Historias de zoquetes y tacos altos.

lunes, 18 de junio de 2012

El tanque australiano.

Allí, en el potrero que a veces se vestía de circo, crecían las cicutas y los cardos.
Olvidado, un tanque australiano dormía su inutilidad.
Yacía acostado sobre la maleza, color rojo ladrillo, opaco, con cientos de remaches en sus espaldas.
Mis hermanos y sus amigos tenían en ese tanque un mundo increíble.
Siempre quería ir con ellos pero sólo era un deseo.
Al atardecer los espiaba, trepada al paredón, a unos cincuenta metros de distancia.
Veía las llamas altas del fuego que los iluminaba. Allí tomaban mate, solían asar algo y se refugiaban para escuchar el ruido de la lluvia.
Un día, mis impulsos de niña varonera me llevaron a saltar los alambrados. Las púas lastimaron mis piernas, intento vano, no pude llegar, sólo recibí los retos de mi madre.
La idea siempre afloraba y más cuando ellos dentro del tanque lo hacían rodar.
Una siesta candente atravesé el potrero abriéndome camino entre las cicutas.
¡Oh fascinación! El tanque y yo.
Me introduje en su bocaza, coloqué mis manos sobre su pared metálica y comencé la marcha.
Mis fuerzas no alcanzaban para mover aquel gigante. Sólo se balanceaba, más y más.
Todo mi cuerpo se concentraba en moverlo, en mi mente ya daba una vuelta. Fue así que rodó... rodó y una lluvia de excremento se esparció sobre mi.
Confusa y maloliente quise escapar. El tanque rodaba, yo debía seguir la marcha dentro pues me obligaba la inercia.
Así como iba rodando, así salí al potrero, tréboles y cardos me recibieron en la caída.
Volví a casa con mucho temor. En el silencio de la siesta pude cambiarme y nadie se enteró.
Había cruzado la barrera de lo prohibido, no me fue bien pero lo había vivido.

No hacía falta un juguete
para ponerme a jugar,
cebaba mate de leche
y sóla me ponía a hablar.

A veces creaba una amiga
charla que viene y que va
¡Yuyos y hojas cortaba
hacía que cocinaba!

Con papeles y unas piedras
era amable almacenera
envolvía los productos
que el cliente me pidiera.

¡Qué mundo imaginativo
vivía en ese pueblo!
Chupetines, chocolates
me descolgaba del cielo

Tito, el caramelero.

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