El parque de diversiones.
Decían antiguos vecinos que un cuarto de la manzana de enfrente de mi casa había sido el cementerio.
Contaban que Pascual Damico excavando encontró una calavera.
Después de cinco décadas pude encontrar el dato histórico: el primer cementerio había estado allí desde el 25 de mayo de 1834 hasta 1868.
Como una ironía de la vida allí frecuentemente llegaban circos y parques de diversiones.
Calesita, rueda gigante, sillas voladoras, botes y numerosos entretenimientos.
Mis hermanos podían ir sólos. Yo con mi mamá y como ella debía esperar a mi padre que venía de trabajar, con la mesa servida y la comida a punto y como los niños cenaban primero, yo debía ir a dormir.
Desde mi cama escuchaba la música de la calesita, me imaginaba girando en la rueda gigante un poco temerosa, volando sin alas en las sillas voladoras y así, con un poco de deseo y otro de resignación me hundía en sueños sin memoria.
Pero una noche, el sueño cobró vida.
-¡Mirá lo que te traje!- dijo mi hermano mayor.
Una hermosa muñeca de esas que cerraban y abrían los ojos, de esas que lloraban y eran grandes como un chico que ya caminaba, me miraba.
-Me la gané en el parque-agregó mi hermano.
El asombro se había apoderado de mi.
Fue una noche feliz...
En pocos días el potrero de enfrente sólo tendría las huellas de los juegos.
El viento traería los sonidos del parque: gritos, risas, música y algarabía.
Y así, los camiones cargados partirían llevando alegría a otro pueblo.
Calesita de mi pueblo
tirada por un caballo.
Sonaba "La cucaracha"
dándole vida a la esquina.
Me apasionó la sortija,
la campanilla del tren
y del auto la bocina.
Los dibujitos de Disney
me daban mucha alegría.
Al son de "Los tres alpinos"
giraba la calesita,
cucurucho de maní
y unas cuantas golosinas.
Calesita de mi pueblo
gira, gira la alegría.
¡Cómo quisiera ser niña
para sacar la sortija!
jueves, 24 de mayo de 2012
martes, 22 de mayo de 2012
Las fogatas.
Erguido, inmutable, con el cuerpo duro, músculos de aserrín, sombrero y corbata lucía el muñeco hasta el último instante en que ardería en llamas en la calle Lincoln.
Construirlo llevó toda una semana. Los chicos del barrio dejaron las tareas escolares para armarlo.
Una montaña de gomas que les habían dado en las gomerías del pueblo junto al aceite quemado que les facilitaban en los talleres mecánicos se transformaría en lenguas doradas que harían explotar el tórax prominente y consumirían en cenizas color plata el cuerpo del muñeco.
Sus ojos me miraban implorando la vida, el dolor de su cuerpo, el ardor en sus venas, una mueca en su cara como una queja.
En mi cuerpo de niña observar al muñeco consumido en polvo era todo un sacrilegio.
Y así, entre gritos de locos chiquillos y a la voz de San Juan y San Pedro se iba callando la noche, minuto a minuto, segundo a segundo y una tristeza honda, amarga se depositaba en mi alma.
Con dos palos de escoba
y mucho alambre
comencé a fabricar
este muñeco.
Camisa y pantalón
le fui poniendo
con relleno de estopa
y pasto seco.
La cabeza con sombrero
bien erguida
daba aspecto
de serio caballero.
Lucía elegante
zapatos y cinturón de cuero.
Llegaron mis hermanos
con los cohetes
y minaron el cuerpo
del muñeco.
Con mucho kerosén
lo perfumaron
y entrada ya la noche,
en destellos dorados
lo quemaron.
Vivamos
a San Juan y a San Pedro
como ofrenda misteriosa
del festejo.
Los chiquillos del barrio
se quedaron
canturreando a las cenizas
del muñeco.
Erguido, inmutable, con el cuerpo duro, músculos de aserrín, sombrero y corbata lucía el muñeco hasta el último instante en que ardería en llamas en la calle Lincoln.
Construirlo llevó toda una semana. Los chicos del barrio dejaron las tareas escolares para armarlo.
Una montaña de gomas que les habían dado en las gomerías del pueblo junto al aceite quemado que les facilitaban en los talleres mecánicos se transformaría en lenguas doradas que harían explotar el tórax prominente y consumirían en cenizas color plata el cuerpo del muñeco.
