Historias de zoquetes y tacos altos.

lunes, 21 de mayo de 2012

El huracán.


Era media tarde cuando mi mamá se levantó de la siesta.
El cielo se tiñó de un negro violáceo.
Las acacias comenzaron a hamacarse, rodaron sus flores escapándose de los racimos.
Las higueras copiaron ese movimiento.
Un silbido se adueño dibujando remolinos turbios mientras un olor penetrante asfixiaba el ambiente.
Por la puerta sujeta al paredón apareció mi hermano que escapaba de la tormenta, venía a guarecerse en la casa.
Fue ese instante que al traspasar la puerta el paredón siguió sus pasos para desplomarse a tierra. Así como si nada siete metros de pared se habían derrumbado. El viento destruyendo a su paso, mi hermano huyendo del siniestro.
Hubiésemos querido contemplar aquel momento cuando cientos de ladrillos, al unísono, caían vencidos ante el poder del huracán.
Mi hermano estaba blanco, con una palidez de miedo y espanto.
Mi bello paredón, mi torre, mi mangrullo. El que me sostenía, el que me soportaba para que yo observara a los chicos a lo lejos, para que yo trepara a la acacia más alta, para que yo jugara con duendes escondidos.


Un lamento agudo
se escucha
forzando el ventanal
que da al sudeste.
Ruge enfurecido
como queriendo arrancar 
desde la entraña
la persiana
que se resiste inerte
y en la terraza ruedan
ruidos en sombra
las macetas indefensas.
Mezcla rara
de placer y miedo
siente la vida
entre las sábanas.
Un extraño bienestar
se apodera de los cuerpos
que descansan plácidos
escuchando entre sueños
la batalla feroz
de la tormenta.

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