De vacaciones en Segurola.
Llegaba el infernal verano de mi pueblo. Mi madre escuchaba radioteatros y a mi me estimulaban la imaginación.
Parece hoy, la radio informaba: "Lo que pasa en Cuba", yo no quería oir cosas tristes y cuando preguntaba el por qué de tanto sufrimiento me respondían que era el resultado de la maldad del hombre. Pero los hombres mandaban, en casa mandaba papá, los policias eran hombres, el cura de la capilla de mi barrio era un hombre. Yo no entendía.
Ese verano íbamos a Segurola, Partido de Madariaga, zona de estancias, zona ganadera.
Olor a tierra mojada antes de llegar al andén. A media mañana descendíamos del último vagón.
Hombres, mujeres y niños cargaban sus maletas. Otros, con miradas inquietas buscaban entre la muchedumbre.
Allí estaba tío Ismael, el mayordomo, sombrero negro, botas de cuero engrasadas junto al sulky.
Así comenzábamos el segundo tramo para llegar a la estancia.
Una vez divisada la arboleda rápidamente llegábamos a la tranquera.
Deseosos de abrirla peleábamos por hacerlo, un poco más y ya entrábamos con los ojos sedientos de nuevos paisajes.
Árboles altísimos poseedores de arquitecturas de paja, los nidos de cotorras explotaban en chirridos y cantos. Plagas destructoras de aquellos sembradíos.
Más tarde en la larga mesa, saboreábamos la comida que sabía a campo.
Recorríamos la galería que nos llevaba al reposo de la siesta acompañados con la musicalidad de los pájaros que chapoteaban en el agua de una fuente de mármol.
Nos fascinaba entrar a las salas de la estancia con sus vitrinas repletas de porcelana y plata.
¿Quién sería el dueño de todo esto?
Mi tío siempre hablaba de la Señora que había hecho construir la escuelita a poca distancia de allí.
De todos los ambientes emanaba un olor a aquellas cosas detenidas en el tiempo.
Tío Ismael vivía en una casa muy linda, a una cuadra del casco de la estancia.
Los atardeceres eran calmos, parecía que la vida se tomaba un descanso, como aquellos arados y trilladoras que dormían al reparo de galpones que guardaban un silencio extraño.
Noche oscura, con ruidos desconocidos, comenzaba el temor a la luz de las lámparas.
Rostros desdibujados y una madre que calma: -Son los perros ladrando, las lechuzas que cazan, las vizcachas paseando...-
¡Qué hermoso que huele el campo
de mis tierras argentinas!
Olor a tierra mojada
después de lluvia mezquina.
Perfume a eucaliptus
a pinos y a glicinas.
El chirrido de cotorras
que vuelven a su guarida.
El alerta de los teros
cuando gente se avecina.
Las lechuzas en la noche
parecen pedir silencio
para que sea tranquila.
Me gusta llegar al campo
porque la naturaleza
se viste de pajonal,
de arroyo o de laguna
para brindarme la vida
con toda su hermosura.
miércoles, 20 de junio de 2012
lunes, 18 de junio de 2012
El tanque australiano.
Allí, en el potrero que a veces se vestía de circo, crecían las cicutas y los cardos.
Olvidado, un tanque australiano dormía su inutilidad.
Yacía acostado sobre la maleza, color rojo ladrillo, opaco, con cientos de remaches en sus espaldas.
Mis hermanos y sus amigos tenían en ese tanque un mundo increíble.
Siempre quería ir con ellos pero sólo era un deseo.
Al atardecer los espiaba, trepada al paredón, a unos cincuenta metros de distancia.
Veía las llamas altas del fuego que los iluminaba. Allí tomaban mate, solían asar algo y se refugiaban para escuchar el ruido de la lluvia.
Un día, mis impulsos de niña varonera me llevaron a saltar los alambrados. Las púas lastimaron mis piernas, intento vano, no pude llegar, sólo recibí los retos de mi madre.
La idea siempre afloraba y más cuando ellos dentro del tanque lo hacían rodar.
Una siesta candente atravesé el potrero abriéndome camino entre las cicutas.
¡Oh fascinación! El tanque y yo.
Me introduje en su bocaza, coloqué mis manos sobre su pared metálica y comencé la marcha.
