Historias de zoquetes y tacos altos.

martes, 1 de octubre de 2013

Firpo.

Si nombro mucho a mi madre es porque mi padre trabajaba todo el día.
Cuando regresaba, ella había cumplido con todos los deberes de buen ama de casa y hasta los niños dormían. Hacíamos que dormíamos.
En la penumbra de la noche cuando solo una luz mortecina como una nebulosa se refractaba en el espejo, mis hermanos comenzaban con sus conversaciones.
-Me parece que Firpo se acostó a dormir en la vereda de enfrente (decía unos de ellos bajo las sábanas).
-Tiene cara de calavera ese viejo (contestaba el otro).
Yo conocía a Firpo. Cada vez que entraba a la iglesia él estaba con su brazo extendido pidiendo una limosna.
Creo que más conocía su mano que su cara. Vergüenza y temor por curiosear su rostro.
Desde lejos sí lo observaba, era esa imagen la que yo conocía muy bien.
Alto, delgado, canoso, escondido en su sobretodo negro.
-Con ese sobretodo negro y largo no se le ve el esqueleto (decía el mayor).
-¿En qué idioma habla? (preguntaba el menor).
-Dicen que reza en latín por eso está siempre en la puerta de la iglesia.
Mamá nos contaba que Firpo era un hombre que había enloquecido cuando su padre mató a su madre. Decía que era hijo de una pareja de profesionales y que empezó a vagar de pueblo en pueblo y recaló en Dolores.
-Parece que hoy salió a caminar y la noche lo sorprendió en nuestro barrio (decía Beto acercándose a la ventana).
Yo atenta seguía el hilo de la conversación de mis hermanos, sentía un poco de temor  pero hacia que dormía.
Que Firpo entrara a mi casa no me hubiese gustado o quizás sí porque era una persona educada pero con mis ocho años recién cumplidos veía a las personas mayores con cierto recelo más a él que era un vagabundo.
-Debe estar planeando un asesinato (respondió Quique mirando tras del vidrio de la ventana).
-Ah!!!!! Va a matar a nuestra hermana... (dijo Beto).
-¡¡¡¡¡Mamá!!!!! (grité).
Una almohada había caído sobre mi cuerpo.

Loca yo, loco él.

Tantos locos sumergidos
en hospicios.
Tantos locos protegidos
en sus casa
y este loco pordiosero
que anda suelto.

Cuántos locos bien vestidos
en la calle.
Cuántos locos con su odio
en la mirada
y este loco pordiosero
indefenso.

Mas de traje y portafolios
los tolera
la sociedad que margina
y etiqueta
y a este loco pordiosero
no lo acepta.
Tinentes o payanas.

Otros de los juegos que construían los mas grandes eran las payanas de mármol, bien redondeadas, todas del mismo peso, las cinco de igual forma. A veces no se conseguía el material y a falta de mármol buena era la cerámica.
Había que tirarse al piso y saber barajar.
Sabíamos jugar entre varios pero también éste era un juego solitario.
Teníamos que tomar al vuelo la payana y recoger de a uno, de a dos, de a tres, de a cuatro, pique y puente en cada partida.
Aquí el contrincante señalaba que piedra debía pasar primero, marcaba la de mas difícil posición y controlaba que no fueses a otra tocar porque te gritaba: ¡Penó, penó!
El juego te cortaba para él poder empezar.


Piedritas

De la lengua aborigen 
es payana.
Un pasivo jueguito para niños.
Una destreza para coordinar
la vista y el impulso de la mano.
Sabios los naturales de esta tierra
que iniciaron a sus hijos en lo lúdico
para que éstos adquirieran precisión
cuando de caza se fueran con las armas.

miércoles, 12 de junio de 2013

 Las escondidas.

Durante la primavera y el verano los juegos eran fuera de la casa.
El contacto con los árboles, con los yuyales era más divertido.
Aprovechábamos jugar a las escondidas. Por suerte, ellos me incluían de tanto en tanto en los juegos.
Recuerdo a sus amigos Parodi y Celasco, también recuerdo los raspones que lucían mis piernas producto de rebotar junto al paredón cuando llegaba corriendo para tocar la pared y gritar: ¡casa!
A veces me quedaba esperando hasta que los otros llegaran porque daban la vuelta manzana para despistarme.
Luego se repetía el juego y así sucesivamente por largo tiempo.
Era tal el nerviosismo que pasaba jugando a las escondidas...
Metida en el cerco de ligustrina, de panza en el pastizal del vecino, detrás del camión de Damico que siempre terminaba orinada.

Piedra libre.

Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis,
veintitrés, cuarenta y cinco, cincuenta y seis
y el que no se escondió se embromó.
Dispuestos para la trampa,
la cara contra el paredón.
Sorprendentes escondidas
entre varones y yo.
Un radio delimitado
debíamos respetar,
no alejarse demasiado
para la "casa" cuidar.
Si los yuyos se movían
seguro que ahí están. 
Ruidos a cañas secas
venían del cañaveral.
Otro trepaba a un árbol
o se metía al zaguán.
La búsqueda terminaba
cuando alguno gritaba:
¡Piedra libre para todos!
Y yo volvía a contar!!!