Sus ojos me miraban implorando la vida, el dolor de su cuerpo, el ardor en sus venas, una mueca en su cara como una queja.
En mi cuerpo de niña observar al muñeco consumido en polvo era todo un sacrilegio.
Y así, entre gritos de locos chiquillos y a la voz de San Juan y San Pedro se iba callando la noche, minuto a minuto, segundo a segundo y una tristeza honda, amarga se depositaba en mi alma.
Con dos palos de escoba
y mucho alambre
comencé a fabricar
este muñeco.
Camisa y pantalón
le fui poniendo
con relleno de estopa
y pasto seco.
La cabeza con sombrero
bien erguida
daba aspecto
de serio caballero.
Lucía elegante
zapatos y cinturón de cuero.
Llegaron mis hermanos
con los cohetes
y minaron el cuerpo
del muñeco.
Con mucho kerosén
lo perfumaron
y entrada ya la noche,
en destellos dorados
lo quemaron.
Vivamos
a San Juan y a San Pedro
como ofrenda misteriosa
del festejo.
Los chiquillos del barrio
se quedaron
canturreando a las cenizas
del muñeco.
lunes, 21 de mayo de 2012
El huracán.
Era media tarde cuando mi mamá se levantó de la siesta.
El cielo se tiñó de un negro violáceo.
Las acacias comenzaron a hamacarse, rodaron sus flores escapándose de los racimos.
Las higueras copiaron ese movimiento.
Un silbido se adueño dibujando remolinos turbios mientras un olor penetrante asfixiaba el ambiente.
Por la puerta sujeta al paredón apareció mi hermano que escapaba de la tormenta, venía a guarecerse en la casa.
Fue ese instante que al traspasar la puerta el paredón siguió sus pasos para desplomarse a tierra. Así como si nada siete metros de pared se habían derrumbado. El viento destruyendo a su paso, mi hermano huyendo del siniestro.
Hubiésemos querido contemplar aquel momento cuando cientos de ladrillos, al unísono, caían vencidos ante el poder del huracán.
Mi hermano estaba blanco, con una palidez de miedo y espanto.
Mi bello paredón, mi torre, mi mangrullo. El que me sostenía, el que me soportaba para que yo observara a los chicos a lo lejos, para que yo trepara a la acacia más alta, para que yo jugara con duendes escondidos.
Un lamento agudo
se escucha
forzando el ventanal
que da al sudeste.
Ruge enfurecido
como queriendo arrancar
desde la entraña
la persiana
que se resiste inerte
y en la terraza ruedan
ruidos en sombra
las macetas indefensas.
Mezcla rara
de placer y miedo
siente la vida
entre las sábanas.
Un extraño bienestar
se apodera de los cuerpos
que descansan plácidos
escuchando entre sueños
la batalla feroz
de la tormenta.
Era media tarde cuando mi mamá se levantó de la siesta.
El cielo se tiñó de un negro violáceo.
Las acacias comenzaron a hamacarse, rodaron sus flores escapándose de los racimos.
Las higueras copiaron ese movimiento.
Un silbido se adueño dibujando remolinos turbios mientras un olor penetrante asfixiaba el ambiente.
Por la puerta sujeta al paredón apareció mi hermano que escapaba de la tormenta, venía a guarecerse en la casa.
Fue ese instante que al traspasar la puerta el paredón siguió sus pasos para desplomarse a tierra. Así como si nada siete metros de pared se habían derrumbado. El viento destruyendo a su paso, mi hermano huyendo del siniestro.
Hubiésemos querido contemplar aquel momento cuando cientos de ladrillos, al unísono, caían vencidos ante el poder del huracán.
Mi hermano estaba blanco, con una palidez de miedo y espanto.
Mi bello paredón, mi torre, mi mangrullo. El que me sostenía, el que me soportaba para que yo observara a los chicos a lo lejos, para que yo trepara a la acacia más alta, para que yo jugara con duendes escondidos.
Un lamento agudo
se escucha
forzando el ventanal
que da al sudeste.
Ruge enfurecido
como queriendo arrancar
desde la entraña
la persiana
que se resiste inerte
y en la terraza ruedan
ruidos en sombra
las macetas indefensas.
Mezcla rara
de placer y miedo
siente la vida
entre las sábanas.
