Sobrenombres.
Decir que fue lindo tener tres hermanos varones sería una mentira.
Hasta los diez años fui la única mujer. ¿Qué me hacían regar? ¿Qué me ponían sobrenombres?, yo era el hazmerreir de mis hermanos.
Por aquella época en que iba a la escuela primaria mi madre me peinaba con el cabello recogido y tan tirante que cuando me lo soltaba para ira a dormir el cuero cabelludo dolía tanto.....
Mi madre no solo me hacía la "Cola de caballo" sino que remataba la misma en un rodete bien grande sobre la coronilla de mi cabeza a lo que mis hermanos habían bautizado "Rueda de auxilio".
Todo el camino a la escuela mi hermanito Ricardo me recordaba el peinado y cada vez que un vecinito se nos acercaba él le mostraba la "Rueda de auxilio".
Mi hermano Quique me apodaba: "Estufa" porque decía que mi carácter era explosivo, que por cualquier cosa me calentaba. Por supuesto que tenía un tercer sobrenombre: "Chimenea" al que traducían como: negra fea y llena de humos.
Cierto día decidí que mi hermanito terminara con los sobrenombres. Lo sentencié, no lo dejaba entrar por la puerta que daba al patio de la casa.
Él en la vereda, yo en el patio y paredón de muralla. Sus burlas subían de tono y mis amenazas de volumen.
Yo con medio ladrillo en la mano, calculaba por su voz donde estaba ubicado. De pronto fui deslizando lentamente hasta dar en el blanco.
Ya no se escuchaban burlas, sólo su llanto no tanto por el dolor sino por la sangre derramada.
Rápido mi madre fue en su auxilio, escuchaba como lo calmaba y lo desinfectaba.
Yo seguía en el patio, sola, asustada, esperando ser juzgada.
Lazos de sangre.
Por esas historias
de lazos sanguíneos
que no se cuestionan.
Por esa ternura
madre compartida,
dadora de vida.
Por esos juguetes
de riñas tempranas
que nada duraban
(un tiempo de niños).
Por ese lenguaje
de boca inocente
que nos lastimaba.
Por esas peleas
que en tiempos de niños
en beso y abrazo
siempre terminaban.
martes, 4 de diciembre de 2012
martes, 27 de noviembre de 2012
Abuela materna.
Rostro cetrino, con surcos bien marcados tenía mi abuela.
Una mirada dura que nunca nos perdía, la nariz larga con grandes orificios que los niños temían, la hacían sencillamente mala.
Casi siempre tenía sus mejillas rosadas con polvos que aplicaba con cisne.
Sus labios bien delineados pronunciaban palabras mezquinas de cariño, negados de sonrisas. A los muy pequeñitos, a los nenes de brazos sabía sonreirles y dejaba desnuda su blanca dentadura.
Los aros más hermosos lucía mi abuelita en aquellas orejas que al descubierto quedaban, pues su pelo entrecano sujetaba tirante hacia la nuca con peinetas de nácar o carey.
Mi abuelita era bajita, de figura impecable.
Su pollera al tobillo, su blusa con puntillas y un delantal con pechera eran su atuendo habitual.
Le decían Doña Angela porque Angela era su nombre aunque de ángel no tenía nada.
Cuando íbamos de visita los consejos de nuestra madre nos advertían.
Permanecíamos sentados sin pedir nada hasta que la abuela sirviera, no ir mucho al baño y que no se nos ocurriera empezar con peleas.
Las patadas debajo de la mesa, las sacadas de lengua, los sobrenombres en voz baja hacían que pidiera permiso para salir al patio.
Sentada allí, solita, bajo el jazmín del cielo, en el centro del patio, a la sombra del naranjo, de la parra y rodeada de violetas aspiraba los perfumes más dulces de las plantas que amaba mi abuela.
Muy severa era mi abuela pero respetada. Su casa era antigua con galerías muy frescas y macetas floreadas.
Ah!! Cómo quisiera hacerle los mandados, sentarme en su cama, hundirme entre almohadones bordados, almidonados, rodeados de puntillas y poder decirle: ¡Te quiero abuela!
Angelita
Allá en General Lavalle
junto a la ría de Ajó
había nacido mi abuela
en mil ocho ochenta y dos.
A ese lugar infame
de la Confederación
llegaban barcos ingleses
buscando en los saladeros
carne, cuero y mucha grasa
que exportaba el ganadero.
Un vasco francés llegado
a una estancia vecina
para criar a las ovejas
y dedicarse a la esquila
el domingo iba al pueblo
y de ahí a la pulpería
y por conocer el puerto
se enamoró de una chica
una chica pueblerina.
Pronto formaron familia
y se rodearon de hijos.
Mar del Plata fundó el puerto
y la ría se moría.
El pueblo pierde sentido
sus tierras son de bahía.
Escasa agua potable.
Hay que emigrar a otro pago
con la mujer y la cría.
Así pasaron los años.
Mi abuelo el vasco Amarante
había caído enfermo
y la muerte lo pedía.
Viuda se quedó la abuela.
Crió sola a sus diez hijos.
¿Será por este infortunio
que el carácter de Angelita
no tenía alegría?
Rostro cetrino, con surcos bien marcados tenía mi abuela.
Una mirada dura que nunca nos perdía, la nariz larga con grandes orificios que los niños temían, la hacían sencillamente mala.
Casi siempre tenía sus mejillas rosadas con polvos que aplicaba con cisne.
Sus labios bien delineados pronunciaban palabras mezquinas de cariño, negados de sonrisas. A los muy pequeñitos, a los nenes de brazos sabía sonreirles y dejaba desnuda su blanca dentadura.
Los aros más hermosos lucía mi abuelita en aquellas orejas que al descubierto quedaban, pues su pelo entrecano sujetaba tirante hacia la nuca con peinetas de nácar o carey.
Mi abuelita era bajita, de figura impecable.
Su pollera al tobillo, su blusa con puntillas y un delantal con pechera eran su atuendo habitual.
Le decían Doña Angela porque Angela era su nombre aunque de ángel no tenía nada.
Cuando íbamos de visita los consejos de nuestra madre nos advertían.
Permanecíamos sentados sin pedir nada hasta que la abuela sirviera, no ir mucho al baño y que no se nos ocurriera empezar con peleas.
Las patadas debajo de la mesa, las sacadas de lengua, los sobrenombres en voz baja hacían que pidiera permiso para salir al patio.
Sentada allí, solita, bajo el jazmín del cielo, en el centro del patio, a la sombra del naranjo, de la parra y rodeada de violetas aspiraba los perfumes más dulces de las plantas que amaba mi abuela.
Muy severa era mi abuela pero respetada. Su casa era antigua con galerías muy frescas y macetas floreadas.
Ah!! Cómo quisiera hacerle los mandados, sentarme en su cama, hundirme entre almohadones bordados, almidonados, rodeados de puntillas y poder decirle: ¡Te quiero abuela!
Angelita
Allá en General Lavalle
junto a la ría de Ajó
había nacido mi abuela
en mil ocho ochenta y dos.
A ese lugar infame
de la Confederación
llegaban barcos ingleses
buscando en los saladeros
carne, cuero y mucha grasa
que exportaba el ganadero.
Un vasco francés llegado
a una estancia vecina
para criar a las ovejas
y dedicarse a la esquila
el domingo iba al pueblo
y de ahí a la pulpería
y por conocer el puerto
se enamoró de una chica
una chica pueblerina.
Pronto formaron familia
y se rodearon de hijos.
Mar del Plata fundó el puerto
y la ría se moría.
El pueblo pierde sentido
sus tierras son de bahía.
Escasa agua potable.
Hay que emigrar a otro pago
con la mujer y la cría.
Así pasaron los años.
Mi abuelo el vasco Amarante
había caído enfermo
y la muerte lo pedía.
Viuda se quedó la abuela.
Crió sola a sus diez hijos.
¿Será por este infortunio
que el carácter de Angelita
no tenía alegría?
¡A cocinar!
En casa nunca faltó la comida. Quizás algunas zapatillas porque mamá era hábil y la ropa nos hacía.
Preparar la comida siempre era una fiesta y en época de caza las bolsas de perdices llegaban de regalo desde la estancia.
Tarea para todos, había que pelarlas. Mamá nos dirigía con paciencia y el tiempo de sobra que existía.
Luego, después de cocinarlas, un perfume a escabeche inundaba la casa.
Una hilera de frascos transparentes, rebasaban coloridos, lucían apetitosos, manjar de aquellos días.
Otras veces papá iba de pesca. Numerosos ríos, arroyos y canales recorren la llanura, atraviesan Dolores para llegar a las costas del Mar Argentino. Vagos recuerdos del canal A, del nueve, de la Picasa y del canal quince, a veces asoman a mi memoria.
Hacia 1.911, por leyes provinciales se excavaron esos canales que aliviarían el desliz de las aguas pues las inundaciones eran frecuentes.
En la inauguración de los mismos estuvo presente el Presidente de la Nación, Roque Saenz Peña.
La voz se había corrido: - ¡Hay pique !
Pejerreyes plateados de todos los tamaños, mamá seleccionaba: - Pongan aquí a los matungos - decía. Después los fileteaba.
Afanosa, yo quería limpiarlos, sacarles las escamas, tajearlos por la panza, retirarles las vísceras, lavarlos.
Rebozaba en harina a los más pequeños, una buena fritanga reunía a la familia festejando la pesca que papá había traído.
Como siempre, mis hermanos mayores conseguían los permisos, ya había nacido el cuarto hijo.
- Nos vamos a cazar peludos - decían.
Mulitas o peludos los muy pillos traían.
Mamá que era de campo, manejaba muy bien la cuchilla. Todos a su alrededor esperábamos el caparazón, y allí como en un laboratorio observábamos y escuchábamos las explicaciones que el mayor nos daba sobre aquel animalito vegetariano.