Mis fuerzas no alcanzaban para mover aquel gigante. Sólo se balanceaba, más y más.
Todo mi cuerpo se concentraba en moverlo, en mi mente ya daba una vuelta. Fue así que rodó... rodó y una lluvia de excremento se esparció sobre mi.
Confusa y maloliente quise escapar. El tanque rodaba, yo debía seguir la marcha dentro pues me obligaba la inercia.
Así como iba rodando, así salí al potrero, tréboles y cardos me recibieron en la caída.
Volví a casa con mucho temor. En el silencio de la siesta pude cambiarme y nadie se enteró.
Había cruzado la barrera de lo prohibido, no me fue bien pero lo había vivido.
No hacía falta un juguete
para ponerme a jugar,
cebaba mate de leche
y sóla me ponía a hablar.
A veces creaba una amiga
charla que viene y que va
¡Yuyos y hojas cortaba
hacía que cocinaba!
Con papeles y unas piedras
era amable almacenera
envolvía los productos
que el cliente me pidiera.
¡Qué mundo imaginativo
vivía en ese pueblo!
Chupetines, chocolates
me descolgaba del cielo
Tito, el caramelero.
Allí, en el potrero que a veces se vestía de circo, crecían las cicutas y los cardos.
Olvidado, un tanque australiano dormía su inutilidad.
Yacía acostado sobre la maleza, color rojo ladrillo, opaco, con cientos de remaches en sus espaldas.
Mis hermanos y sus amigos tenían en ese tanque un mundo increíble.
Siempre quería ir con ellos pero sólo era un deseo.
Al atardecer los espiaba, trepada al paredón, a unos cincuenta metros de distancia.
Veía las llamas altas del fuego que los iluminaba. Allí tomaban mate, solían asar algo y se refugiaban para escuchar el ruido de la lluvia.
Un día, mis impulsos de niña varonera me llevaron a saltar los alambrados. Las púas lastimaron mis piernas, intento vano, no pude llegar, sólo recibí los retos de mi madre.
La idea siempre afloraba y más cuando ellos dentro del tanque lo hacían rodar.
Una siesta candente atravesé el potrero abriéndome camino entre las cicutas.
¡Oh fascinación! El tanque y yo.
Me introduje en su bocaza, coloqué mis manos sobre su pared metálica y comencé la marcha.
Mis fuerzas no alcanzaban para mover aquel gigante. Sólo se balanceaba, más y más.
Todo mi cuerpo se concentraba en moverlo, en mi mente ya daba una vuelta. Fue así que rodó... rodó y una lluvia de excremento se esparció sobre mi.
Confusa y maloliente quise escapar. El tanque rodaba, yo debía seguir la marcha dentro pues me obligaba la inercia.
Así como iba rodando, así salí al potrero, tréboles y cardos me recibieron en la caída.
Volví a casa con mucho temor. En el silencio de la siesta pude cambiarme y nadie se enteró.
Había cruzado la barrera de lo prohibido, no me fue bien pero lo había vivido.
No hacía falta un juguete
para ponerme a jugar,
cebaba mate de leche
y sóla me ponía a hablar.
A veces creaba una amiga
charla que viene y que va
¡Yuyos y hojas cortaba
hacía que cocinaba!
Con papeles y unas piedras
era amable almacenera
envolvía los productos
que el cliente me pidiera.
¡Qué mundo imaginativo
vivía en ese pueblo!
Chupetines, chocolates
me descolgaba del cielo
Tito, el caramelero.
martes, 12 de junio de 2012
Muñecas de porcelana.
No obstante mi predilección por los juegos al aire libre, dos muñecas de rostro azabache ocupaban la cabecera de mi cama.
Las había traído papá de a una por vez de la Capital cuando iba a ver a River de tanto en tanto al Monumental.
Los ojos de las negritas no eran negros, celestes iluminaban.
Los labios bien prominentes de rojo siempre estaban.
El cabello noche oscura, de brillante ensortijado y aunque no jugaba con ellas eran mi fiel compañía.
Una buena razón para mi abuela que con costurero en mano y una bolsa de telas proponía hacer vestidos a las negritas.
Con ese pretexto me había enseñado a hilvanar, coser punto atrás y pata de gallo a los dobladillos.
