Historias de zoquetes y tacos altos.

sábado, 2 de junio de 2012

 El surtidor.

El tanque de agua en la zona del barrio obrero es todo un monumento y para una criatura, un gigante.
Una de las piletas potabilizadoras siempre estuvo cubierta por un manto verde de pezuñas de gato que en primavera se abrían  en mil soles de color fucsia.
Las ciudades del interior de la provincia de Buenos Aires construyeron redes de agua potable para cubrir las necesidades de una determinada cantidad de habitantes.
Dolores, recibe el agua de otra ciudad cercana, Ayacucho.
Los barrios que a ocho cuadras del centro habían ido creciendo no tenían agua corriente, por eso yo recuerdo el patio de mi infancia con su bomba de agua.
El municipio había dispuesto hermosos surtidores donde íbamos con baldes a buscar agua fresca. Ese agua se utilizaba sólo para cocinar ya que un tanque bajo la canaleta contaba con reserva para cubrir las necesidades de una brillante cabellera y ropa blanca.
Ya entonces, la gente no cuidaba el agua. A menudo el grifo del surtidor era mal cerrado y el líquido corría por una zanja. Allí, una multitud de berros cubrían la húmeda superficie y algunos vecinos solían juntarlos para hacer ensalada. A esa edad yo creía que eran hierbas silvestres, yuyos simplemente.
El surtidor a veces, era una lavadero de autos. Otras, prestaba un gran servicio para los carnavales. Los chicos y los jóvenes cargaban las bombitas y los baldes.
Todos descuidábamos el agua.
Se juntaban barritas y si pasaba alguien, salpicaban con agua.
¡El surtidor de mi cuadra!
Hoy ya quedan muy pocos, la red se ha extendido.
¡Mi viejo surtidor está sólo en mi memoria!

Me acerco al surtidor
y me descalzo.
Bajo un grifo
piesitos mojados
en el agua helada, chapoteando.
Pollera humedecida
un par de zapatillas
de mis manos colgando.
De mi cabeza, agua chorreando
en la tarde calurosa
de un verano.

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