La carne se adobaba y después de unas horas el horno la esperaba.
También algún conejo corrió la misma suerte en aquella cocina.
Con huevos de avestruz que equivalen a ocho de gallina, mamá
nos endulzaba con ricos bizcochuelos.
Buñuelos.
-¡Queremos comer buñuelos!
( pedíamos a mamá )
- Harina, huevos y leche
tienen que ir a comprar.
La mejor grasa de vaca
era para cocinar.
-¿Quién va a batir los huevos?
( preguntaba mi mamá ).
La tarea yo emprendía:
tres cucharadas de azúcar,
rayadura de limón
¡y dale al batidor!
Algo de harina leudante
y leche en proporción,
pasas de uva ponía,
¡vaya que preparación!
Tan redondos los buñuelos
los cocinaba mamá...
Parecían hecho en molde,
era su habilidad.
- No comerlos muy calientes
que les pueden caer mal.
Una taza de chocolate
y la merienda genial.
En casa nunca faltó la comida. Quizás algunas zapatillas porque mamá era hábil y la ropa nos hacía.
Preparar la comida siempre era una fiesta y en época de caza las bolsas de perdices llegaban de regalo desde la estancia.
Tarea para todos, había que pelarlas. Mamá nos dirigía con paciencia y el tiempo de sobra que existía.
Luego, después de cocinarlas, un perfume a escabeche inundaba la casa.
Una hilera de frascos transparentes, rebasaban coloridos, lucían apetitosos, manjar de aquellos días.
Otras veces papá iba de pesca. Numerosos ríos, arroyos y canales recorren la llanura, atraviesan Dolores para llegar a las costas del Mar Argentino. Vagos recuerdos del canal A, del nueve, de la Picasa y del canal quince, a veces asoman a mi memoria.
Hacia 1.911, por leyes provinciales se excavaron esos canales que aliviarían el desliz de las aguas pues las inundaciones eran frecuentes.
En la inauguración de los mismos estuvo presente el Presidente de la Nación, Roque Saenz Peña.
La voz se había corrido: - ¡Hay pique !
Pejerreyes plateados de todos los tamaños, mamá seleccionaba: - Pongan aquí a los matungos - decía. Después los fileteaba.
Afanosa, yo quería limpiarlos, sacarles las escamas, tajearlos por la panza, retirarles las vísceras, lavarlos.
Rebozaba en harina a los más pequeños, una buena fritanga reunía a la familia festejando la pesca que papá había traído.
Como siempre, mis hermanos mayores conseguían los permisos, ya había nacido el cuarto hijo.
- Nos vamos a cazar peludos - decían.
Mulitas o peludos los muy pillos traían.
Mamá que era de campo, manejaba muy bien la cuchilla. Todos a su alrededor esperábamos el caparazón, y allí como en un laboratorio observábamos y escuchábamos las explicaciones que el mayor nos daba sobre aquel animalito vegetariano.
La carne se adobaba y después de unas horas el horno la esperaba.
También algún conejo corrió la misma suerte en aquella cocina.
Con huevos de avestruz que equivalen a ocho de gallina, mamá
nos endulzaba con ricos bizcochuelos.
Buñuelos.
-¡Queremos comer buñuelos!
( pedíamos a mamá )
- Harina, huevos y leche
tienen que ir a comprar.
La mejor grasa de vaca
era para cocinar.
-¿Quién va a batir los huevos?
( preguntaba mi mamá ).
La tarea yo emprendía:
tres cucharadas de azúcar,
rayadura de limón
¡y dale al batidor!
Algo de harina leudante
y leche en proporción,
pasas de uva ponía,
¡vaya que preparación!
Tan redondos los buñuelos
los cocinaba mamá...
Parecían hecho en molde,
era su habilidad.
- No comerlos muy calientes
que les pueden caer mal.
Una taza de chocolate
y la merienda genial.
sábado, 25 de agosto de 2012
Comunicación telefónica.
Habían decidido ir a pescar ranas al zanjón de Galdos. Con mi hermano menor nos entreteníamos hablando por teléfono.
Cuanto más tirante teníamos el piolín, mejor llegaba la voz y para que fuese real debíamos estar ocultos uno del otro. Esto era lo atractivo, escuchar la voz sin vernos.
Yo me sentaba en el piso, detrás del combinado y él detrás del sillón grande, lo más lejos posible.
Debíamos coordinar bien la conversación pues cuando yo hablaba él tenía que escuchar y viceversa.
Lo interesante era hablar con la boca bien metida dentro de la lata y que el sonido recorriera el piolín.
Para construirlo mamá nos guardaba las latitas de conserva de tomates, cuidaba que no quedara rebaba en la abertura, las lavaba muy bien y nosotros con un clavo agujereábamos el fondo y pasábamos el piolín anudando los extremos para que las latas quedaran sujetas.
Lo más atrapante era construirlo porque las conversaciones no duraban demasiado.
Nos hacíamos preguntas, nos contábamos algunas cosas pero después nos provocábamos con sobrenombres y algunas malas palabras.
Uno de los dos perdía la paciencia primero y sacaba corriendo al otro y así comenzaba otro juego, claro, después que uno de los dos hubiese llorado.
Creatividad.
Los más lindos juguetes
armábamos con ansiedad
podía ser un carrito
o teléfono funcional.
Los materiales más simples
usábamos al fabricar,
dos latitas de conserva
cualquier hilo, menos sisal.
Habilidad en los nudos
para poder escuchar
tensar de extremo a extremo
y el walky talky ya está.
Habían decidido ir a pescar ranas al zanjón de Galdos. Con mi hermano menor nos entreteníamos hablando por teléfono.
Cuanto más tirante teníamos el piolín, mejor llegaba la voz y para que fuese real debíamos estar ocultos uno del otro. Esto era lo atractivo, escuchar la voz sin vernos.
Yo me sentaba en el piso, detrás del combinado y él detrás del sillón grande, lo más lejos posible.
Debíamos coordinar bien la conversación pues cuando yo hablaba él tenía que escuchar y viceversa.
Lo interesante era hablar con la boca bien metida dentro de la lata y que el sonido recorriera el piolín.
Para construirlo mamá nos guardaba las latitas de conserva de tomates, cuidaba que no quedara rebaba en la abertura, las lavaba muy bien y nosotros con un clavo agujereábamos el fondo y pasábamos el piolín anudando los extremos para que las latas quedaran sujetas.
Lo más atrapante era construirlo porque las conversaciones no duraban demasiado.
Nos hacíamos preguntas, nos contábamos algunas cosas pero después nos provocábamos con sobrenombres y algunas malas palabras.
Uno de los dos perdía la paciencia primero y sacaba corriendo al otro y así comenzaba otro juego, claro, después que uno de los dos hubiese llorado.
Creatividad.
Los más lindos juguetes
armábamos con ansiedad
podía ser un carrito
o teléfono funcional.
Los materiales más simples
usábamos al fabricar,
dos latitas de conserva
cualquier hilo, menos sisal.
Habilidad en los nudos
para poder escuchar
tensar de extremo a extremo
y el walky talky ya está.
sábado, 28 de julio de 2012
La estancia de General Conesa.
El frío húmedo del pueblo, los árboles desnudos y la llegada de mis primas adultas, eran la señal de unas vacaciones en la estancia de los Martinez Pando.
Llegábamos a Gral. Conesa por la ruta 63 y 11 en el auto del marido de mi prima Chana, Lucho, el administrador de la estancia, sobrino de Don Pando.
Tomábamos la media luna derecha que nos acercaría a la entrada trasera de aquel casco blanco e imponente de la estancia San Adolfo, hoy Los Overos.
Sólo tenía nueve años y la independencia clara. Dejaba a mi familia por quince días. Ocupaba la habitación pequeña del frente de la casa.
Extendía la cama que empotrada a la pared funcionaba de mueble repisa.
Recorría las paredes observando, sumergiéndome en los paisajes de aquellos cuadros.
Me sentía tan libre en esa alcoba, levantaba la persiana muy temprano, casi al alba.
La quietud, la escarcha tan blanca me llevaban a la cama de almidonadas y tibias sábanas. Hojeaba un Martín Fierro y me inventaba mil historias.
La peonada me mimaba en la cocina, me servían mate cocido, pan casero, tortas fritas que sin vergüenza aceptaba aunque ya había desayunado en el comedor de la estancia.
Durante un almuerzo Don Pando, el patrón de la estancia, me miraba y sonreía.
-¿Qué tal las milanesas?- me dijo.
-Muy ricas, tío.- respondí.
-Son de potranca, muy buena esta carne blanca.- agregó.
Lo miré fijo, una imagen recorrió mi cerebro: "yo montando a la potranca".
Me levanté de la mesa, corrí hacia el ventanal y, vi corretear a Blanca, la potranca.
La vaca nos da la leche
carne y cuero, lo sabía.
El cerdo ricos jamones,
las ovejitas la lana
y los huevos la gallina.
Que los patos y los pavos
eran sabrosa comida
¡eso también lo sabía!
¿qué el caballo se comía?
¿qué fabrican mortadela?
¿quién me lo creería?
Esto lo aprendí en la estancia
cuando comi milanesas
y Don Pando se reía.
El frío húmedo del pueblo, los árboles desnudos y la llegada de mis primas adultas, eran la señal de unas vacaciones en la estancia de los Martinez Pando.
Llegábamos a Gral. Conesa por la ruta 63 y 11 en el auto del marido de mi prima Chana, Lucho, el administrador de la estancia, sobrino de Don Pando.
Tomábamos la media luna derecha que nos acercaría a la entrada trasera de aquel casco blanco e imponente de la estancia San Adolfo, hoy Los Overos.
Sólo tenía nueve años y la independencia clara. Dejaba a mi familia por quince días. Ocupaba la habitación pequeña del frente de la casa.
Extendía la cama que empotrada a la pared funcionaba de mueble repisa.
