La comunión.
La escuela primaria y la iglesia eran serias obligaciones. Dos instituciones indiscutibles para mi familia.
Inmaculados como ángeles, todos de blanco, con la pureza en el alma traspasábamos la puerta de la escuela pública con el sonido de la campana y con los acordes del órgano que sonaba solemne y crispaba los sentidos la inmensa puerta marrón de la iglesia.
La iglesia.....
A lo lejos resplandecía laminado en oro el altar, cubierto con mantos bordados en puntillas valencianas, florecido en crisantemos y azucenas blancas.
El Dios de los ocho años, Dios temeroso y misterioso rondaba en mi mente.
El cuerpo de Jesús representado en hostia limpiaba los pecados que aún no conocía.
Y los mandamientos..... Reglas fijas, absolutas, sin cuestionamientos se habían grabado en mi cerebro.
Concurríamos a la iglesia durante un año. Los domingos de rigurosa presencia. La mantilla y el rosario eran parte de esos ritos de arrodillarnos, confesarnos y repetir la lección que teníamos señalada.
Mis padres andaban ocupados en los preparativos de la comunión. La ropa para todos, la comida y la fiesta compartida con los familiares porque éramos tres primos los que recibiríamos el cuerpo de Jesús.
Como siempre yo quería saber todo, escuchaba la conversación de los mayores.
-Con Frondizi todo irá mejor- decía mi papá.
-Vamos a ver si podrás comprar una casa con los Radicales- decía mi mamá.
¿Quiénes eran los Radicales? Otra intriga más.
Y llegó el día.
Tres primos, Roberto, Susana y Yo; impecables, moño blanco y traje azul; vestidos de organza y tull.
Aquello era un desfile... Después de haber comulgado, la casa del fotográfo y más tarde la fiesta familiar.
Me quedan en el recuerdo la firmeza y la constancia de mis padres por formarme en una creencia.
Vino después la segunda comunión, la confirmación y siempre la confesión.
¿Quién me habría regalado
aquel hermoso librito?
Era el ángel de la guarda
que en sus páginas decía:
(con unas letras muy grandes)
-Te haré siempre compañía-
Le suplicaba una nena:
"No me dejes sóla que me perdería"
Tan bello era aquel ángel
con sus cabellos dorados,
con su piel tersa y fina,
que ese libro iba conmigo
de la cama a la cocina.
Su tapa muy atractiva,
salpicada en brillantina.
¿Dónde quedó ese librito,
a quién protege hoy el ángel
de las malas compañías?
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