Las pálidas lámparas del alumbrado público acompañaban aquel regreso.
Ya en la avenida, a la distancia, un bulto blanco se ocultaba entre los troncos. Era la viuda que de tanto en tanto salía a rodar con su pena y su venganza.
En un segundo, en la mente de mi padre la voz de mi abuela advertía: -Cuando la viuda sale a tu encuentro a contar su pena, por detrás, su acompañante, te ataca y roba.
En la bocacalle quedaron las huellas de las ruedas de la bicicleta . A toda carrera se encontró nuevamente en la ruta dos. A unas diez cuadras estaba la entrada sur del pueblo.
Cuando pasó el cementerio sintió tranquilidad , la calle Olavarría con buena iluminación y sin arboleda le aseguraba un buen regreso a casa con el sueldo intacto.
Cosas de pueblo.
En los pueblos
se avivan las leyendas
de lobizones, lloronas y jinetes.
Algunos se escuchan
por la noche
rompiendo el silencio con galopes.
Otros aullan
a la luna llena
inquietanto a los niños tras la cena.
Y en el sueño
que invita al descanso
rompe la quietud en raudo llanto
la llorona
que inunda con su pena.
Sumergido entre sábanas
un mundo de temores y de ataques
el niño imagina.
Su ángel lo protege desde el cielo
y le regala
un sueño placentero.
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