Un extraño bienestar
se apodera de los cuerpos
que descansan plácidos
escuchando entre sueños
la batalla feroz
de la tormenta.
Escuela primaria.
De guardapolvo blanco muy bien almidonado y con un "Hasta luego" nos íbamos a la escuela por la calle Olavarría.
La escuela N° 1 Pedro Castelli está viva en mi recuerdo y en mi corazón.
¿Quién ha podido olvidar a la maestra de 1° grado?
De impecable guardapolvo bordado en las solapas, lucía un collar de perlas, Elsa Rossi de Fontana, mi señorita.
Muy prolijo su peinado, uñas largas bien pintadas de igual tono que los labios, rojo grana parecía.
Ni hablar de los tacos altos que más alta la hacían. Me enseñó a hacer los palotes, puso el lápiz en mi mano y con la suya iba llevando la mía.
Los libros de mis hermanos eran viejos, no servían, los retratos de Eva Duarte y de Perón la escuela los prohibía.
¡Qué alegría tenía yo, libros nuevos me pedían!
Al sonido de la campana el recreo nos llamaba.
Pisa pisuela color de ciruela...
¡No quiero ser huevo podrido!
¿Martín pescador me dejará pasar?
Después la cinchada y alguien de cola aterrizaba.
Juguemos con las figuritas, ¿arriba o abajo? Si es extranjera y tiene brillantina vale más.
-Te cambio un chicle Yun-Yun por una de la colección de animales-
Suena la campana.
¡A formar... terminó el recreo!
No importaba demasiado, nos esperaba la profesora de música.
El piano en el patio cubierto y las canciones que de muy pequeños aprendíamos: el Himno Nacional, Aurora, Mi bandera, la marcha de San Lorenzo nos emocionaban.
Las notas que desplegaba en el teclado aún resuenan; sonidos que amo.
Un nevado guardapolvo
tableado y prendido atrás
me ceñía la cintura
para que fuese a estudiar.
Lavado en la batea
con jabón blanco en pan
se planchaba almidonado
para que luciera más.
Las tablas y los bolsillos
había que despegar
amplio moño acartonado
tenía el delantal.
Así dura caminaba.
¡Ojito con ensuciar!
¡A no perder los botones
pues se enojaba mamá!
De guardapolvo blanco muy bien almidonado y con un "Hasta luego" nos íbamos a la escuela por la calle Olavarría.
La escuela N° 1 Pedro Castelli está viva en mi recuerdo y en mi corazón.
¿Quién ha podido olvidar a la maestra de 1° grado?
De impecable guardapolvo bordado en las solapas, lucía un collar de perlas, Elsa Rossi de Fontana, mi señorita.
Muy prolijo su peinado, uñas largas bien pintadas de igual tono que los labios, rojo grana parecía.
Ni hablar de los tacos altos que más alta la hacían. Me enseñó a hacer los palotes, puso el lápiz en mi mano y con la suya iba llevando la mía.
Los libros de mis hermanos eran viejos, no servían, los retratos de Eva Duarte y de Perón la escuela los prohibía.
¡Qué alegría tenía yo, libros nuevos me pedían!
Al sonido de la campana el recreo nos llamaba.
Pisa pisuela color de ciruela...
¡No quiero ser huevo podrido!
¿Martín pescador me dejará pasar?
Después la cinchada y alguien de cola aterrizaba.
Juguemos con las figuritas, ¿arriba o abajo? Si es extranjera y tiene brillantina vale más.
-Te cambio un chicle Yun-Yun por una de la colección de animales-
Suena la campana.
¡A formar... terminó el recreo!
No importaba demasiado, nos esperaba la profesora de música.
El piano en el patio cubierto y las canciones que de muy pequeños aprendíamos: el Himno Nacional, Aurora, Mi bandera, la marcha de San Lorenzo nos emocionaban.
Las notas que desplegaba en el teclado aún resuenan; sonidos que amo.
Un nevado guardapolvo
tableado y prendido atrás
me ceñía la cintura
para que fuese a estudiar.
Lavado en la batea
con jabón blanco en pan
se planchaba almidonado
para que luciera más.
Las tablas y los bolsillos
había que despegar
amplio moño acartonado
tenía el delantal.
Así dura caminaba.
¡Ojito con ensuciar!