Recorría las paredes observando, sumergiéndome en los paisajes de aquellos cuadros.
Me sentía tan libre en esa alcoba, levantaba la persiana muy temprano, casi al alba.
La quietud, la escarcha tan blanca me llevaban a la cama de almidonadas y tibias sábanas. Hojeaba un Martín Fierro y me inventaba mil historias.
La peonada me mimaba en la cocina, me servían mate cocido, pan casero, tortas fritas que sin vergüenza aceptaba aunque ya había desayunado en el comedor de la estancia.
Durante un almuerzo Don Pando, el patrón de la estancia, me miraba y sonreía.
-¿Qué tal las milanesas?- me dijo.
-Muy ricas, tío.- respondí.
-Son de potranca, muy buena esta carne blanca.- agregó.
Lo miré fijo, una imagen recorrió mi cerebro: "yo montando a la potranca".
Me levanté de la mesa, corrí hacia el ventanal y, vi corretear a Blanca, la potranca.
La vaca nos da la leche
carne y cuero, lo sabía.
El cerdo ricos jamones,
las ovejitas la lana
y los huevos la gallina.
Que los patos y los pavos
eran sabrosa comida
¡eso también lo sabía!
¿qué el caballo se comía?
¿qué fabrican mortadela?
¿quién me lo creería?
Esto lo aprendí en la estancia
cuando comi milanesas
y Don Pando se reía.
Vacaciones en General Rodriguez.
Aún de madrugada, con la brisa suave y fresca, la bocina del auto de alquiler que nos acercaba a la estación ferroviaria, sonaba.
Momentos de emoción, el beso a papá y a mis hermanos mayores que se quedaban.
La noche nos mostraba las sombras con incógnitas, las luces de los focos que apenas alumbraban, algún perro nervioso que la casa cuidaba.
La estación dolorense ahí estaba, antigua, inerte, envuelta en soledad.
Sólo ese mundo de andenes y campanas parecía recobrar vida cuando el silbato de la locomotora se escuchaba. Resonaba en la noche el grito del guarda.
Una vez en el vagón mi madre nos mimaba, descubría las sorpresas que endulzaban el viaje. Entre vaivenes y sombras el sueño comenzaba y con un sol alto la máquina en Constitución detenía la marcha.
Y allí... ¡La gran ciudad! Moderna, agitada...
La vista no alcanzaba para mirarlo todo, las imágenes, el ruido, todo se aceleraba.
-¡Taxi!, a plaza Miserere- decía mi madre.
Desde allí a Gral. Rodriguez por el ferrocarril Sarmiento.
Cuando llegábamos, mis tíos, nosotros, el gato, la casa, todo era alborozo.
Pasábamos quince días y con ellos regresábamos al Dolores chato y aburrido como todo pueblo del interior.
Ellos llegaban con estrellitas en los ojos, deseosos de repartir besos y cariño, con mucha alegría por ver a mi abuela materna.
Año a año repetían el mismo anhelo, estar juntos reunidos a la mesa.
El árbol navideño de pino natural los recibía lleno de velas y regalos. Ellos depositaban en él, el misterio y la magia de las sorpresas que traían.
Eran esos tíos los que nos maravillaban con fuegos artificiales que ascendían y se perdían en el firmamento azul oscuro de Nochebuena.
Una voz muy cálida nos reunía y contaba que esas estrellas viajaban a Belén para guiar a los Reyes que iban en busca de Jesús.
Buenos Aires.
Le dicen Reina del Plata
porque es muy atractica.
Caminando por Corrientes
o por la calle Florida
la recorre tanta gente
de noche como de día.
Las luces la iluminan,
la embellecen marquesinas.
Los autos que la transitan
hacen sonar la bocina.
Taxis, subtes, colectivos,
del norte al sur la caminan.
Y en la 9 de Julio
el obelisco la mira.
El Cabildo nos recuerda
junto a la Plaza de Mayo,
las láminas de mi aula,
el candombe, la negra mazamorrera,
la fiesta del 25
donde toda la familia
con sentimiento de Patria
a la escuela concurría.
Aún de madrugada, con la brisa suave y fresca, la bocina del auto de alquiler que nos acercaba a la estación ferroviaria, sonaba.
Momentos de emoción, el beso a papá y a mis hermanos mayores que se quedaban.
La noche nos mostraba las sombras con incógnitas, las luces de los focos que apenas alumbraban, algún perro nervioso que la casa cuidaba.
La estación dolorense ahí estaba, antigua, inerte, envuelta en soledad.
Sólo ese mundo de andenes y campanas parecía recobrar vida cuando el silbato de la locomotora se escuchaba. Resonaba en la noche el grito del guarda.
Una vez en el vagón mi madre nos mimaba, descubría las sorpresas que endulzaban el viaje. Entre vaivenes y sombras el sueño comenzaba y con un sol alto la máquina en Constitución detenía la marcha.
Y allí... ¡La gran ciudad! Moderna, agitada...
La vista no alcanzaba para mirarlo todo, las imágenes, el ruido, todo se aceleraba.
-¡Taxi!, a plaza Miserere- decía mi madre.
Desde allí a Gral. Rodriguez por el ferrocarril Sarmiento.
Cuando llegábamos, mis tíos, nosotros, el gato, la casa, todo era alborozo.
Pasábamos quince días y con ellos regresábamos al Dolores chato y aburrido como todo pueblo del interior.
Ellos llegaban con estrellitas en los ojos, deseosos de repartir besos y cariño, con mucha alegría por ver a mi abuela materna.
Año a año repetían el mismo anhelo, estar juntos reunidos a la mesa.
El árbol navideño de pino natural los recibía lleno de velas y regalos. Ellos depositaban en él, el misterio y la magia de las sorpresas que traían.
Eran esos tíos los que nos maravillaban con fuegos artificiales que ascendían y se perdían en el firmamento azul oscuro de Nochebuena.
Una voz muy cálida nos reunía y contaba que esas estrellas viajaban a Belén para guiar a los Reyes que iban en busca de Jesús.
Buenos Aires.
Le dicen Reina del Plata
porque es muy atractica.
Caminando por Corrientes
o por la calle Florida
la recorre tanta gente
de noche como de día.
Las luces la iluminan,
la embellecen marquesinas.
Los autos que la transitan
hacen sonar la bocina.
Taxis, subtes, colectivos,
del norte al sur la caminan.
Y en la 9 de Julio
el obelisco la mira.
El Cabildo nos recuerda
junto a la Plaza de Mayo,
las láminas de mi aula,
el candombe, la negra mazamorrera,
la fiesta del 25
donde toda la familia
con sentimiento de Patria
a la escuela concurría.
miércoles, 4 de julio de 2012
La expedición.
De muy pequeños nos gustaba salir de expedición, rara vez podía ir yo, será por eso que recuerdo tanto, ésa, la única vez que me dejaron ir.
Llevábamos frasquitos, cucharas, palitos y bolsitas de papel.
A lo largo de la caminata había que juntar todo tipo de insectos, anélidos y todo lo que se pudiera llevar a casa.
Yo sabía que debajo de las piedras podía encontrar "bichitos de humedad" o sea cochinillas, eran fácil de colocar en el frasco, capturaba un montón. Allí también había lombrices que me daban impresión, las transportaba cuidadosamente con un palito, una a una, y cuando ya tenía unas cuantas observaba el movimiento que me resultaba repugnante.
Seguíamos la marcha de potrero en potrero o por la orilla de un zanjón.
Me encantaba reventar los hormigueros que dejaban al descubierto centenares de larvas blancuzcas.
Beto y Quique se encargaban de atrapar arañas y como consideraban una operación de riesgo pedían que me alejara, que me fuese a buscar tréboles de cuatro hojas, claro esta tarea me llevaría un tiempo largo porque era muy difícil conseguirlos.
De pronto llegábamos al pozo y en su profundidad húmeda y oscura los sapos y escuerzos permanecían estáticos.
El más salvaje de mis hermanos proponía conseguir un cigarrillo para hacer fumar al escuerzo.
Un muchachote que pasaba por ahí ofreció uno.
Sin miedo, con mucho coraje el mayor descendió al pozo, hubo un momento en que aquellos animales de piel verrugosa se movieron para quedar nuevamente espectantes a los sucesos. Él fue acercándose al batracio de color verdoso amarillento, poco a poco el animal cazó el cigarrillo encendido que le ofrecía como si fuese una presa y comenzó a hincharse, dicen que murió reventado.
Al atardecer aparecían las luciérnagas. Los tres varones eran rápidos para apresarlas en un frasco.
Lo más esperado era la liberación de las luciérnagas en la habitación a oscuras, quedábamos maravillados con el destello de sus luces fantasmagóricas.
Infancia transparente
con crueles palabras desnudas,
con actos salvajes de profanadores
para saciar las ansias.
Destripadores sin sentimientos
mudos de dolor
con la curiosidad a pleno
para romper con la ignorancia.
Inmutables artífices
para vaciar los nidos de indefensas
palomas
con las honderas como armas
en el bosque de la vida.
De muy pequeños nos gustaba salir de expedición, rara vez podía ir yo, será por eso que recuerdo tanto, ésa, la única vez que me dejaron ir.
Llevábamos frasquitos, cucharas, palitos y bolsitas de papel.
A lo largo de la caminata había que juntar todo tipo de insectos, anélidos y todo lo que se pudiera llevar a casa.
Yo sabía que debajo de las piedras podía encontrar "bichitos de humedad" o sea cochinillas, eran fácil de colocar en el frasco, capturaba un montón. Allí también había lombrices que me daban impresión, las transportaba cuidadosamente con un palito, una a una, y cuando ya tenía unas cuantas observaba el movimiento que me resultaba repugnante.
Seguíamos la marcha de potrero en potrero o por la orilla de un zanjón.
Me encantaba reventar los hormigueros que dejaban al descubierto centenares de larvas blancuzcas.