Un mate de calabaza, medias rotas y a zurcir...
Quedaba la abuela sóla, yo había escapado al patio, me trepaba al paredón y de allí a las acacias, juntaba bichos canastos, les daba a las gallinas. ¡Qué buena vida la mía!
Una hermosa sorpresa
envuelta en celofán
me había traído mi padre
cuando fue al Monumental.
Me la entregó a la mañana
antes de ir a trabajar.
Era Caperucita Roja
la del cuento de mamá.
De capa y caperuza
la canastita era igual
sólo faltaba el lobo
para que fuese real.
Mezclé el cuento con agujas
y le hice un delantal,
la mandaba a la escuela
para que aprendiera a hablar.
No le daba mamadera
tampoco leche ni pan
yo le contaba historias
de aquí y del más allá.
No obstante mi predilección por los juegos al aire libre, dos muñecas de rostro azabache ocupaban la cabecera de mi cama.
Las había traído papá de a una por vez de la Capital cuando iba a ver a River de tanto en tanto al Monumental.
Los ojos de las negritas no eran negros, celestes iluminaban.
Los labios bien prominentes de rojo siempre estaban.
El cabello noche oscura, de brillante ensortijado y aunque no jugaba con ellas eran mi fiel compañía.
Una buena razón para mi abuela que con costurero en mano y una bolsa de telas proponía hacer vestidos a las negritas.
Con ese pretexto me había enseñado a hilvanar, coser punto atrás y pata de gallo a los dobladillos.
Un mate de calabaza, medias rotas y a zurcir...
Quedaba la abuela sóla, yo había escapado al patio, me trepaba al paredón y de allí a las acacias, juntaba bichos canastos, les daba a las gallinas. ¡Qué buena vida la mía!
Una hermosa sorpresa
envuelta en celofán
me había traído mi padre
cuando fue al Monumental.
Me la entregó a la mañana
antes de ir a trabajar.
Era Caperucita Roja
la del cuento de mamá.
De capa y caperuza
la canastita era igual
sólo faltaba el lobo
para que fuese real.
Mezclé el cuento con agujas
y le hice un delantal,
la mandaba a la escuela
para que aprendiera a hablar.
No le daba mamadera
tampoco leche ni pan
yo le contaba historias
de aquí y del más allá.
viernes, 8 de junio de 2012
A jugar a la plaza.
La placita Moreno no era una plaza, era algo más agradable a mis ojos de niña.
Una manzana verde de la que emanaban fragancias a jazmines, a glicinas, a tréboles, a rosas...
Un ligustro perenne abrazaba la vida resguardando las pérgolas sujetas a la tierra por marañas herbóreas.
A una cuadra de casa estaba la plaza que no había sido una plaza.
Metía entre el ligustro mi pequeño cuerpo y de allí observaba la glorieta fantástica que emergía del centro de aquella manzana.
Su techo cubierto con teja colorada. Sus columnas vestidas con mayólicas que en azul, amarillo y blanco combinaban. Su piso ribeteado en guardas españolas.
Decía mi vecino que años anteriores, una vez por lo menos, se abrían los portones y las gaitas sonaban, que la Sociedad Española hacía romerías, se llenaba de gente, contagiaban alegría, sueños y poesías.
Mi vecino contaba que por algunos años arrendaban el solar y se vestía de arrabal.
Compadritos y percantas bailaban el dos por cuatro y la milonga que dos por tres terminaba en peleas de tinte arrabalero. No sabía por qué en 1958 ese prado español que vive en mi memoria fue vendido al Municipio con una condición: "Que este solar sea destinado a una plaza".
En 1963 con otros chicos del barrio inauguramos la plaza Mariano Moreno.
De niña me gustaba ir a la plaza, subir al tobogán, hamacarme muy fuerte y dale que te dale al subibaja.
Yo saltaba la soga hacia adelante y hacia atrás. Sal, aceite, vinagre y picante siempre entrenaba para ganar. Saltaba la soga doble que era un mérito más.
Cuando podía subía al autito a pedal de mis hermanos, que no me lo prestaban porque decían que tomaba la curva tan ligero que casi siempre volcaba.
