Hasta los años setenta la vida en mi pueblo transcurría lentamente. En esa época pensaba que la vida era casi infinita, que mi tiempo era interminable, que yo tenía la verdad y que era dueña del mundo.
Con el paso de los años la vida me mostró que es tan fugaz como la caída de una estrella, que había logrado los proyectos materiales y que así como habían llegado se habían ido como agua en las manos.
Que lo material queda en la tierra y la mayoría de las veces trae problemas a la descendencia. Que el pasado es irrecuperable. Que las cartas que no escribí para decirles "los quiero, son parte de mi vida" quedaron en mi corazón.
Una nostalgia que no es tristeza me acompaña y mi espíritu de niña que gozaba del prodigio de la infancia se hizo presente y fue guiando mis palabras, fue matizando con colores y emociones el relato.
El compromiso máximo es éste, partir de mi para mostrar una sociedad llena de tabúes y prejuicios.
He querido ser fiel a mis ideas partiendo de mi realidad, de mi gente, de mis experiencias y recuerdos de esa época.
Les regalo los relatos, los más bellos, los que viví en ese pueblo donde, por dolor, no quise seguir viviendo.
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