Beto y Quique se encargaban de atrapar arañas y como consideraban una operación de riesgo pedían que me alejara, que me fuese a buscar tréboles de cuatro hojas, claro esta tarea me llevaría un tiempo largo porque era muy difícil conseguirlos.
De pronto llegábamos al pozo y en su profundidad húmeda y oscura los sapos y escuerzos permanecían estáticos.
El más salvaje de mis hermanos proponía conseguir un cigarrillo para hacer fumar al escuerzo.
Un muchachote que pasaba por ahí ofreció uno.
Sin miedo, con mucho coraje el mayor descendió al pozo, hubo un momento en que aquellos animales de piel verrugosa se movieron para quedar nuevamente espectantes a los sucesos. Él fue acercándose al batracio de color verdoso amarillento, poco a poco el animal cazó el cigarrillo encendido que le ofrecía como si fuese una presa y comenzó a hincharse, dicen que murió reventado.
Al atardecer aparecían las luciérnagas. Los tres varones eran rápidos para apresarlas en un frasco.
Lo más esperado era la liberación de las luciérnagas en la habitación a oscuras, quedábamos maravillados con el destello de sus luces fantasmagóricas.
Infancia transparente
con crueles palabras desnudas,
con actos salvajes de profanadores
para saciar las ansias.
Destripadores sin sentimientos
mudos de dolor
con la curiosidad a pleno
para romper con la ignorancia.
Inmutables artífices
para vaciar los nidos de indefensas
palomas
con las honderas como armas
en el bosque de la vida.
martes, 3 de julio de 2012
La comunión.
La escuela primaria y la iglesia eran serias obligaciones. Dos instituciones indiscutibles para mi familia.
Inmaculados como ángeles, todos de blanco, con la pureza en el alma traspasábamos la puerta de la escuela pública con el sonido de la campana y con los acordes del órgano que sonaba solemne y crispaba los sentidos la inmensa puerta marrón de la iglesia.
La iglesia.....
A lo lejos resplandecía laminado en oro el altar, cubierto con mantos bordados en puntillas valencianas, florecido en crisantemos y azucenas blancas.
El Dios de los ocho años, Dios temeroso y misterioso rondaba en mi mente.
El cuerpo de Jesús representado en hostia limpiaba los pecados que aún no conocía.
Y los mandamientos..... Reglas fijas, absolutas, sin cuestionamientos se habían grabado en mi cerebro.
Concurríamos a la iglesia durante un año. Los domingos de rigurosa presencia. La mantilla y el rosario eran parte de esos ritos de arrodillarnos, confesarnos y repetir la lección que teníamos señalada.
Mis padres andaban ocupados en los preparativos de la comunión. La ropa para todos, la comida y la fiesta compartida con los familiares porque éramos tres primos los que recibiríamos el cuerpo de Jesús.
Como siempre yo quería saber todo, escuchaba la conversación de los mayores.
-Con Frondizi todo irá mejor- decía mi papá.
-Vamos a ver si podrás comprar una casa con los Radicales- decía mi mamá.
¿Quiénes eran los Radicales? Otra intriga más.
Y llegó el día.
Tres primos, Roberto, Susana y Yo; impecables, moño blanco y traje azul; vestidos de organza y tull.
Aquello era un desfile... Después de haber comulgado, la casa del fotográfo y más tarde la fiesta familiar.
Me quedan en el recuerdo la firmeza y la constancia de mis padres por formarme en una creencia.
Vino después la segunda comunión, la confirmación y siempre la confesión.
¿Quién me habría regalado
aquel hermoso librito?
Era el ángel de la guarda
que en sus páginas decía:
(con unas letras muy grandes)
-Te haré siempre compañía-
Le suplicaba una nena:
"No me dejes sóla que me perdería"
Tan bello era aquel ángel
con sus cabellos dorados,
con su piel tersa y fina,
que ese libro iba conmigo
de la cama a la cocina.
Su tapa muy atractiva,
salpicada en brillantina.
¿Dónde quedó ese librito,
a quién protege hoy el ángel
de las malas compañías?
La escuela primaria y la iglesia eran serias obligaciones. Dos instituciones indiscutibles para mi familia.
Inmaculados como ángeles, todos de blanco, con la pureza en el alma traspasábamos la puerta de la escuela pública con el sonido de la campana y con los acordes del órgano que sonaba solemne y crispaba los sentidos la inmensa puerta marrón de la iglesia.
La iglesia.....
A lo lejos resplandecía laminado en oro el altar, cubierto con mantos bordados en puntillas valencianas, florecido en crisantemos y azucenas blancas.
El Dios de los ocho años, Dios temeroso y misterioso rondaba en mi mente.
El cuerpo de Jesús representado en hostia limpiaba los pecados que aún no conocía.
Y los mandamientos..... Reglas fijas, absolutas, sin cuestionamientos se habían grabado en mi cerebro.
Concurríamos a la iglesia durante un año. Los domingos de rigurosa presencia. La mantilla y el rosario eran parte de esos ritos de arrodillarnos, confesarnos y repetir la lección que teníamos señalada.
Mis padres andaban ocupados en los preparativos de la comunión. La ropa para todos, la comida y la fiesta compartida con los familiares porque éramos tres primos los que recibiríamos el cuerpo de Jesús.
Como siempre yo quería saber todo, escuchaba la conversación de los mayores.
-Con Frondizi todo irá mejor- decía mi papá.
-Vamos a ver si podrás comprar una casa con los Radicales- decía mi mamá.
¿Quiénes eran los Radicales? Otra intriga más.
Y llegó el día.
Tres primos, Roberto, Susana y Yo; impecables, moño blanco y traje azul; vestidos de organza y tull.
Aquello era un desfile... Después de haber comulgado, la casa del fotográfo y más tarde la fiesta familiar.
Me quedan en el recuerdo la firmeza y la constancia de mis padres por formarme en una creencia.
Vino después la segunda comunión, la confirmación y siempre la confesión.
¿Quién me habría regalado
aquel hermoso librito?
Era el ángel de la guarda
que en sus páginas decía:
(con unas letras muy grandes)
-Te haré siempre compañía-
Le suplicaba una nena:
"No me dejes sóla que me perdería"
Tan bello era aquel ángel
con sus cabellos dorados,
con su piel tersa y fina,
que ese libro iba conmigo
de la cama a la cocina.
Su tapa muy atractiva,
salpicada en brillantina.
¿Dónde quedó ese librito,
a quién protege hoy el ángel
de las malas compañías?
miércoles, 20 de junio de 2012
De vacaciones en Segurola.
Llegaba el infernal verano de mi pueblo. Mi madre escuchaba radioteatros y a mi me estimulaban la imaginación.
Parece hoy, la radio informaba: "Lo que pasa en Cuba", yo no quería oir cosas tristes y cuando preguntaba el por qué de tanto sufrimiento me respondían que era el resultado de la maldad del hombre. Pero los hombres mandaban, en casa mandaba papá, los policias eran hombres, el cura de la capilla de mi barrio era un hombre. Yo no entendía.
Ese verano íbamos a Segurola, Partido de Madariaga, zona de estancias, zona ganadera.
Olor a tierra mojada antes de llegar al andén. A media mañana descendíamos del último vagón.
Hombres, mujeres y niños cargaban sus maletas. Otros, con miradas inquietas buscaban entre la muchedumbre.
Allí estaba tío Ismael, el mayordomo, sombrero negro, botas de cuero engrasadas junto al sulky.
Así comenzábamos el segundo tramo para llegar a la estancia.
Una vez divisada la arboleda rápidamente llegábamos a la tranquera.
Deseosos de abrirla peleábamos por hacerlo, un poco más y ya entrábamos con los ojos sedientos de nuevos paisajes.
Árboles altísimos poseedores de arquitecturas de paja, los nidos de cotorras explotaban en chirridos y cantos. Plagas destructoras de aquellos sembradíos.
Más tarde en la larga mesa, saboreábamos la comida que sabía a campo.
Recorríamos la galería que nos llevaba al reposo de la siesta acompañados con la musicalidad de los pájaros que chapoteaban en el agua de una fuente de mármol.
Nos fascinaba entrar a las salas de la estancia con sus vitrinas repletas de porcelana y plata.
¿Quién sería el dueño de todo esto?
Mi tío siempre hablaba de la Señora que había hecho construir la escuelita a poca distancia de allí.
De todos los ambientes emanaba un olor a aquellas cosas detenidas en el tiempo.
Tío Ismael vivía en una casa muy linda, a una cuadra del casco de la estancia.
Los atardeceres eran calmos, parecía que la vida se tomaba un descanso, como aquellos arados y trilladoras que dormían al reparo de galpones que guardaban un silencio extraño.
Noche oscura, con ruidos desconocidos, comenzaba el temor a la luz de las lámparas.
Rostros desdibujados y una madre que calma: -Son los perros ladrando, las lechuzas que cazan, las vizcachas paseando...-
¡Qué hermoso que huele el campo
de mis tierras argentinas!
Olor a tierra mojada
después de lluvia mezquina.
Perfume a eucaliptus
a pinos y a glicinas.
El chirrido de cotorras
que vuelven a su guarida.
El alerta de los teros
cuando gente se avecina.
Las lechuzas en la noche
parecen pedir silencio
para que sea tranquila.
Me gusta llegar al campo
porque la naturaleza
se viste de pajonal,
de arroyo o de laguna
para brindarme la vida
con toda su hermosura.
Llegaba el infernal verano de mi pueblo. Mi madre escuchaba radioteatros y a mi me estimulaban la imaginación.
Parece hoy, la radio informaba: "Lo que pasa en Cuba", yo no quería oir cosas tristes y cuando preguntaba el por qué de tanto sufrimiento me respondían que era el resultado de la maldad del hombre. Pero los hombres mandaban, en casa mandaba papá, los policias eran hombres, el cura de la capilla de mi barrio era un hombre. Yo no entendía.
