Historias de zoquetes y tacos altos.

sábado, 28 de julio de 2012

La estancia de General Conesa.


El frío húmedo del pueblo, los árboles desnudos y la llegada de mis primas adultas, eran la señal de unas vacaciones en la estancia de los Martinez Pando.
Llegábamos a Gral. Conesa por la ruta 63 y 11 en el auto del marido de mi prima Chana, Lucho, el administrador de la estancia, sobrino de Don Pando.
Tomábamos la media luna derecha que nos acercaría a la entrada trasera de aquel casco blanco e imponente de la estancia San Adolfo, hoy Los Overos.
Sólo tenía nueve años y la independencia clara. Dejaba a mi familia por quince días. Ocupaba la habitación pequeña del frente de la casa.
Extendía la cama que empotrada a la pared funcionaba de mueble repisa.
Recorría las paredes observando, sumergiéndome en los paisajes de aquellos cuadros.
Me sentía tan libre en esa alcoba, levantaba la persiana muy temprano, casi al alba.
La quietud, la escarcha tan blanca me llevaban a la cama de almidonadas y tibias sábanas. Hojeaba un Martín Fierro y me inventaba mil historias.
La peonada me mimaba en la cocina, me servían mate cocido, pan casero, tortas fritas que sin vergüenza aceptaba aunque ya había desayunado en el comedor de la estancia.
Durante un almuerzo Don Pando, el patrón de la estancia, me miraba y sonreía.
-¿Qué tal las milanesas?- me dijo.
-Muy ricas, tío.- respondí.
-Son de potranca, muy buena esta carne blanca.- agregó.
Lo miré fijo, una imagen recorrió mi cerebro: "yo montando a la potranca".
Me levanté de la mesa, corrí hacia el ventanal y, vi corretear a Blanca, la potranca.


La vaca nos da la leche
carne y cuero, lo sabía.
El cerdo ricos jamones,
las ovejitas la lana
y los huevos la gallina.
Que los patos y los pavos
eran sabrosa comida
¡eso también lo sabía!
¿qué el caballo se comía?
¿qué fabrican mortadela? 
¿quién me lo creería?
Esto lo aprendí en la estancia
cuando comi milanesas
y Don Pando se reía.
Vacaciones en General Rodriguez.


Aún de madrugada, con la brisa suave y fresca, la bocina del auto de alquiler que nos acercaba a la estación ferroviaria, sonaba.
Momentos de emoción, el beso a papá y a mis hermanos mayores que se quedaban.
La noche nos mostraba las sombras con incógnitas, las luces de los focos que apenas alumbraban, algún perro nervioso que la casa cuidaba.
La estación dolorense ahí estaba, antigua, inerte, envuelta en soledad.
Sólo ese mundo de andenes y campanas parecía recobrar vida cuando el silbato de la locomotora se escuchaba. Resonaba en la noche el grito del guarda.
Una vez en el vagón mi madre nos mimaba, descubría las sorpresas que endulzaban el viaje. Entre vaivenes y sombras el sueño comenzaba y con un sol alto la máquina en Constitución detenía la marcha.
Y allí... ¡La gran ciudad! Moderna, agitada...
La vista no alcanzaba para mirarlo todo, las imágenes, el ruido, todo se aceleraba.
-¡Taxi!, a plaza Miserere- decía mi madre.
Desde allí a Gral. Rodriguez por el ferrocarril Sarmiento.
Cuando llegábamos, mis tíos, nosotros, el gato, la casa, todo era alborozo.
Pasábamos quince días y con ellos regresábamos al Dolores chato y aburrido como todo pueblo del interior.
Ellos llegaban con estrellitas en los ojos, deseosos de repartir besos y cariño, con mucha alegría por ver a mi abuela materna.
Año a año repetían el mismo anhelo, estar juntos reunidos a la mesa.
El árbol navideño de pino natural los recibía lleno de velas y regalos. Ellos depositaban en él, el misterio y la magia de las sorpresas que traían.
Eran esos tíos los que nos maravillaban con fuegos artificiales que ascendían y se perdían en el firmamento azul oscuro de Nochebuena.
Una voz muy cálida nos reunía y contaba que esas estrellas viajaban a Belén para guiar a los Reyes que iban en busca de Jesús.


Buenos Aires.


Le dicen Reina del Plata
porque es muy atractica.
Caminando por Corrientes
o por la calle Florida
la recorre tanta gente
de noche como de día.
Las luces la iluminan,
la embellecen marquesinas.
Los autos que la transitan
hacen sonar la bocina.
Taxis, subtes, colectivos,
del norte al sur la caminan.
Y en la 9 de Julio
el obelisco la mira.
El  Cabildo nos recuerda
junto a la Plaza de Mayo,
las láminas de mi aula,
el candombe, la negra mazamorrera,
la fiesta del 25
donde toda la familia
con sentimiento de Patria
a la escuela concurría.

miércoles, 4 de julio de 2012

La expedición.