¡A no perder los botones
pues se enojaba mamá!
domingo, 20 de mayo de 2012
Reuniones de familia.
Era fin de semana cuando por la mañana emprendíamos la marcha hacia la chacra por las calles polvorientas.
Orillando la ciudad junto al límite con el campo se veía la casona de ladrillos inmensos.
Nuestros ojos de niños fantaseaban con la imagen de un antiguo castillo.
Bordeando el terraplén y con las bolsas cargadas llegábamos a la casa vieja, ésa que amparaba la vida de mis familiares paternos en la Loma de Salomón.
Entrábamos con la alegría de niños dispuestos a soltar instintos reprimidos.
Las mujeres mayores preparaban las salsas mientras nosotros corríamos hacia el maizal y apostábamos a cruzarlo ya que un sinnúmero de culebras de colores eran las dueñas del lugar.
Los cobardes decidíamos montar los caballos o sacar agua del pozo con balde y una soga para saciar la sed de aquellas correrías.
Los hombres que eran mis tíos y otros parientes que no conocía hablaban siempre aparte, del gobierno, del trabajo, de la casita que iban a tener en el Barrio Obrero en la zona del Hospital San Roque hacia 1957.
En la cocina una anciana fumaba chala, era la bisabuela que sentada a lo indio observaba y hablaba. Los niños la mirábamos y sabíamos su nombre: Merenciana.
La bisabuela, india pura, tenía surcado el rostro con un millar de arrugas que adoptaban posturas en su cetrina piel debido al incesante movimiento de sus mandíbulas mascando tabaco.
Su cuerpo menudito cubría con típicas túnicas negras abotonadas hacia delante.
Mi primo mayor, Kaco, sabía recordarme la imagen de la india que junto al bracero hablaba de su "señorcito" refiriéndose al gran caudillo Juan Manuel. Las horas eran de tortura para un niño en las faldas de aquella bisabuela que pinchaba su cara con los cabellos duros y gruesos.
Por entonces tendría ciento un año la anciana, bien podría haber sido una de las tantas amantes del caudillo de la divisa punzó.
Otras veces rumbeábamos hacia la casa quinta, tía Mecha, Francisco y mis primas nos esperaban.
Peleas y carcajadas. Primos en bandos enfrentados, varones y chicas compartiendo los juegos en el granero. Hamacas que pendían del techo nos hacían volar por el aire desplegando mil emociones antes de aterrizar en aquel mar naranja de grano maduro.
Competíamos el impulso de volar más alto y hundirnos en las semillas más lejanas.
¡Cuántos gritos encerraba aquel granero, gritos de emoción, miedos y otras locuras!
La zona de quintas y de frutales se encontraban en la Loma de Salomón y en los alrededores de la escuela de Fruticultura, lugares pintorescos de Dolores.
Hacia Sevigné y Parravicini se extendía la zona ganadera.
La vida en este pueblo que hacia los años sesenta se convirtió en ciudad cobraba sentido también cuando alguien nos visitaba o cuando mamá proyectaba algún viaje.
Los días transcurrían opacos, los contemplaba tras las rejas de pesadas y antiguas ventanas o sentada en el umbral de aquella casa.
Tras la tapia
asoma embellecido
un naranjo.
Su copa de verde cabellera
lleva prendidas
flores muy blancas
aunque aún
no es primavera.
Oscuros brazos
se bifurcan,
hacia el cielo diáfano.
En serenas mañanas
un intenso perfume llega
a mi ventana.
Un murmullo de abejas
invade al árbol
en misteriosa danza
que no aquieta,
sólo el dulzor de mágico brebaje
trae la calma
a la siesta.
Era fin de semana cuando por la mañana emprendíamos la marcha hacia la chacra por las calles polvorientas.
Orillando la ciudad junto al límite con el campo se veía la casona de ladrillos inmensos.
Nuestros ojos de niños fantaseaban con la imagen de un antiguo castillo.
Bordeando el terraplén y con las bolsas cargadas llegábamos a la casa vieja, ésa que amparaba la vida de mis familiares paternos en la Loma de Salomón.
Entrábamos con la alegría de niños dispuestos a soltar instintos reprimidos.
Las mujeres mayores preparaban las salsas mientras nosotros corríamos hacia el maizal y apostábamos a cruzarlo ya que un sinnúmero de culebras de colores eran las dueñas del lugar.