Ese verano íbamos a Segurola, Partido de Madariaga, zona de estancias, zona ganadera.
Olor a tierra mojada antes de llegar al andén. A media mañana descendíamos del último vagón.
Hombres, mujeres y niños cargaban sus maletas. Otros, con miradas inquietas buscaban entre la muchedumbre.
Allí estaba tío Ismael, el mayordomo, sombrero negro, botas de cuero engrasadas junto al sulky.
Así comenzábamos el segundo tramo para llegar a la estancia.
Una vez divisada la arboleda rápidamente llegábamos a la tranquera.
Deseosos de abrirla peleábamos por hacerlo, un poco más y ya entrábamos con los ojos sedientos de nuevos paisajes.
Árboles altísimos poseedores de arquitecturas de paja, los nidos de cotorras explotaban en chirridos y cantos. Plagas destructoras de aquellos sembradíos.
Más tarde en la larga mesa, saboreábamos la comida que sabía a campo.
Recorríamos la galería que nos llevaba al reposo de la siesta acompañados con la musicalidad de los pájaros que chapoteaban en el agua de una fuente de mármol.
Nos fascinaba entrar a las salas de la estancia con sus vitrinas repletas de porcelana y plata.
¿Quién sería el dueño de todo esto?
Mi tío siempre hablaba de la Señora que había hecho construir la escuelita a poca distancia de allí.
De todos los ambientes emanaba un olor a aquellas cosas detenidas en el tiempo.
Tío Ismael vivía en una casa muy linda, a una cuadra del casco de la estancia.
Los atardeceres eran calmos, parecía que la vida se tomaba un descanso, como aquellos arados y trilladoras que dormían al reparo de galpones que guardaban un silencio extraño.
Noche oscura, con ruidos desconocidos, comenzaba el temor a la luz de las lámparas.
Rostros desdibujados y una madre que calma: -Son los perros ladrando, las lechuzas que cazan, las vizcachas paseando...-
¡Qué hermoso que huele el campo
de mis tierras argentinas!
Olor a tierra mojada
después de lluvia mezquina.
Perfume a eucaliptus
a pinos y a glicinas.
El chirrido de cotorras
que vuelven a su guarida.
El alerta de los teros
cuando gente se avecina.
Las lechuzas en la noche
parecen pedir silencio
para que sea tranquila.
Me gusta llegar al campo
porque la naturaleza
se viste de pajonal,
de arroyo o de laguna
para brindarme la vida
con toda su hermosura.
lunes, 18 de junio de 2012
El tanque australiano.
Allí, en el potrero que a veces se vestía de circo, crecían las cicutas y los cardos.
Olvidado, un tanque australiano dormía su inutilidad.
Yacía acostado sobre la maleza, color rojo ladrillo, opaco, con cientos de remaches en sus espaldas.
Mis hermanos y sus amigos tenían en ese tanque un mundo increíble.
Siempre quería ir con ellos pero sólo era un deseo.
Al atardecer los espiaba, trepada al paredón, a unos cincuenta metros de distancia.
Veía las llamas altas del fuego que los iluminaba. Allí tomaban mate, solían asar algo y se refugiaban para escuchar el ruido de la lluvia.
Un día, mis impulsos de niña varonera me llevaron a saltar los alambrados. Las púas lastimaron mis piernas, intento vano, no pude llegar, sólo recibí los retos de mi madre.
La idea siempre afloraba y más cuando ellos dentro del tanque lo hacían rodar.
Una siesta candente atravesé el potrero abriéndome camino entre las cicutas.
¡Oh fascinación! El tanque y yo.
Me introduje en su bocaza, coloqué mis manos sobre su pared metálica y comencé la marcha.
Mis fuerzas no alcanzaban para mover aquel gigante. Sólo se balanceaba, más y más.
Todo mi cuerpo se concentraba en moverlo, en mi mente ya daba una vuelta. Fue así que rodó... rodó y una lluvia de excremento se esparció sobre mi.
Confusa y maloliente quise escapar. El tanque rodaba, yo debía seguir la marcha dentro pues me obligaba la inercia.
Así como iba rodando, así salí al potrero, tréboles y cardos me recibieron en la caída.
Volví a casa con mucho temor. En el silencio de la siesta pude cambiarme y nadie se enteró.
Había cruzado la barrera de lo prohibido, no me fue bien pero lo había vivido.
No hacía falta un juguete
para ponerme a jugar,
cebaba mate de leche
y sóla me ponía a hablar.
A veces creaba una amiga
charla que viene y que va
¡Yuyos y hojas cortaba
hacía que cocinaba!
Con papeles y unas piedras
era amable almacenera
envolvía los productos
que el cliente me pidiera.
¡Qué mundo imaginativo
vivía en ese pueblo!
Chupetines, chocolates
me descolgaba del cielo
Tito, el caramelero.
Allí, en el potrero que a veces se vestía de circo, crecían las cicutas y los cardos.
Olvidado, un tanque australiano dormía su inutilidad.
Yacía acostado sobre la maleza, color rojo ladrillo, opaco, con cientos de remaches en sus espaldas.
Mis hermanos y sus amigos tenían en ese tanque un mundo increíble.
Siempre quería ir con ellos pero sólo era un deseo.
Al atardecer los espiaba, trepada al paredón, a unos cincuenta metros de distancia.
Veía las llamas altas del fuego que los iluminaba. Allí tomaban mate, solían asar algo y se refugiaban para escuchar el ruido de la lluvia.
Un día, mis impulsos de niña varonera me llevaron a saltar los alambrados. Las púas lastimaron mis piernas, intento vano, no pude llegar, sólo recibí los retos de mi madre.
La idea siempre afloraba y más cuando ellos dentro del tanque lo hacían rodar.
Una siesta candente atravesé el potrero abriéndome camino entre las cicutas.
¡Oh fascinación! El tanque y yo.
Me introduje en su bocaza, coloqué mis manos sobre su pared metálica y comencé la marcha.
Mis fuerzas no alcanzaban para mover aquel gigante. Sólo se balanceaba, más y más.
Todo mi cuerpo se concentraba en moverlo, en mi mente ya daba una vuelta. Fue así que rodó... rodó y una lluvia de excremento se esparció sobre mi.
Confusa y maloliente quise escapar. El tanque rodaba, yo debía seguir la marcha dentro pues me obligaba la inercia.
Así como iba rodando, así salí al potrero, tréboles y cardos me recibieron en la caída.
Volví a casa con mucho temor. En el silencio de la siesta pude cambiarme y nadie se enteró.
Había cruzado la barrera de lo prohibido, no me fue bien pero lo había vivido.
No hacía falta un juguete
para ponerme a jugar,
cebaba mate de leche
y sóla me ponía a hablar.
A veces creaba una amiga
charla que viene y que va
¡Yuyos y hojas cortaba
hacía que cocinaba!
Con papeles y unas piedras
era amable almacenera
envolvía los productos
que el cliente me pidiera.
¡Qué mundo imaginativo
vivía en ese pueblo!
Chupetines, chocolates
me descolgaba del cielo
Tito, el caramelero.
martes, 12 de junio de 2012
Muñecas de porcelana.
No obstante mi predilección por los juegos al aire libre, dos muñecas de rostro azabache ocupaban la cabecera de mi cama.
Las había traído papá de a una por vez de la Capital cuando iba a ver a River de tanto en tanto al Monumental.
Los ojos de las negritas no eran negros, celestes iluminaban.
Los labios bien prominentes de rojo siempre estaban.
El cabello noche oscura, de brillante ensortijado y aunque no jugaba con ellas eran mi fiel compañía.
Una buena razón para mi abuela que con costurero en mano y una bolsa de telas proponía hacer vestidos a las negritas.
Con ese pretexto me había enseñado a hilvanar, coser punto atrás y pata de gallo a los dobladillos.
Un mate de calabaza, medias rotas y a zurcir...
Quedaba la abuela sóla, yo había escapado al patio, me trepaba al paredón y de allí a las acacias, juntaba bichos canastos, les daba a las gallinas. ¡Qué buena vida la mía!
Una hermosa sorpresa
envuelta en celofán
me había traído mi padre
cuando fue al Monumental.
Me la entregó a la mañana
antes de ir a trabajar.
Era Caperucita Roja
la del cuento de mamá.
De capa y caperuza
la canastita era igual
sólo faltaba el lobo
para que fuese real.
Mezclé el cuento con agujas
y le hice un delantal,
la mandaba a la escuela
para que aprendiera a hablar.
No le daba mamadera
tampoco leche ni pan
yo le contaba historias
de aquí y del más allá.
No obstante mi predilección por los juegos al aire libre, dos muñecas de rostro azabache ocupaban la cabecera de mi cama.
Las había traído papá de a una por vez de la Capital cuando iba a ver a River de tanto en tanto al Monumental.
Los ojos de las negritas no eran negros, celestes iluminaban.
Los labios bien prominentes de rojo siempre estaban.
El cabello noche oscura, de brillante ensortijado y aunque no jugaba con ellas eran mi fiel compañía.
Una buena razón para mi abuela que con costurero en mano y una bolsa de telas proponía hacer vestidos a las negritas.
Con ese pretexto me había enseñado a hilvanar, coser punto atrás y pata de gallo a los dobladillos.
Un mate de calabaza, medias rotas y a zurcir...
Quedaba la abuela sóla, yo había escapado al patio, me trepaba al paredón y de allí a las acacias, juntaba bichos canastos, les daba a las gallinas. ¡Qué buena vida la mía!
Una hermosa sorpresa
envuelta en celofán
me había traído mi padre
cuando fue al Monumental.
Me la entregó a la mañana
antes de ir a trabajar.
Era Caperucita Roja
la del cuento de mamá.
De capa y caperuza
la canastita era igual
sólo faltaba el lobo
para que fuese real.
Mezclé el cuento con agujas
y le hice un delantal,
la mandaba a la escuela
para que aprendiera a hablar.