La bicicleta... Yo no tenía bicicleta... Ellos sí. Y aunque era de varón pasaba mi pierna izquierda bajo el caño y así me perdía dando vueltas manzanas alrededor de la plaza.
Como buena chiquilina
volaba en las hamacas
desparramando alegría.
Como presa de la euforia
gritaba como una loca
cuanto más alto subía.
Peldaños de tobogán
de dos en dos ascendía.
Todos allí se sentaban
para deslizarse a tierra,
yo parada descendía.
Y como jugaba sóla
para andar en subibaja
a lo largo de la tabla
en el medio me paraba,
y con las piernas abiertas
desplegando equilibrio
flexionaba para arriba
mi ágil pierna izquierda
y la tabla así subía.
Flexionaba para arriba
mi elástica pierna derecha
y la tabla descendía.
El subibaja movía
pues tenía picardía.
¡Decían que era machona
porque me fluía energía!
La placita Moreno no era una plaza, era algo más agradable a mis ojos de niña.
Una manzana verde de la que emanaban fragancias a jazmines, a glicinas, a tréboles, a rosas...
Un ligustro perenne abrazaba la vida resguardando las pérgolas sujetas a la tierra por marañas herbóreas.
A una cuadra de casa estaba la plaza que no había sido una plaza.
Metía entre el ligustro mi pequeño cuerpo y de allí observaba la glorieta fantástica que emergía del centro de aquella manzana.
Su techo cubierto con teja colorada. Sus columnas vestidas con mayólicas que en azul, amarillo y blanco combinaban. Su piso ribeteado en guardas españolas.
Decía mi vecino que años anteriores, una vez por lo menos, se abrían los portones y las gaitas sonaban, que la Sociedad Española hacía romerías, se llenaba de gente, contagiaban alegría, sueños y poesías.
Mi vecino contaba que por algunos años arrendaban el solar y se vestía de arrabal.
Compadritos y percantas bailaban el dos por cuatro y la milonga que dos por tres terminaba en peleas de tinte arrabalero. No sabía por qué en 1958 ese prado español que vive en mi memoria fue vendido al Municipio con una condición: "Que este solar sea destinado a una plaza".
En 1963 con otros chicos del barrio inauguramos la plaza Mariano Moreno.
De niña me gustaba ir a la plaza, subir al tobogán, hamacarme muy fuerte y dale que te dale al subibaja.
Yo saltaba la soga hacia adelante y hacia atrás. Sal, aceite, vinagre y picante siempre entrenaba para ganar. Saltaba la soga doble que era un mérito más.
Cuando podía subía al autito a pedal de mis hermanos, que no me lo prestaban porque decían que tomaba la curva tan ligero que casi siempre volcaba.
La bicicleta... Yo no tenía bicicleta... Ellos sí. Y aunque era de varón pasaba mi pierna izquierda bajo el caño y así me perdía dando vueltas manzanas alrededor de la plaza.
Como buena chiquilina
volaba en las hamacas
desparramando alegría.
Como presa de la euforia
gritaba como una loca
cuanto más alto subía.
Peldaños de tobogán
de dos en dos ascendía.
Todos allí se sentaban
para deslizarse a tierra,
yo parada descendía.
Y como jugaba sóla
para andar en subibaja
a lo largo de la tabla
en el medio me paraba,
y con las piernas abiertas
desplegando equilibrio
flexionaba para arriba
mi ágil pierna izquierda
y la tabla así subía.
Flexionaba para arriba
mi elástica pierna derecha
y la tabla descendía.
El subibaja movía
pues tenía picardía.
¡Decían que era machona
porque me fluía energía!
martes, 5 de junio de 2012
Cayó nieve.
La imagen se desliza como en una película.
Allí junto a la boma, en el medio del patio, se veía un muñeco, todo, todo blanco.
Le habían puesto sombrero, dos piedras en los ojos, una pipa de caña y prominente panza.
Ya era media mañana cuando me levantaron, mis hermanos lo habían hecho muy temprano. Motivo suficiente el de ese amanecer, después de medio siglo ver nieve otra vez.
Los chicos de la cuadra, todos, todos tenían muñeco y con bolas muy frías reían y sacudían.
Bellísimo recuerdo el de aquel invierno.
Cincuenta años han pasado y de la nieve, nada.
