La estancia de General Conesa.
El frío húmedo del pueblo, los árboles desnudos y la llegada de mis primas adultas, eran la señal de unas vacaciones en la estancia de los Martinez Pando.
Llegábamos a Gral. Conesa por la ruta 63 y 11 en el auto del marido de mi prima Chana, Lucho, el administrador de la estancia, sobrino de Don Pando.
Tomábamos la media luna derecha que nos acercaría a la entrada trasera de aquel casco blanco e imponente de la estancia San Adolfo, hoy Los Overos.
Sólo tenía nueve años y la independencia clara. Dejaba a mi familia por quince días. Ocupaba la habitación pequeña del frente de la casa.
Extendía la cama que empotrada a la pared funcionaba de mueble repisa.
Recorría las paredes observando, sumergiéndome en los paisajes de aquellos cuadros.
Me sentía tan libre en esa alcoba, levantaba la persiana muy temprano, casi al alba.
La quietud, la escarcha tan blanca me llevaban a la cama de almidonadas y tibias sábanas. Hojeaba un Martín Fierro y me inventaba mil historias.
La peonada me mimaba en la cocina, me servían mate cocido, pan casero, tortas fritas que sin vergüenza aceptaba aunque ya había desayunado en el comedor de la estancia.
Durante un almuerzo Don Pando, el patrón de la estancia, me miraba y sonreía.
-¿Qué tal las milanesas?- me dijo.
-Muy ricas, tío.- respondí.
-Son de potranca, muy buena esta carne blanca.- agregó.
Lo miré fijo, una imagen recorrió mi cerebro: "yo montando a la potranca".
Me levanté de la mesa, corrí hacia el ventanal y, vi corretear a Blanca, la potranca.
La vaca nos da la leche
carne y cuero, lo sabía.
El cerdo ricos jamones,
las ovejitas la lana
y los huevos la gallina.
Que los patos y los pavos
eran sabrosa comida
¡eso también lo sabía!
¿qué el caballo se comía?
¿qué fabrican mortadela?
¿quién me lo creería?
Esto lo aprendí en la estancia
cuando comi milanesas
y Don Pando se reía.
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