El parque de diversiones.
Decían antiguos vecinos que un cuarto de la manzana de enfrente de mi casa había sido el cementerio.
Contaban que Pascual Damico excavando encontró una calavera.
Después de cinco décadas pude encontrar el dato histórico: el primer cementerio había estado allí desde el 25 de mayo de 1834 hasta 1868.
Como una ironía de la vida allí frecuentemente llegaban circos y parques de diversiones.
Calesita, rueda gigante, sillas voladoras, botes y numerosos entretenimientos.
Mis hermanos podían ir sólos. Yo con mi mamá y como ella debía esperar a mi padre que venía de trabajar, con la mesa servida y la comida a punto y como los niños cenaban primero, yo debía ir a dormir.
Desde mi cama escuchaba la música de la calesita, me imaginaba girando en la rueda gigante un poco temerosa, volando sin alas en las sillas voladoras y así, con un poco de deseo y otro de resignación me hundía en sueños sin memoria.
Pero una noche, el sueño cobró vida.
-¡Mirá lo que te traje!- dijo mi hermano mayor.
Una hermosa muñeca de esas que cerraban y abrían los ojos, de esas que lloraban y eran grandes como un chico que ya caminaba, me miraba.
-Me la gané en el parque-agregó mi hermano.
El asombro se había apoderado de mi.
Fue una noche feliz...
En pocos días el potrero de enfrente sólo tendría las huellas de los juegos.
El viento traería los sonidos del parque: gritos, risas, música y algarabía.
Y así, los camiones cargados partirían llevando alegría a otro pueblo.
Calesita de mi pueblo
tirada por un caballo.
Sonaba "La cucaracha"
dándole vida a la esquina.
Me apasionó la sortija,
la campanilla del tren
y del auto la bocina.
Los dibujitos de Disney
me daban mucha alegría.
Al son de "Los tres alpinos"
giraba la calesita,
cucurucho de maní
y unas cuantas golosinas.
Calesita de mi pueblo
gira, gira la alegría.
¡Cómo quisiera ser niña
para sacar la sortija!
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