Historias de zoquetes y tacos altos.

miércoles, 20 de junio de 2012

De vacaciones en Segurola.

Llegaba el infernal verano de mi pueblo. Mi madre escuchaba radioteatros y a mi me estimulaban la imaginación.
Parece hoy, la radio informaba: "Lo que pasa en Cuba", yo no quería oir cosas tristes y cuando preguntaba el por qué de tanto sufrimiento me respondían que era el resultado de la maldad del hombre. Pero los hombres mandaban, en casa mandaba papá, los policias eran hombres, el cura de la capilla de mi barrio era un hombre. Yo no entendía.
Ese verano íbamos a Segurola, Partido de Madariaga, zona de estancias, zona ganadera.
Olor a tierra mojada antes de llegar al andén. A media mañana descendíamos del último vagón.
Hombres, mujeres y niños cargaban sus maletas. Otros, con miradas inquietas buscaban entre la muchedumbre.
Allí estaba tío Ismael, el mayordomo, sombrero negro, botas de cuero engrasadas junto al sulky.
Así comenzábamos el segundo tramo para llegar a la estancia.
Una vez divisada la arboleda rápidamente llegábamos a la tranquera.
Deseosos de abrirla peleábamos por hacerlo, un poco más y ya entrábamos con los ojos sedientos de nuevos paisajes.
Árboles altísimos poseedores de arquitecturas de paja, los nidos de cotorras explotaban en chirridos y cantos. Plagas destructoras de aquellos sembradíos.
Más tarde en la larga mesa, saboreábamos la comida que sabía a campo.
Recorríamos la galería que nos llevaba al reposo de la siesta acompañados con la musicalidad de los pájaros que chapoteaban en el agua de una fuente de mármol.
Nos fascinaba entrar a las salas de la estancia con sus vitrinas repletas de porcelana y plata.
¿Quién sería el dueño de todo esto?
Mi tío siempre hablaba de la Señora que había hecho construir la escuelita a poca distancia de allí.
De todos los ambientes emanaba un olor a aquellas cosas detenidas en el tiempo.
Tío Ismael vivía en una casa muy linda, a una cuadra del casco de la estancia.
Los atardeceres eran calmos, parecía que la vida se tomaba un descanso, como aquellos arados y trilladoras que dormían al reparo de galpones que guardaban un silencio extraño.
Noche oscura, con ruidos desconocidos, comenzaba el temor a la luz de las lámparas.
Rostros desdibujados y una madre que calma: -Son los perros ladrando, las lechuzas que cazan, las vizcachas paseando...-

¡Qué hermoso que huele el campo
de mis tierras argentinas!
Olor a tierra mojada
después de lluvia mezquina.
Perfume a eucaliptus
a pinos y a glicinas.
El chirrido de cotorras
que vuelven a su guarida.
El alerta de los teros
cuando gente se avecina.
Las lechuzas en la noche
parecen pedir silencio
para que sea tranquila.
Me gusta llegar al campo
porque la naturaleza
se viste de pajonal,
de arroyo o de laguna
para brindarme la vida
con toda su hermosura.
                                                                                                      

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