No le daba mamadera
tampoco leche ni pan
yo le contaba historias
de aquí y del más allá.
viernes, 8 de junio de 2012
A jugar a la plaza.
La placita Moreno no era una plaza, era algo más agradable a mis ojos de niña.
Una manzana verde de la que emanaban fragancias a jazmines, a glicinas, a tréboles, a rosas...
Un ligustro perenne abrazaba la vida resguardando las pérgolas sujetas a la tierra por marañas herbóreas.
A una cuadra de casa estaba la plaza que no había sido una plaza.
Metía entre el ligustro mi pequeño cuerpo y de allí observaba la glorieta fantástica que emergía del centro de aquella manzana.
Su techo cubierto con teja colorada. Sus columnas vestidas con mayólicas que en azul, amarillo y blanco combinaban. Su piso ribeteado en guardas españolas.
Decía mi vecino que años anteriores, una vez por lo menos, se abrían los portones y las gaitas sonaban, que la Sociedad Española hacía romerías, se llenaba de gente, contagiaban alegría, sueños y poesías.
Mi vecino contaba que por algunos años arrendaban el solar y se vestía de arrabal.
Compadritos y percantas bailaban el dos por cuatro y la milonga que dos por tres terminaba en peleas de tinte arrabalero. No sabía por qué en 1958 ese prado español que vive en mi memoria fue vendido al Municipio con una condición: "Que este solar sea destinado a una plaza".
En 1963 con otros chicos del barrio inauguramos la plaza Mariano Moreno.
De niña me gustaba ir a la plaza, subir al tobogán, hamacarme muy fuerte y dale que te dale al subibaja.
Yo saltaba la soga hacia adelante y hacia atrás. Sal, aceite, vinagre y picante siempre entrenaba para ganar. Saltaba la soga doble que era un mérito más.
Cuando podía subía al autito a pedal de mis hermanos, que no me lo prestaban porque decían que tomaba la curva tan ligero que casi siempre volcaba.
La bicicleta... Yo no tenía bicicleta... Ellos sí. Y aunque era de varón pasaba mi pierna izquierda bajo el caño y así me perdía dando vueltas manzanas alrededor de la plaza.
Como buena chiquilina
volaba en las hamacas
desparramando alegría.
Como presa de la euforia
gritaba como una loca
cuanto más alto subía.
Peldaños de tobogán
de dos en dos ascendía.
Todos allí se sentaban
para deslizarse a tierra,
yo parada descendía.
Y como jugaba sóla
para andar en subibaja
a lo largo de la tabla
en el medio me paraba,
y con las piernas abiertas
desplegando equilibrio
flexionaba para arriba
mi ágil pierna izquierda
y la tabla así subía.
Flexionaba para arriba
mi elástica pierna derecha
y la tabla descendía.
El subibaja movía
pues tenía picardía.
¡Decían que era machona
porque me fluía energía!
La placita Moreno no era una plaza, era algo más agradable a mis ojos de niña.
Una manzana verde de la que emanaban fragancias a jazmines, a glicinas, a tréboles, a rosas...
Un ligustro perenne abrazaba la vida resguardando las pérgolas sujetas a la tierra por marañas herbóreas.
A una cuadra de casa estaba la plaza que no había sido una plaza.
Metía entre el ligustro mi pequeño cuerpo y de allí observaba la glorieta fantástica que emergía del centro de aquella manzana.
Su techo cubierto con teja colorada. Sus columnas vestidas con mayólicas que en azul, amarillo y blanco combinaban. Su piso ribeteado en guardas españolas.
Decía mi vecino que años anteriores, una vez por lo menos, se abrían los portones y las gaitas sonaban, que la Sociedad Española hacía romerías, se llenaba de gente, contagiaban alegría, sueños y poesías.
Mi vecino contaba que por algunos años arrendaban el solar y se vestía de arrabal.
Compadritos y percantas bailaban el dos por cuatro y la milonga que dos por tres terminaba en peleas de tinte arrabalero. No sabía por qué en 1958 ese prado español que vive en mi memoria fue vendido al Municipio con una condición: "Que este solar sea destinado a una plaza".
En 1963 con otros chicos del barrio inauguramos la plaza Mariano Moreno.
De niña me gustaba ir a la plaza, subir al tobogán, hamacarme muy fuerte y dale que te dale al subibaja.
Yo saltaba la soga hacia adelante y hacia atrás. Sal, aceite, vinagre y picante siempre entrenaba para ganar. Saltaba la soga doble que era un mérito más.
Cuando podía subía al autito a pedal de mis hermanos, que no me lo prestaban porque decían que tomaba la curva tan ligero que casi siempre volcaba.
La bicicleta... Yo no tenía bicicleta... Ellos sí. Y aunque era de varón pasaba mi pierna izquierda bajo el caño y así me perdía dando vueltas manzanas alrededor de la plaza.
Como buena chiquilina
volaba en las hamacas
desparramando alegría.
Como presa de la euforia
gritaba como una loca
cuanto más alto subía.
Peldaños de tobogán
de dos en dos ascendía.
Todos allí se sentaban
para deslizarse a tierra,
yo parada descendía.
Y como jugaba sóla
para andar en subibaja
a lo largo de la tabla
en el medio me paraba,
y con las piernas abiertas
desplegando equilibrio
flexionaba para arriba
mi ágil pierna izquierda
y la tabla así subía.
Flexionaba para arriba
mi elástica pierna derecha
y la tabla descendía.
El subibaja movía
pues tenía picardía.
¡Decían que era machona
porque me fluía energía!
martes, 5 de junio de 2012
Cayó nieve.
La imagen se desliza como en una película.
Allí junto a la boma, en el medio del patio, se veía un muñeco, todo, todo blanco.
Le habían puesto sombrero, dos piedras en los ojos, una pipa de caña y prominente panza.
Ya era media mañana cuando me levantaron, mis hermanos lo habían hecho muy temprano. Motivo suficiente el de ese amanecer, después de medio siglo ver nieve otra vez.
Los chicos de la cuadra, todos, todos tenían muñeco y con bolas muy frías reían y sacudían.
Bellísimo recuerdo el de aquel invierno.
Cincuenta años han pasado y de la nieve, nada.
Se calienta el planeta, el agujero de ozono se expande y los días no vuelven como antes.
Todo blanco va quedando
tras las horas.
Incesante llora el cielo
heladas lágrimas.
Como testigo inerte
la soledad
huele frío de muerte
bajo la destemplanza
del tiempo.
Ráfagas heladas danzan
con los acordes despiadados
del viento.
Como cristales puntiagudos la nieve cae
suave, discola, inocente
sin advertir que es
Belleza y Muerte.
La imagen se desliza como en una película.
Allí junto a la boma, en el medio del patio, se veía un muñeco, todo, todo blanco.
Le habían puesto sombrero, dos piedras en los ojos, una pipa de caña y prominente panza.
Ya era media mañana cuando me levantaron, mis hermanos lo habían hecho muy temprano. Motivo suficiente el de ese amanecer, después de medio siglo ver nieve otra vez.
Los chicos de la cuadra, todos, todos tenían muñeco y con bolas muy frías reían y sacudían.
Bellísimo recuerdo el de aquel invierno.
Cincuenta años han pasado y de la nieve, nada.
Se calienta el planeta, el agujero de ozono se expande y los días no vuelven como antes.
Todo blanco va quedando
tras las horas.
Incesante llora el cielo
heladas lágrimas.
Como testigo inerte
la soledad
huele frío de muerte
bajo la destemplanza
del tiempo.
Ráfagas heladas danzan
con los acordes despiadados
del viento.
Como cristales puntiagudos la nieve cae
suave, discola, inocente
sin advertir que es
Belleza y Muerte.
domingo, 3 de junio de 2012
Las escondidas.
Durante la primavera y el verano los juegos eran fuera de la casa.
El contacto con los árboles, con los yuyales, era más divertido.
Aprovechábamos jugar a las escondidas. Por suerte, ellos me incluían de tanto en tanto en los juegos.
Recuerdo a sus amigos Parodi y Celasco, también recuerdo los raspones que lucían mis piernas producto de rebotar junto al paredón cuando llegaba corriendo para tocar la pared y gritar: ¡casa!
A veces me quedaba esperando hasta que los otros llegaran porque daban la vuelta manzana para despistarme.
Luego se repetía el juego y así sucesivamente por largo tiempo.
Era tal el nerviosismo que pasaba jugando a las escondidas, metida en el cerco de ligustrina, de panza en el pastizal del vecino, detrás del camión de Damico que siempre terminaba orinada.
Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis,
veintitrés, cuarenta y cinco, cincuenta y seis
y el que no se escondió se embromó.
Dispuestos para la trampa,
la cara contra el paredón.
Sorprendentes escondidas
entre varones y yo.
Un radio delimitado
debíamos respetar
no alejarse demasiado
para la "casa" cuidar.
Si los yuyos se movían
seguro que ahí están.
Ruidos a cañas secas
venían del cañaveral.
Otro trepaba a un árbol
o se metía al zaguán.
La búsqueda terminaba
cuando alguno gritaba:
¡Piedra libre para todos!
¡Y yo volvía a contar!
Durante la primavera y el verano los juegos eran fuera de la casa.
El contacto con los árboles, con los yuyales, era más divertido.
Aprovechábamos jugar a las escondidas. Por suerte, ellos me incluían de tanto en tanto en los juegos.
Recuerdo a sus amigos Parodi y Celasco, también recuerdo los raspones que lucían mis piernas producto de rebotar junto al paredón cuando llegaba corriendo para tocar la pared y gritar: ¡casa!
A veces me quedaba esperando hasta que los otros llegaran porque daban la vuelta manzana para despistarme.
Luego se repetía el juego y así sucesivamente por largo tiempo.
Era tal el nerviosismo que pasaba jugando a las escondidas, metida en el cerco de ligustrina, de panza en el pastizal del vecino, detrás del camión de Damico que siempre terminaba orinada.
Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis,
veintitrés, cuarenta y cinco, cincuenta y seis
y el que no se escondió se embromó.
Dispuestos para la trampa,
la cara contra el paredón.
Sorprendentes escondidas
entre varones y yo.
Un radio delimitado
debíamos respetar
no alejarse demasiado
para la "casa" cuidar.
Si los yuyos se movían
seguro que ahí están.
Ruidos a cañas secas
venían del cañaveral.
Otro trepaba a un árbol
o se metía al zaguán.
La búsqueda terminaba
cuando alguno gritaba:
¡Piedra libre para todos!
¡Y yo volvía a contar!
sábado, 2 de junio de 2012
El surtidor.
El tanque de agua en la zona del barrio obrero es todo un monumento y para una criatura, un gigante.
Una de las piletas potabilizadoras siempre estuvo cubierta por un manto verde de pezuñas de gato que en primavera se abrían en mil soles de color fucsia.
Las ciudades del interior de la provincia de Buenos Aires construyeron redes de agua potable para cubrir las necesidades de una determinada cantidad de habitantes.
Dolores, recibe el agua de otra ciudad cercana, Ayacucho.
Los barrios que a ocho cuadras del centro habían ido creciendo no tenían agua corriente, por eso yo recuerdo el patio de mi infancia con su bomba de agua.
El municipio había dispuesto hermosos surtidores donde íbamos con baldes a buscar agua fresca. Ese agua se utilizaba sólo para cocinar ya que un tanque bajo la canaleta contaba con reserva para cubrir las necesidades de una brillante cabellera y ropa blanca.
Ya entonces, la gente no cuidaba el agua. A menudo el grifo del surtidor era mal cerrado y el líquido corría por una zanja. Allí, una multitud de berros cubrían la húmeda superficie y algunos vecinos solían juntarlos para hacer ensalada. A esa edad yo creía que eran hierbas silvestres, yuyos simplemente.
El surtidor a veces, era una lavadero de autos. Otras, prestaba un gran servicio para los carnavales. Los chicos y los jóvenes cargaban las bombitas y los baldes.
Todos descuidábamos el agua.
Se juntaban barritas y si pasaba alguien, salpicaban con agua.
¡El surtidor de mi cuadra!
Hoy ya quedan muy pocos, la red se ha extendido.
¡Mi viejo surtidor está sólo en mi memoria!
Me acerco al surtidor
y me descalzo.
Bajo un grifo
piesitos mojados
en el agua helada, chapoteando.
Pollera humedecida
un par de zapatillas
de mis manos colgando.
De mi cabeza, agua chorreando
en la tarde calurosa
de un verano.
El tanque de agua en la zona del barrio obrero es todo un monumento y para una criatura, un gigante.
Una de las piletas potabilizadoras siempre estuvo cubierta por un manto verde de pezuñas de gato que en primavera se abrían en mil soles de color fucsia.
Las ciudades del interior de la provincia de Buenos Aires construyeron redes de agua potable para cubrir las necesidades de una determinada cantidad de habitantes.
Dolores, recibe el agua de otra ciudad cercana, Ayacucho.
Los barrios que a ocho cuadras del centro habían ido creciendo no tenían agua corriente, por eso yo recuerdo el patio de mi infancia con su bomba de agua.
El municipio había dispuesto hermosos surtidores donde íbamos con baldes a buscar agua fresca. Ese agua se utilizaba sólo para cocinar ya que un tanque bajo la canaleta contaba con reserva para cubrir las necesidades de una brillante cabellera y ropa blanca.
Ya entonces, la gente no cuidaba el agua. A menudo el grifo del surtidor era mal cerrado y el líquido corría por una zanja. Allí, una multitud de berros cubrían la húmeda superficie y algunos vecinos solían juntarlos para hacer ensalada. A esa edad yo creía que eran hierbas silvestres, yuyos simplemente.
El surtidor a veces, era una lavadero de autos. Otras, prestaba un gran servicio para los carnavales. Los chicos y los jóvenes cargaban las bombitas y los baldes.
Todos descuidábamos el agua.
Se juntaban barritas y si pasaba alguien, salpicaban con agua.
¡El surtidor de mi cuadra!
Hoy ya quedan muy pocos, la red se ha extendido.
¡Mi viejo surtidor está sólo en mi memoria!
Me acerco al surtidor
y me descalzo.
Bajo un grifo
piesitos mojados
en el agua helada, chapoteando.
Pollera humedecida
un par de zapatillas
de mis manos colgando.
De mi cabeza, agua chorreando
en la tarde calurosa
de un verano.
jueves, 24 de mayo de 2012
El parque de diversiones.
Decían antiguos vecinos que un cuarto de la manzana de enfrente de mi casa había sido el cementerio.
Contaban que Pascual Damico excavando encontró una calavera.
Después de cinco décadas pude encontrar el dato histórico: el primer cementerio había estado allí desde el 25 de mayo de 1834 hasta 1868.
Como una ironía de la vida allí frecuentemente llegaban circos y parques de diversiones.
Calesita, rueda gigante, sillas voladoras, botes y numerosos entretenimientos.
Mis hermanos podían ir sólos. Yo con mi mamá y como ella debía esperar a mi padre que venía de trabajar, con la mesa servida y la comida a punto y como los niños cenaban primero, yo debía ir a dormir.
Desde mi cama escuchaba la música de la calesita, me imaginaba girando en la rueda gigante un poco temerosa, volando sin alas en las sillas voladoras y así, con un poco de deseo y otro de resignación me hundía en sueños sin memoria.
Pero una noche, el sueño cobró vida.
-¡Mirá lo que te traje!- dijo mi hermano mayor.
Una hermosa muñeca de esas que cerraban y abrían los ojos, de esas que lloraban y eran grandes como un chico que ya caminaba, me miraba.
-Me la gané en el parque-agregó mi hermano.
El asombro se había apoderado de mi.
Fue una noche feliz...
En pocos días el potrero de enfrente sólo tendría las huellas de los juegos.
El viento traería los sonidos del parque: gritos, risas, música y algarabía.
Y así, los camiones cargados partirían llevando alegría a otro pueblo.
Calesita de mi pueblo
tirada por un caballo.
Sonaba "La cucaracha"
dándole vida a la esquina.
Me apasionó la sortija,
la campanilla del tren
y del auto la bocina.
Los dibujitos de Disney
me daban mucha alegría.
Al son de "Los tres alpinos"
giraba la calesita,
cucurucho de maní
y unas cuantas golosinas.
Calesita de mi pueblo
gira, gira la alegría.
¡Cómo quisiera ser niña
para sacar la sortija!
Decían antiguos vecinos que un cuarto de la manzana de enfrente de mi casa había sido el cementerio.
Contaban que Pascual Damico excavando encontró una calavera.
Después de cinco décadas pude encontrar el dato histórico: el primer cementerio había estado allí desde el 25 de mayo de 1834 hasta 1868.
Como una ironía de la vida allí frecuentemente llegaban circos y parques de diversiones.
Calesita, rueda gigante, sillas voladoras, botes y numerosos entretenimientos.
Mis hermanos podían ir sólos. Yo con mi mamá y como ella debía esperar a mi padre que venía de trabajar, con la mesa servida y la comida a punto y como los niños cenaban primero, yo debía ir a dormir.
Desde mi cama escuchaba la música de la calesita, me imaginaba girando en la rueda gigante un poco temerosa, volando sin alas en las sillas voladoras y así, con un poco de deseo y otro de resignación me hundía en sueños sin memoria.
Pero una noche, el sueño cobró vida.
-¡Mirá lo que te traje!- dijo mi hermano mayor.
Una hermosa muñeca de esas que cerraban y abrían los ojos, de esas que lloraban y eran grandes como un chico que ya caminaba, me miraba.
-Me la gané en el parque-agregó mi hermano.
El asombro se había apoderado de mi.
Fue una noche feliz...
En pocos días el potrero de enfrente sólo tendría las huellas de los juegos.
El viento traería los sonidos del parque: gritos, risas, música y algarabía.
Y así, los camiones cargados partirían llevando alegría a otro pueblo.
Calesita de mi pueblo
tirada por un caballo.
Sonaba "La cucaracha"
dándole vida a la esquina.
Me apasionó la sortija,
la campanilla del tren
y del auto la bocina.
Los dibujitos de Disney
me daban mucha alegría.
Al son de "Los tres alpinos"
giraba la calesita,
cucurucho de maní
y unas cuantas golosinas.
Calesita de mi pueblo
gira, gira la alegría.
¡Cómo quisiera ser niña
para sacar la sortija!
martes, 22 de mayo de 2012
Las fogatas.
Erguido, inmutable, con el cuerpo duro, músculos de aserrín, sombrero y corbata lucía el muñeco hasta el último instante en que ardería en llamas en la calle Lincoln.
Construirlo llevó toda una semana. Los chicos del barrio dejaron las tareas escolares para armarlo.
Una montaña de gomas que les habían dado en las gomerías del pueblo junto al aceite quemado que les facilitaban en los talleres mecánicos se transformaría en lenguas doradas que harían explotar el tórax prominente y consumirían en cenizas color plata el cuerpo del muñeco.
Sus ojos me miraban implorando la vida, el dolor de su cuerpo, el ardor en sus venas, una mueca en su cara como una queja.
En mi cuerpo de niña observar al muñeco consumido en polvo era todo un sacrilegio.
Y así, entre gritos de locos chiquillos y a la voz de San Juan y San Pedro se iba callando la noche, minuto a minuto, segundo a segundo y una tristeza honda, amarga se depositaba en mi alma.
Con dos palos de escoba
y mucho alambre
comencé a fabricar
este muñeco.
Camisa y pantalón
le fui poniendo
con relleno de estopa
y pasto seco.
La cabeza con sombrero
bien erguida
daba aspecto
de serio caballero.