Los cobardes decidíamos montar los caballos o sacar agua del pozo con balde y una soga para saciar la sed de aquellas correrías.
Los hombres que eran mis tíos y otros parientes que no conocía hablaban siempre aparte, del gobierno, del trabajo, de la casita que iban a tener en el Barrio Obrero en la zona del Hospital San Roque hacia 1957.
En la cocina una anciana fumaba chala, era la bisabuela que sentada a lo indio observaba y hablaba. Los niños la mirábamos y sabíamos su nombre: Merenciana.
La bisabuela, india pura, tenía surcado el rostro con un millar de arrugas que adoptaban posturas en su cetrina piel debido al incesante movimiento de sus mandíbulas mascando tabaco.
Su cuerpo menudito cubría con típicas túnicas negras abotonadas hacia delante.
Mi primo mayor, Kaco, sabía recordarme la imagen de la india que junto al bracero hablaba de su "señorcito" refiriéndose al gran caudillo Juan Manuel. Las horas eran de tortura para un niño en las faldas de aquella bisabuela que pinchaba su cara con los cabellos duros y gruesos.
Por entonces tendría ciento un año la anciana, bien podría haber sido una de las tantas amantes del caudillo de la divisa punzó.
Otras veces rumbeábamos hacia la casa quinta, tía Mecha, Francisco y mis primas nos esperaban.
Peleas y carcajadas. Primos en bandos enfrentados, varones y chicas compartiendo los juegos en el granero. Hamacas que pendían del techo nos hacían volar por el aire desplegando mil emociones antes de aterrizar en aquel mar naranja de grano maduro.
Competíamos el impulso de volar más alto y hundirnos en las semillas más lejanas.
¡Cuántos gritos encerraba aquel granero, gritos de emoción, miedos y otras locuras!
La zona de quintas y de frutales se encontraban en la Loma de Salomón y en los alrededores de la escuela de Fruticultura, lugares pintorescos de Dolores.
Hacia Sevigné y Parravicini se extendía la zona ganadera.
La vida en este pueblo que hacia los años sesenta se convirtió en ciudad cobraba sentido también cuando alguien nos visitaba o cuando mamá proyectaba algún viaje.
Los días transcurrían opacos, los contemplaba tras las rejas de pesadas y antiguas ventanas o sentada en el umbral de aquella casa.
Tras la tapia
asoma embellecido
un naranjo.
Su copa de verde cabellera
lleva prendidas
flores muy blancas
aunque aún
no es primavera.
Oscuros brazos
se bifurcan,
hacia el cielo diáfano.
En serenas mañanas
un intenso perfume llega
a mi ventana.
Un murmullo de abejas
invade al árbol
en misteriosa danza
que no aquieta,
sólo el dulzor de mágico brebaje
trae la calma
a la siesta.
sábado, 19 de mayo de 2012
El nacimiento.
Más de medio siglo XX había transcurrido cuando nací.
Vidas y lugares de Europa habían sido devastados por las guerras, pero la esperanza de los que quedaron venció al dolor.
Occidente recibió a seres que hicieron realidad el sueño que graba el campo de batalla o de concentración: poder seguir viviendo.
Aquí en esta tierra que los albergó estaban los hombres que no sabían de encuentros bélicos y entre ellos mis padres que aparecieron a la vida entre 1919 y 1922.
Obreros que habían crecido con las privaciones de la época infame debido a la crisis mundial que afectó muy seriamente la economía argentina y al gobierno conservador que conducía los destinos del país: pueblo en alpargatas y ollas populares.
Años más tarde vieron florecer los girasoles y el trigo que convirtió a esta tierra en el granero del mundo.
Y aunque las miserias golpeen a la puerta hay algo que perdura para avivar el espíritu, y es el amor.
Corría la década del cincuenta, mi madre dispuso "todo" antes que la partera llegara.
Una habitación ordenada, toallas limpias y agua hirviendo en la cocina a leña.
La casa donde nací siempre fue posada de familiares de campo o de la zona costera.
Mi nacimiento fue en Dolores, provincia de Buenos Aires, primer pueblo patrio fundado el 21 de agosto de 1817.
El sur había estallado porque el bloqueo inglés les impedía vender sus producciones y comerciar a gusto hacia 1839.
