Historias de zoquetes y tacos altos.

sábado, 25 de agosto de 2012

  Comunicación telefónica.


Habían decidido ir a pescar ranas al zanjón de Galdos. Con mi hermano menor nos entreteníamos hablando por teléfono.
Cuanto más tirante teníamos el piolín, mejor llegaba la voz y para que fuese real debíamos estar ocultos uno del otro. Esto era lo atractivo, escuchar la voz sin vernos.
Yo me sentaba en el piso, detrás del combinado y él detrás del sillón grande, lo más lejos posible.
Debíamos coordinar bien la conversación pues cuando yo hablaba él tenía que escuchar y viceversa.
Lo interesante era hablar con la boca bien metida dentro de la lata y que el sonido recorriera el piolín.
Para construirlo mamá nos guardaba las latitas de conserva de tomates, cuidaba que no quedara rebaba en la abertura, las lavaba muy bien y nosotros con un clavo agujereábamos el fondo y pasábamos el piolín anudando los extremos para que las latas quedaran sujetas.
Lo más atrapante era construirlo porque las conversaciones no duraban demasiado.
Nos hacíamos preguntas, nos contábamos algunas cosas pero después nos provocábamos con sobrenombres y algunas malas palabras.
Uno de los dos perdía la paciencia primero y sacaba corriendo al otro y así comenzaba otro juego, claro, después que uno de los dos hubiese llorado.       

Creatividad.

Los más lindos juguetes
armábamos con ansiedad
podía ser un carrito
o teléfono funcional.

Los materiales más simples
usábamos al fabricar,
dos latitas de conserva
cualquier hilo, menos sisal.

Habilidad en los nudos
para poder escuchar
tensar de extremo a extremo
y el walky talky ya está.                                                      

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