Se calienta el planeta, el agujero de ozono se expande y los días no vuelven como antes.
Todo blanco va quedando
tras las horas.
Incesante llora el cielo
heladas lágrimas.
Como testigo inerte
la soledad
huele frío de muerte
bajo la destemplanza
del tiempo.
Ráfagas heladas danzan
con los acordes despiadados
del viento.
Como cristales puntiagudos la nieve cae
suave, discola, inocente
sin advertir que es
Belleza y Muerte.
La imagen se desliza como en una película.
Allí junto a la boma, en el medio del patio, se veía un muñeco, todo, todo blanco.
Le habían puesto sombrero, dos piedras en los ojos, una pipa de caña y prominente panza.
Ya era media mañana cuando me levantaron, mis hermanos lo habían hecho muy temprano. Motivo suficiente el de ese amanecer, después de medio siglo ver nieve otra vez.
Los chicos de la cuadra, todos, todos tenían muñeco y con bolas muy frías reían y sacudían.
Bellísimo recuerdo el de aquel invierno.
Cincuenta años han pasado y de la nieve, nada.
Se calienta el planeta, el agujero de ozono se expande y los días no vuelven como antes.
Todo blanco va quedando
tras las horas.
Incesante llora el cielo
heladas lágrimas.
Como testigo inerte
la soledad
huele frío de muerte
bajo la destemplanza
del tiempo.
Ráfagas heladas danzan
con los acordes despiadados
del viento.
Como cristales puntiagudos la nieve cae
suave, discola, inocente
sin advertir que es
Belleza y Muerte.
domingo, 3 de junio de 2012
Las escondidas.
Durante la primavera y el verano los juegos eran fuera de la casa.
El contacto con los árboles, con los yuyales, era más divertido.
Aprovechábamos jugar a las escondidas. Por suerte, ellos me incluían de tanto en tanto en los juegos.
Recuerdo a sus amigos Parodi y Celasco, también recuerdo los raspones que lucían mis piernas producto de rebotar junto al paredón cuando llegaba corriendo para tocar la pared y gritar: ¡casa!
A veces me quedaba esperando hasta que los otros llegaran porque daban la vuelta manzana para despistarme.
Luego se repetía el juego y así sucesivamente por largo tiempo.
Era tal el nerviosismo que pasaba jugando a las escondidas, metida en el cerco de ligustrina, de panza en el pastizal del vecino, detrás del camión de Damico que siempre terminaba orinada.
Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis,
veintitrés, cuarenta y cinco, cincuenta y seis
y el que no se escondió se embromó.
Dispuestos para la trampa,
la cara contra el paredón.
Sorprendentes escondidas
entre varones y yo.
Un radio delimitado
debíamos respetar
no alejarse demasiado
para la "casa" cuidar.
Si los yuyos se movían
seguro que ahí están.
Ruidos a cañas secas
venían del cañaveral.
Otro trepaba a un árbol
o se metía al zaguán.
La búsqueda terminaba
cuando alguno gritaba:
¡Piedra libre para todos!
¡Y yo volvía a contar!
Durante la primavera y el verano los juegos eran fuera de la casa.
El contacto con los árboles, con los yuyales, era más divertido.
Aprovechábamos jugar a las escondidas. Por suerte, ellos me incluían de tanto en tanto en los juegos.
Recuerdo a sus amigos Parodi y Celasco, también recuerdo los raspones que lucían mis piernas producto de rebotar junto al paredón cuando llegaba corriendo para tocar la pared y gritar: ¡casa!
A veces me quedaba esperando hasta que los otros llegaran porque daban la vuelta manzana para despistarme.
Luego se repetía el juego y así sucesivamente por largo tiempo.
Era tal el nerviosismo que pasaba jugando a las escondidas, metida en el cerco de ligustrina, de panza en el pastizal del vecino, detrás del camión de Damico que siempre terminaba orinada.
Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis,
veintitrés, cuarenta y cinco, cincuenta y seis
y el que no se escondió se embromó.
Dispuestos para la trampa,
la cara contra el paredón.
Sorprendentes escondidas
entre varones y yo.
Un radio delimitado
debíamos respetar
no alejarse demasiado
para la "casa" cuidar.
Si los yuyos se movían
seguro que ahí están.