De muy pequeños nos gustaba salir de expedición, rara vez podía ir yo, será por eso que recuerdo tanto, ésa, la única vez que me dejaron ir.
Llevábamos frasquitos, cucharas, palitos y bolsitas de papel.
A lo largo de la caminata había que juntar todo tipo de insectos, anélidos y todo lo que se pudiera llevar a casa.
Yo sabía que debajo de las piedras podía encontrar "bichitos de humedad" o sea cochinillas, eran fácil de colocar en el frasco, capturaba un montón. Allí también había lombrices que me daban impresión, las transportaba cuidadosamente con un palito, una a una, y cuando ya tenía unas cuantas observaba el movimiento que me resultaba repugnante.
Seguíamos la marcha de potrero en potrero o por la orilla de un zanjón.
Me encantaba reventar los hormigueros que dejaban al descubierto centenares de larvas blancuzcas.
Beto y Quique se encargaban de atrapar arañas y como consideraban una operación de riesgo pedían que me alejara, que me fuese a buscar tréboles de cuatro hojas, claro esta tarea me llevaría un tiempo largo porque era muy difícil conseguirlos.
De pronto llegábamos al pozo y en su profundidad húmeda y oscura los sapos y escuerzos permanecían estáticos.
El más salvaje de mis hermanos proponía conseguir un cigarrillo para hacer fumar al escuerzo.
Un muchachote que pasaba por ahí ofreció uno.
Sin miedo, con mucho coraje el mayor descendió al pozo, hubo un momento en que aquellos animales de piel verrugosa se movieron para quedar nuevamente espectantes a los sucesos. Él fue acercándose al batracio de color verdoso amarillento, poco a poco el animal cazó el cigarrillo encendido que le ofrecía como si fuese una presa y comenzó a hincharse, dicen que murió reventado.
Al atardecer aparecían las luciérnagas. Los tres varones eran rápidos para apresarlas en un frasco.
Lo más esperado era la liberación de las luciérnagas en la habitación a oscuras, quedábamos maravillados con el destello de sus luces fantasmagóricas.

Infancia transparente
con crueles palabras desnudas,
con actos salvajes de profanadores
para saciar las ansias.

Destripadores sin sentimientos
mudos de dolor
con la curiosidad a pleno
para romper con la ignorancia.

Inmutables artífices
para vaciar los nidos de indefensas
palomas
con las honderas como armas
en el bosque de la vida.

martes, 3 de julio de 2012

La comunión.

La escuela primaria y la iglesia eran serias obligaciones. Dos instituciones indiscutibles para mi familia.
Inmaculados como ángeles, todos de blanco, con la pureza en el alma traspasábamos la puerta de la escuela pública con el sonido de la campana y con los acordes del órgano que sonaba solemne y crispaba los sentidos la inmensa puerta marrón de la iglesia.
La iglesia.....
A lo lejos resplandecía laminado en oro el altar, cubierto con mantos bordados en puntillas valencianas, florecido en crisantemos y azucenas blancas.
El Dios de los ocho años, Dios temeroso y misterioso rondaba en mi mente.
El cuerpo de Jesús representado en hostia limpiaba los pecados que aún no conocía.
Y los mandamientos..... Reglas fijas, absolutas, sin cuestionamientos se habían grabado en mi cerebro.
Concurríamos a la iglesia durante un año. Los domingos de rigurosa presencia. La mantilla y el rosario eran parte de esos ritos de arrodillarnos, confesarnos y repetir la lección que teníamos señalada.
Mis padres andaban ocupados en los preparativos de la comunión. La ropa para todos, la comida y la fiesta compartida con los familiares porque éramos tres primos los que recibiríamos el cuerpo de Jesús.
Como siempre yo quería saber todo, escuchaba la conversación de los mayores.
-Con Frondizi todo irá mejor- decía mi papá.
-Vamos a ver si podrás comprar una casa con los Radicales- decía mi mamá.
¿Quiénes eran los Radicales? Otra intriga más.
Y llegó el día.
Tres primos, Roberto, Susana y Yo; impecables, moño blanco y traje azul; vestidos de organza y tull.
Aquello era un desfile...  Después de haber comulgado, la casa del fotográfo y más tarde la fiesta familiar.
Me quedan en el recuerdo la firmeza y la constancia de mis padres por formarme en una creencia.
Vino después la segunda comunión, la confirmación y siempre la confesión.

¿Quién me habría regalado
aquel hermoso librito?
Era el ángel de la guarda
que en sus páginas decía:
(con unas letras muy grandes)
-Te haré siempre compañía-
Le suplicaba una nena:
"No me dejes sóla que me perdería"
Tan bello era aquel ángel
con sus cabellos dorados,
con su piel tersa y fina,
que ese libro iba conmigo
de la cama a la cocina.
Su tapa muy atractiva,
salpicada en brillantina.
¿Dónde quedó ese librito,
a quién protege hoy el ángel
de las malas compañías?