Historias de zoquetes y tacos altos.

martes, 22 de mayo de 2012

Las fogatas.


Erguido, inmutable, con el cuerpo duro, músculos de aserrín, sombrero y corbata lucía el muñeco hasta el último instante en que ardería en llamas en la calle Lincoln.
Construirlo llevó toda una semana. Los chicos del barrio dejaron las tareas escolares para armarlo.
Una montaña de gomas que les habían dado en las gomerías del pueblo junto al aceite quemado que les facilitaban en los talleres mecánicos se transformaría en lenguas doradas que harían explotar el tórax prominente y consumirían en cenizas color plata el cuerpo del muñeco.
Sus ojos me miraban implorando la vida, el dolor de su cuerpo, el ardor en sus venas, una mueca en su cara como una queja.
En mi cuerpo de niña observar al muñeco consumido en polvo era todo un sacrilegio.
Y así, entre gritos de locos chiquillos y a la voz de San Juan y San Pedro se iba  callando la noche, minuto a minuto, segundo a segundo y una tristeza honda, amarga se depositaba en mi alma.


Con dos palos de escoba
y mucho alambre
comencé a fabricar
este muñeco.
Camisa y pantalón
le fui poniendo
con relleno de estopa
y pasto seco.
La cabeza con sombrero
bien erguida
daba aspecto
de serio caballero.
Lucía  elegante
zapatos y cinturón de cuero.
Llegaron mis hermanos
con los cohetes
y minaron el cuerpo 
del muñeco.
Con mucho kerosén
lo perfumaron
y entrada ya la noche,
en destellos dorados
lo quemaron.
Vivamos
a San Juan y a San Pedro
como ofrenda misteriosa
del festejo.
Los chiquillos del barrio
se quedaron
canturreando a las cenizas
del muñeco.

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