Ruidos a cañas secas
venían del cañaveral.
Otro trepaba a un árbol
o se metía al zaguán.
La búsqueda terminaba
cuando alguno gritaba:
¡Piedra libre para todos!
¡Y yo volvía a contar!
sábado, 2 de junio de 2012
El surtidor.
El tanque de agua en la zona del barrio obrero es todo un monumento y para una criatura, un gigante.
Una de las piletas potabilizadoras siempre estuvo cubierta por un manto verde de pezuñas de gato que en primavera se abrían en mil soles de color fucsia.
Las ciudades del interior de la provincia de Buenos Aires construyeron redes de agua potable para cubrir las necesidades de una determinada cantidad de habitantes.
Dolores, recibe el agua de otra ciudad cercana, Ayacucho.
Los barrios que a ocho cuadras del centro habían ido creciendo no tenían agua corriente, por eso yo recuerdo el patio de mi infancia con su bomba de agua.
El municipio había dispuesto hermosos surtidores donde íbamos con baldes a buscar agua fresca. Ese agua se utilizaba sólo para cocinar ya que un tanque bajo la canaleta contaba con reserva para cubrir las necesidades de una brillante cabellera y ropa blanca.
Ya entonces, la gente no cuidaba el agua. A menudo el grifo del surtidor era mal cerrado y el líquido corría por una zanja. Allí, una multitud de berros cubrían la húmeda superficie y algunos vecinos solían juntarlos para hacer ensalada. A esa edad yo creía que eran hierbas silvestres, yuyos simplemente.
El surtidor a veces, era una lavadero de autos. Otras, prestaba un gran servicio para los carnavales. Los chicos y los jóvenes cargaban las bombitas y los baldes.
Todos descuidábamos el agua.
Se juntaban barritas y si pasaba alguien, salpicaban con agua.
¡El surtidor de mi cuadra!
Hoy ya quedan muy pocos, la red se ha extendido.
¡Mi viejo surtidor está sólo en mi memoria!
Me acerco al surtidor
y me descalzo.
Bajo un grifo
piesitos mojados
en el agua helada, chapoteando.
Pollera humedecida
un par de zapatillas
de mis manos colgando.
De mi cabeza, agua chorreando
en la tarde calurosa
de un verano.
El tanque de agua en la zona del barrio obrero es todo un monumento y para una criatura, un gigante.
Una de las piletas potabilizadoras siempre estuvo cubierta por un manto verde de pezuñas de gato que en primavera se abrían en mil soles de color fucsia.
Las ciudades del interior de la provincia de Buenos Aires construyeron redes de agua potable para cubrir las necesidades de una determinada cantidad de habitantes.
Dolores, recibe el agua de otra ciudad cercana, Ayacucho.
Los barrios que a ocho cuadras del centro habían ido creciendo no tenían agua corriente, por eso yo recuerdo el patio de mi infancia con su bomba de agua.
El municipio había dispuesto hermosos surtidores donde íbamos con baldes a buscar agua fresca. Ese agua se utilizaba sólo para cocinar ya que un tanque bajo la canaleta contaba con reserva para cubrir las necesidades de una brillante cabellera y ropa blanca.
Ya entonces, la gente no cuidaba el agua. A menudo el grifo del surtidor era mal cerrado y el líquido corría por una zanja. Allí, una multitud de berros cubrían la húmeda superficie y algunos vecinos solían juntarlos para hacer ensalada. A esa edad yo creía que eran hierbas silvestres, yuyos simplemente.
El surtidor a veces, era una lavadero de autos. Otras, prestaba un gran servicio para los carnavales. Los chicos y los jóvenes cargaban las bombitas y los baldes.
Todos descuidábamos el agua.
Se juntaban barritas y si pasaba alguien, salpicaban con agua.
¡El surtidor de mi cuadra!
Hoy ya quedan muy pocos, la red se ha extendido.
¡Mi viejo surtidor está sólo en mi memoria!
Me acerco al surtidor
y me descalzo.
Bajo un grifo
piesitos mojados
en el agua helada, chapoteando.
Pollera humedecida
un par de zapatillas
de mis manos colgando.
De mi cabeza, agua chorreando
en la tarde calurosa
de un verano.
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