Fue allí donde los Libres del Sur enarbolaron protestas a favor de la libertad.
En esa casa crecí, primera nena esperada después de dos varones. Allí aprendí a jugar con ellos, a saltar los alambrados y correr tras la pelota.
Un año cumplía yo cuando Eva Duarte moría. Ese personaje polémico, mujer amada y odiada, que dio con el voto femenino la posibilidad de expresarse en las urnas a todas las mujeres del país.
La casa donde nací y pasé mi infancia fue tan mágica para mi como ese cielo estrellado lleno de historias contadas por mi madre.
Sus higueras colmadas de fruto dulce, amarillo y rojo hacían mis delicias de niña golosa.
A la sombra de ellas construí mil sueños, mil quimeras que quedaron flotando bajo ese cielo celeste profundo de pueblo.
Cuatro años tendría, quizás cinco cuando escuché sollozar a mi madre por la muerte de tantos niños que salían de las escuelas. El insensible Isaac Rojas había bombardeado Plaza de Mayo.
Pasaron muchos años para que me enterara que aquel suceso se había llamado Revolución Libertadora y que Perón había sido destituido.
Había aprendido a trepar las acacias y desde allí embriagarme con el perfume dulce de sus flores.
Veía jugar desde ellas a los chicos y chicas de mi barrio.
Ir creciendo fue ir perdiendo libertades. La nena traviesa no podía pisar la vereda, la nena no podía montar las bicicletas de los varones. La nena debía dormir la siesta.
Niñez de pueblo donde los formulismos eran leyes, donde el qué dirán era más importante que el qué decir.
Epoca dictadora, donde los niños no podían expresarse, donde la norma era la obediencia y el sexo un tabú.
Niñez, época de inocencia, de cigüeñas que llegaban de París, de Reyes Magos y ratones que coleccionaban dientes de leche.
Lejana niñez de blanco delantal almidonado, de muñecas y libros amados con perfume a jazmines y a doradas acacias.
Niñez, lucecita del alma que jamás se apaga.
De
aromáticos
árboles fui cortando
esencias de tomillo y de romero.
Fui impregnando
mis días con sabores
de laureles, albahacas y oréganos.
En la huerta de niñez tan pura
sonrojaban los tomates a mi paso
y un ejército de habas sonreían
a mis manos cargando los zapallos.
En el jardín de Angela y Mecha
mis fantasías las dalias conocían.
En carrozas de jazmines y violetas
me paseaba
aspirando las fragancias
de fresias y de nardos que en la vida
a esta niña rebelde y varonera
acompañarían.
Más de medio siglo XX había transcurrido cuando nací.
Vidas y lugares de Europa habían sido devastados por las guerras, pero la esperanza de los que quedaron venció al dolor.
Occidente recibió a seres que hicieron realidad el sueño que graba el campo de batalla o de concentración: poder seguir viviendo.
Aquí en esta tierra que los albergó estaban los hombres que no sabían de encuentros bélicos y entre ellos mis padres que aparecieron a la vida entre 1919 y 1922.
Obreros que habían crecido con las privaciones de la época infame debido a la crisis mundial que afectó muy seriamente la economía argentina y al gobierno conservador que conducía los destinos del país: pueblo en alpargatas y ollas populares.
Años más tarde vieron florecer los girasoles y el trigo que convirtió a esta tierra en el granero del mundo.
Y aunque las miserias golpeen a la puerta hay algo que perdura para avivar el espíritu, y es el amor.
Corría la década del cincuenta, mi madre dispuso "todo" antes que la partera llegara.
Una habitación ordenada, toallas limpias y agua hirviendo en la cocina a leña.
La casa donde nací siempre fue posada de familiares de campo o de la zona costera.
Mi nacimiento fue en Dolores, provincia de Buenos Aires, primer pueblo patrio fundado el 21 de agosto de 1817.
El sur había estallado porque el bloqueo inglés les impedía vender sus producciones y comerciar a gusto hacia 1839.
Fue allí donde los Libres del Sur enarbolaron protestas a favor de la libertad.
En esa casa crecí, primera nena esperada después de dos varones. Allí aprendí a jugar con ellos, a saltar los alambrados y correr tras la pelota.
Un año cumplía yo cuando Eva Duarte moría. Ese personaje polémico, mujer amada y odiada, que dio con el voto femenino la posibilidad de expresarse en las urnas a todas las mujeres del país.
