Historias de zoquetes y tacos altos.

martes, 12 de junio de 2012

Muñecas de porcelana.


No obstante mi predilección por los juegos al aire libre, dos muñecas de rostro azabache ocupaban la cabecera de mi cama.
Las había traído papá de a una por vez de la Capital cuando iba a ver a River de tanto en tanto al Monumental.
Los ojos de las negritas no eran negros, celestes iluminaban.
Los labios bien prominentes de rojo siempre estaban.
El cabello noche oscura, de  brillante ensortijado y aunque no jugaba con ellas eran mi fiel compañía.
Una buena razón para mi abuela que con costurero en mano y una bolsa de telas proponía hacer vestidos a las negritas.
Con ese pretexto me había enseñado a hilvanar, coser punto atrás y pata de gallo a los dobladillos.
Un mate de calabaza, medias rotas y a zurcir...
Quedaba la abuela sóla, yo había escapado al patio, me trepaba al paredón y de allí a las acacias, juntaba bichos canastos, les daba a las gallinas. ¡Qué buena vida la mía!

Una hermosa sorpresa
envuelta en celofán
me había traído mi padre
cuando fue al Monumental.
Me la entregó a la mañana
antes de ir a trabajar.
Era Caperucita Roja
la del cuento de mamá.
De capa y caperuza
la canastita era igual
sólo faltaba el lobo
para que fuese real.
Mezclé el cuento con agujas
y le hice un delantal,
la mandaba a la escuela
para que aprendiera a hablar.
No le daba mamadera
tampoco leche ni pan
yo le contaba historias
de aquí y del más allá.

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