Qué momento importante en la vida de los pueblos es la siesta.
En las grandes ciudades horarios corridos, los empleados almuerzan en veinte minutos y continúan con las tareas.
En el interior de la provincia los negocios bajan las cortinas al medio día y hasta las dieciséis no las levantan.
Almuerzan tranquilos comida casera, hacen sobremesa y después, la siesta.
Cuando se es niño la peor enemiga es la siesta.
Las madres pretenden y exigen a los niños dormirla. Así me sucedió toda mi infancia. Yo no podía conciliar el sueño a esa hora.
Un haz de luz penetraba por el postigo de la ventana y se plasmaba en la pared. Allí podía observar las sombras de las personas que pasaban por la vereda. Así me entretenía, contaba las personas que caminaban mi pared.
Otras veces me ponía a mirar el cielorraso, descubría en cada nudo de la madera un animalito que me miraba con ojos mansos. Unos pequeños, otros más grandes parecían asomar del techo para invitarme vaya uno a saber a qué locas caminatas.
Con mis hermanos hablábamos bajito y como hablar estaba prohibido, ante cualquier circunstancia nos agarraban ataques de risa. Yo mordía bien fuerte la almohada y a veces podía contenerla, otras, no.
Entonces, se escuchaba a mamá decir: -Duerman que va a pasar el viejo de la bolsa, ése que se lleva a los chicos que molestan a la hora de la siesta.
Yo conocía al viejo de la bolsa, se llamaba Anyulín.
Era bajito y viejo, caminaba a paso corto, doblado a cuarenta y cinco grados con la bolsa al hombro por el medio de la calle.
¿Hacia dónde iba?
¿Qué llevaba en su bolsa?
Seguro que chicos no!!!!!!!!!!!!
Los cucos de mi infancia
no crecieron.
Se quedaron inertes
invernando los miedos
que en mis sueños de siesta
no existieron.
Una mano oscura y muy velluda
se tomaba de la reja
en mi ventana
para hacerme dormir
mientras mi mente
en otro espacio deambulaba.
El hombre de la bolsa
y su capricho
de llevarse los niños
que jugaban
se quedó congelado
junto al árbol al que yo trepaba.
Los duendes de mi infancia
no crecieron
se quedaron dormidos
esperando los chicos
que corrían y gritaban
en la siesta
tan lejana.
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