La casa donde nací y pasé mi infancia fue tan mágica para mi como ese cielo estrellado lleno de historias contadas por mi madre.
Sus higueras colmadas de fruto dulce, amarillo y rojo hacían mis delicias de niña golosa.
A la sombra de ellas construí mil sueños, mil quimeras que quedaron flotando bajo ese cielo celeste profundo de pueblo.
Cuatro años tendría, quizás cinco cuando escuché sollozar a mi madre por la muerte de tantos niños que salían de las escuelas. El insensible Isaac Rojas había bombardeado Plaza de Mayo.
Pasaron muchos años para que me enterara que aquel suceso se había llamado Revolución Libertadora y que Perón había sido destituido.
Había aprendido a trepar las acacias y desde allí embriagarme con el perfume dulce de sus flores.
Veía jugar desde ellas a los chicos y chicas de mi barrio.
Ir creciendo fue ir perdiendo libertades. La nena traviesa no podía pisar la vereda, la nena no podía montar las bicicletas de los varones. La nena debía dormir la siesta.
Niñez de pueblo donde los formulismos eran leyes, donde el qué dirán era más importante que el qué decir.
Epoca dictadora, donde los niños no podían expresarse, donde la norma era la obediencia y el sexo un tabú.
Niñez, época de inocencia, de cigüeñas que llegaban de París, de Reyes Magos y ratones que coleccionaban dientes de leche.
Lejana niñez de blanco delantal almidonado, de muñecas y libros amados con perfume a jazmines y a doradas acacias.
Niñez, lucecita del alma que jamás se apaga.
De
aromáticos
árboles fui cortando
esencias de tomillo y de romero.
Fui impregnando
mis días con sabores
de laureles, albahacas y oréganos.
En la huerta de niñez tan pura
sonrojaban los tomates a mi paso
y un ejército de habas sonreían
a mis manos cargando los zapallos.
En el jardín de Angela y Mecha
mis fantasías las dalias conocían.
En carrozas de jazmines y violetas
me paseaba
aspirando las fragancias
de fresias y de nardos que en la vida
a esta niña rebelde y varonera
acompañarían.
Hasta los años setenta la vida en mi pueblo transcurría lentamente. En esa época pensaba que la vida era casi infinita, que mi tiempo era interminable, que yo tenía la verdad y que era dueña del mundo.
Con el paso de los años la vida me mostró que es tan fugaz como la caída de una estrella, que había logrado los proyectos materiales y que así como habían llegado se habían ido como agua en las manos.
Que lo material queda en la tierra y la mayoría de las veces trae problemas a la descendencia. Que el pasado es irrecuperable. Que las cartas que no escribí para decirles "los quiero, son parte de mi vida" quedaron en mi corazón.
Una nostalgia que no es tristeza me acompaña y mi espíritu de niña que gozaba del prodigio de la infancia se hizo presente y fue guiando mis palabras, fue matizando con colores y emociones el relato.
El compromiso máximo es éste, partir de mi para mostrar una sociedad llena de tabúes y prejuicios.
He querido ser fiel a mis ideas partiendo de mi realidad, de mi gente, de mis experiencias y recuerdos de esa época.
Les regalo los relatos, los más bellos, los que viví en ese pueblo donde, por dolor, no quise seguir viviendo.
Con el paso de los años la vida me mostró que es tan fugaz como la caída de una estrella, que había logrado los proyectos materiales y que así como habían llegado se habían ido como agua en las manos.
Que lo material queda en la tierra y la mayoría de las veces trae problemas a la descendencia. Que el pasado es irrecuperable. Que las cartas que no escribí para decirles "los quiero, son parte de mi vida" quedaron en mi corazón.
Una nostalgia que no es tristeza me acompaña y mi espíritu de niña que gozaba del prodigio de la infancia se hizo presente y fue guiando mis palabras, fue matizando con colores y emociones el relato.
El compromiso máximo es éste, partir de mi para mostrar una sociedad llena de tabúes y prejuicios.
He querido ser fiel a mis ideas partiendo de mi realidad, de mi gente, de mis experiencias y recuerdos de esa época.
Les regalo los relatos, los más bellos, los que viví en ese pueblo donde, por dolor, no quise seguir viviendo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)