El nacimiento.
Más de medio siglo XX había transcurrido cuando nací.
Vidas y lugares de Europa habían sido devastados por las guerras, pero la esperanza de los que quedaron venció al dolor.
Occidente recibió a seres que hicieron realidad el sueño que graba el campo de batalla o de concentración: poder seguir viviendo.
Aquí en esta tierra que los albergó estaban los hombres que no sabían de encuentros bélicos y entre ellos mis padres que aparecieron a la vida entre 1919 y 1922.
Obreros que habían crecido con las privaciones de la época infame debido a la crisis mundial que afectó muy seriamente la economía argentina y al gobierno conservador que conducía los destinos del país: pueblo en alpargatas y ollas populares.
Años más tarde vieron florecer los girasoles y el trigo que convirtió a esta tierra en el granero del mundo.
Y aunque las miserias golpeen a la puerta hay algo que perdura para avivar el espíritu, y es el amor.
Corría la década del cincuenta, mi madre dispuso "todo" antes que la partera llegara.
Una habitación ordenada, toallas limpias y agua hirviendo en la cocina a leña.
La casa donde nací siempre fue posada de familiares de campo o de la zona costera.
Mi nacimiento fue en Dolores, provincia de Buenos Aires, primer pueblo patrio fundado el 21 de agosto de 1817.
El sur había estallado porque el bloqueo inglés les impedía vender sus producciones y comerciar a gusto hacia 1839.
Fue allí donde los Libres del Sur enarbolaron protestas a favor de la libertad.
En esa casa crecí, primera nena esperada después de dos varones. Allí aprendí a jugar con ellos, a saltar los alambrados y correr tras la pelota.
Un año cumplía yo cuando Eva Duarte moría. Ese personaje polémico, mujer amada y odiada, que dio con el voto femenino la posibilidad de expresarse en las urnas a todas las mujeres del país.
La casa donde nací y pasé mi infancia fue tan mágica para mi como ese cielo estrellado lleno de historias contadas por mi madre.
Sus higueras colmadas de fruto dulce, amarillo y rojo hacían mis delicias de niña golosa.
A la sombra de ellas construí mil sueños, mil quimeras que quedaron flotando bajo ese cielo celeste profundo de pueblo.
Cuatro años tendría, quizás cinco cuando escuché sollozar a mi madre por la muerte de tantos niños que salían de las escuelas. El insensible Isaac Rojas había bombardeado Plaza de Mayo.
Pasaron muchos años para que me enterara que aquel suceso se había llamado Revolución Libertadora y que Perón había sido destituido.
Había aprendido a trepar las acacias y desde allí embriagarme con el perfume dulce de sus flores.
Veía jugar desde ellas a los chicos y chicas de mi barrio.
Ir creciendo fue ir perdiendo libertades. La nena traviesa no podía pisar la vereda, la nena no podía montar las bicicletas de los varones. La nena debía dormir la siesta.
Niñez de pueblo donde los formulismos eran leyes, donde el qué dirán era más importante que el qué decir.
Epoca dictadora, donde los niños no podían expresarse, donde la norma era la obediencia y el sexo un tabú.
Niñez, época de inocencia, de cigüeñas que llegaban de París, de Reyes Magos y ratones que coleccionaban dientes de leche.
Lejana niñez de blanco delantal almidonado, de muñecas y libros amados con perfume a jazmines y a doradas acacias.
Niñez, lucecita del alma que jamás se apaga.
De
aromáticos
árboles fui cortando
esencias de tomillo y de romero.
Fui impregnando
mis días con sabores
de laureles, albahacas y oréganos.
En la huerta de niñez tan pura
sonrojaban los tomates a mi paso
y un ejército de habas sonreían
a mis manos cargando los zapallos.
En el jardín de Angela y Mecha
mis fantasías las dalias conocían.
En carrozas de jazmines y violetas
me paseaba
aspirando las fragancias
de fresias y de nardos que en la vida
a esta niña rebelde y varonera
acompañarían.
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