Historias de zoquetes y tacos altos.

domingo, 20 de mayo de 2012

Reuniones de familia.


Era fin de semana cuando por la mañana emprendíamos la marcha hacia la chacra por las calles polvorientas.
Orillando la ciudad junto al límite con el campo se veía la casona de ladrillos inmensos.
Nuestros ojos de niños fantaseaban con la imagen de un antiguo castillo.
Bordeando el terraplén y con las bolsas cargadas llegábamos a la casa vieja, ésa que amparaba la vida de mis familiares paternos en la Loma de Salomón.
Entrábamos con la alegría de niños dispuestos a soltar instintos reprimidos.
Las mujeres mayores preparaban las salsas mientras nosotros corríamos hacia el maizal y apostábamos a cruzarlo ya que un sinnúmero de culebras de colores eran las dueñas del lugar.
Los cobardes decidíamos montar los caballos o sacar agua del pozo con balde y una soga para saciar la sed de aquellas correrías.
Los hombres que eran mis tíos y otros parientes que no conocía hablaban siempre aparte, del gobierno, del trabajo, de la casita que iban a tener en el Barrio Obrero en la zona del Hospital San Roque hacia 1957.
En la cocina una anciana fumaba chala, era la bisabuela que sentada a lo indio observaba y hablaba. Los niños la mirábamos y sabíamos su nombre: Merenciana.
La bisabuela, india pura, tenía surcado el rostro con un millar de arrugas que adoptaban posturas en su cetrina piel debido al incesante movimiento de sus mandíbulas mascando tabaco.
Su cuerpo menudito cubría con típicas túnicas negras abotonadas hacia delante.
Mi primo mayor, Kaco, sabía recordarme la imagen de la india que junto al bracero hablaba de su "señorcito" refiriéndose al gran caudillo Juan Manuel. Las horas eran de tortura para un niño en las faldas de aquella bisabuela que pinchaba su cara con los cabellos duros y gruesos.
Por entonces tendría ciento un año la anciana, bien podría haber sido una de las tantas amantes del caudillo de la divisa punzó.
Otras veces rumbeábamos hacia la casa quinta, tía Mecha, Francisco y mis primas nos esperaban.
Peleas y carcajadas. Primos en bandos enfrentados, varones y chicas compartiendo los juegos en el granero. Hamacas que pendían del techo nos hacían volar por el aire desplegando mil emociones antes de aterrizar en aquel mar naranja de grano maduro.
Competíamos el impulso de volar más alto y hundirnos en las semillas más lejanas.
¡Cuántos gritos encerraba aquel granero, gritos de emoción, miedos y otras locuras!
La zona de quintas y de frutales se encontraban en la Loma de Salomón y en los alrededores de la escuela de Fruticultura, lugares pintorescos de Dolores.
Hacia Sevigné y Parravicini se extendía la zona ganadera.
La vida en este pueblo que hacia los años sesenta se convirtió en ciudad cobraba sentido también cuando alguien nos visitaba o cuando mamá proyectaba algún viaje.
Los días transcurrían opacos, los contemplaba tras las rejas de pesadas y antiguas ventanas o sentada en el umbral de aquella casa.


Tras la tapia
asoma embellecido
un naranjo.


Su copa de verde cabellera
lleva prendidas
flores muy blancas
aunque aún
no es primavera.


Oscuros brazos
se bifurcan,
hacia el cielo diáfano.


En serenas mañanas
un intenso perfume llega
a mi ventana.


Un murmullo de abejas
invade al árbol
en misteriosa danza
que no aquieta,
sólo el dulzor de mágico brebaje


trae la calma


a la siesta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario