Historias de zoquetes y tacos altos.

viernes, 8 de junio de 2012

  A jugar a la plaza.


La placita Moreno no era una plaza, era algo más agradable a mis ojos de niña.
Una manzana verde de la que emanaban fragancias a jazmines, a glicinas, a tréboles, a rosas...
Un ligustro perenne abrazaba la vida resguardando las pérgolas sujetas a la tierra por marañas herbóreas.
A una cuadra de casa estaba la plaza que no había sido una plaza.
Metía entre el ligustro mi pequeño cuerpo y de allí observaba la glorieta fantástica que emergía del centro de aquella manzana.
Su techo cubierto con teja colorada. Sus columnas vestidas con mayólicas que en azul, amarillo y blanco combinaban. Su piso ribeteado en guardas españolas.
Decía mi vecino que años anteriores, una vez por lo menos, se abrían los portones y las gaitas sonaban, que la Sociedad Española hacía romerías, se llenaba de gente, contagiaban alegría, sueños y poesías.
Mi vecino contaba que por algunos años arrendaban el solar y se vestía de arrabal.
Compadritos y percantas bailaban el dos por cuatro y la milonga que dos por tres terminaba en peleas de tinte arrabalero. No sabía por qué en 1958 ese prado español que vive en mi memoria fue vendido al Municipio con una condición: "Que este solar sea destinado a una plaza".
En 1963 con otros chicos del barrio inauguramos la plaza Mariano Moreno. 
De niña me gustaba ir a la plaza, subir al tobogán, hamacarme muy fuerte y dale que te dale al subibaja.
Yo saltaba la soga hacia adelante y hacia atrás. Sal, aceite, vinagre y picante siempre entrenaba para ganar. Saltaba la soga doble que era un mérito más.
Cuando podía subía al autito a pedal de mis hermanos, que no me lo prestaban porque decían que tomaba la curva tan ligero que casi siempre volcaba.
La bicicleta... Yo no tenía bicicleta... Ellos sí. Y aunque era de varón pasaba mi pierna izquierda bajo el caño y así me perdía dando vueltas manzanas alrededor de la plaza.


Como buena chiquilina
volaba en las hamacas
desparramando alegría.
Como presa de la euforia
gritaba como una loca
cuanto más alto subía.
Peldaños de tobogán
de dos en dos ascendía.
Todos allí se sentaban
para deslizarse a tierra,
yo parada descendía.
Y como jugaba sóla
para andar en subibaja
a lo largo de la tabla
en el medio me paraba,
y con las piernas abiertas
desplegando equilibrio
flexionaba para arriba
mi ágil pierna izquierda
y la tabla así subía.
Flexionaba para arriba
mi elástica pierna derecha
y la tabla descendía.
El subibaja movía
pues tenía picardía.
¡Decían que era machona
porque me fluía energía!

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