Lucía elegante
zapatos y cinturón de cuero.
Llegaron mis hermanos
con los cohetes
y minaron el cuerpo
del muñeco.
Con mucho kerosén
lo perfumaron
y entrada ya la noche,
en destellos dorados
lo quemaron.
Vivamos
a San Juan y a San Pedro
como ofrenda misteriosa
del festejo.
Los chiquillos del barrio
se quedaron
canturreando a las cenizas
del muñeco.
Erguido, inmutable, con el cuerpo duro, músculos de aserrín, sombrero y corbata lucía el muñeco hasta el último instante en que ardería en llamas en la calle Lincoln.
Construirlo llevó toda una semana. Los chicos del barrio dejaron las tareas escolares para armarlo.
Una montaña de gomas que les habían dado en las gomerías del pueblo junto al aceite quemado que les facilitaban en los talleres mecánicos se transformaría en lenguas doradas que harían explotar el tórax prominente y consumirían en cenizas color plata el cuerpo del muñeco.
Sus ojos me miraban implorando la vida, el dolor de su cuerpo, el ardor en sus venas, una mueca en su cara como una queja.
En mi cuerpo de niña observar al muñeco consumido en polvo era todo un sacrilegio.
Y así, entre gritos de locos chiquillos y a la voz de San Juan y San Pedro se iba callando la noche, minuto a minuto, segundo a segundo y una tristeza honda, amarga se depositaba en mi alma.
Con dos palos de escoba
y mucho alambre
comencé a fabricar
este muñeco.
Camisa y pantalón
le fui poniendo
con relleno de estopa
y pasto seco.
La cabeza con sombrero
bien erguida
daba aspecto
de serio caballero.
Lucía elegante
zapatos y cinturón de cuero.
Llegaron mis hermanos
con los cohetes
y minaron el cuerpo
del muñeco.
Con mucho kerosén
lo perfumaron
y entrada ya la noche,
en destellos dorados
lo quemaron.
Vivamos
a San Juan y a San Pedro
como ofrenda misteriosa
del festejo.
Los chiquillos del barrio
se quedaron
canturreando a las cenizas
del muñeco.
lunes, 21 de mayo de 2012
El huracán.
Era media tarde cuando mi mamá se levantó de la siesta.
El cielo se tiñó de un negro violáceo.
Las acacias comenzaron a hamacarse, rodaron sus flores escapándose de los racimos.
Las higueras copiaron ese movimiento.
Un silbido se adueño dibujando remolinos turbios mientras un olor penetrante asfixiaba el ambiente.
Por la puerta sujeta al paredón apareció mi hermano que escapaba de la tormenta, venía a guarecerse en la casa.
Fue ese instante que al traspasar la puerta el paredón siguió sus pasos para desplomarse a tierra. Así como si nada siete metros de pared se habían derrumbado. El viento destruyendo a su paso, mi hermano huyendo del siniestro.
Hubiésemos querido contemplar aquel momento cuando cientos de ladrillos, al unísono, caían vencidos ante el poder del huracán.
Mi hermano estaba blanco, con una palidez de miedo y espanto.
Mi bello paredón, mi torre, mi mangrullo. El que me sostenía, el que me soportaba para que yo observara a los chicos a lo lejos, para que yo trepara a la acacia más alta, para que yo jugara con duendes escondidos.
Un lamento agudo
se escucha
forzando el ventanal
que da al sudeste.
Ruge enfurecido
como queriendo arrancar
desde la entraña
la persiana
que se resiste inerte
y en la terraza ruedan
ruidos en sombra
las macetas indefensas.
Mezcla rara
de placer y miedo
siente la vida
entre las sábanas.
Un extraño bienestar
se apodera de los cuerpos
que descansan plácidos
escuchando entre sueños
la batalla feroz
de la tormenta.
Era media tarde cuando mi mamá se levantó de la siesta.
El cielo se tiñó de un negro violáceo.
Las acacias comenzaron a hamacarse, rodaron sus flores escapándose de los racimos.
Las higueras copiaron ese movimiento.
Un silbido se adueño dibujando remolinos turbios mientras un olor penetrante asfixiaba el ambiente.
Por la puerta sujeta al paredón apareció mi hermano que escapaba de la tormenta, venía a guarecerse en la casa.
Fue ese instante que al traspasar la puerta el paredón siguió sus pasos para desplomarse a tierra. Así como si nada siete metros de pared se habían derrumbado. El viento destruyendo a su paso, mi hermano huyendo del siniestro.
Hubiésemos querido contemplar aquel momento cuando cientos de ladrillos, al unísono, caían vencidos ante el poder del huracán.
Mi hermano estaba blanco, con una palidez de miedo y espanto.
Mi bello paredón, mi torre, mi mangrullo. El que me sostenía, el que me soportaba para que yo observara a los chicos a lo lejos, para que yo trepara a la acacia más alta, para que yo jugara con duendes escondidos.
Un lamento agudo
se escucha
forzando el ventanal
que da al sudeste.
Ruge enfurecido
como queriendo arrancar
desde la entraña
la persiana
que se resiste inerte
y en la terraza ruedan
ruidos en sombra
las macetas indefensas.
Mezcla rara
de placer y miedo
siente la vida
entre las sábanas.
Un extraño bienestar
se apodera de los cuerpos
que descansan plácidos
escuchando entre sueños
la batalla feroz
de la tormenta.
Escuela primaria.
De guardapolvo blanco muy bien almidonado y con un "Hasta luego" nos íbamos a la escuela por la calle Olavarría.
La escuela N° 1 Pedro Castelli está viva en mi recuerdo y en mi corazón.
¿Quién ha podido olvidar a la maestra de 1° grado?
De impecable guardapolvo bordado en las solapas, lucía un collar de perlas, Elsa Rossi de Fontana, mi señorita.
Muy prolijo su peinado, uñas largas bien pintadas de igual tono que los labios, rojo grana parecía.
Ni hablar de los tacos altos que más alta la hacían. Me enseñó a hacer los palotes, puso el lápiz en mi mano y con la suya iba llevando la mía.
Los libros de mis hermanos eran viejos, no servían, los retratos de Eva Duarte y de Perón la escuela los prohibía.
¡Qué alegría tenía yo, libros nuevos me pedían!
Al sonido de la campana el recreo nos llamaba.
Pisa pisuela color de ciruela...
¡No quiero ser huevo podrido!
¿Martín pescador me dejará pasar?
Después la cinchada y alguien de cola aterrizaba.
Juguemos con las figuritas, ¿arriba o abajo? Si es extranjera y tiene brillantina vale más.
-Te cambio un chicle Yun-Yun por una de la colección de animales-
Suena la campana.
¡A formar... terminó el recreo!
No importaba demasiado, nos esperaba la profesora de música.
El piano en el patio cubierto y las canciones que de muy pequeños aprendíamos: el Himno Nacional, Aurora, Mi bandera, la marcha de San Lorenzo nos emocionaban.
Las notas que desplegaba en el teclado aún resuenan; sonidos que amo.
Un nevado guardapolvo
tableado y prendido atrás
me ceñía la cintura
para que fuese a estudiar.
Lavado en la batea
con jabón blanco en pan
se planchaba almidonado
para que luciera más.
Las tablas y los bolsillos
había que despegar
amplio moño acartonado
tenía el delantal.
Así dura caminaba.
¡Ojito con ensuciar!
¡A no perder los botones
pues se enojaba mamá!
De guardapolvo blanco muy bien almidonado y con un "Hasta luego" nos íbamos a la escuela por la calle Olavarría.
La escuela N° 1 Pedro Castelli está viva en mi recuerdo y en mi corazón.
¿Quién ha podido olvidar a la maestra de 1° grado?
De impecable guardapolvo bordado en las solapas, lucía un collar de perlas, Elsa Rossi de Fontana, mi señorita.
Muy prolijo su peinado, uñas largas bien pintadas de igual tono que los labios, rojo grana parecía.
Ni hablar de los tacos altos que más alta la hacían. Me enseñó a hacer los palotes, puso el lápiz en mi mano y con la suya iba llevando la mía.
Los libros de mis hermanos eran viejos, no servían, los retratos de Eva Duarte y de Perón la escuela los prohibía.
¡Qué alegría tenía yo, libros nuevos me pedían!
Al sonido de la campana el recreo nos llamaba.
Pisa pisuela color de ciruela...
¡No quiero ser huevo podrido!
¿Martín pescador me dejará pasar?
Después la cinchada y alguien de cola aterrizaba.
Juguemos con las figuritas, ¿arriba o abajo? Si es extranjera y tiene brillantina vale más.
-Te cambio un chicle Yun-Yun por una de la colección de animales-
Suena la campana.
¡A formar... terminó el recreo!
No importaba demasiado, nos esperaba la profesora de música.
El piano en el patio cubierto y las canciones que de muy pequeños aprendíamos: el Himno Nacional, Aurora, Mi bandera, la marcha de San Lorenzo nos emocionaban.
Las notas que desplegaba en el teclado aún resuenan; sonidos que amo.
Un nevado guardapolvo
tableado y prendido atrás
me ceñía la cintura
para que fuese a estudiar.
Lavado en la batea
con jabón blanco en pan
se planchaba almidonado
para que luciera más.
Las tablas y los bolsillos
había que despegar
amplio moño acartonado
tenía el delantal.
Así dura caminaba.
¡Ojito con ensuciar!
¡A no perder los botones
pues se enojaba mamá!
domingo, 20 de mayo de 2012
Reuniones de familia.
Era fin de semana cuando por la mañana emprendíamos la marcha hacia la chacra por las calles polvorientas.
Orillando la ciudad junto al límite con el campo se veía la casona de ladrillos inmensos.
Nuestros ojos de niños fantaseaban con la imagen de un antiguo castillo.
Bordeando el terraplén y con las bolsas cargadas llegábamos a la casa vieja, ésa que amparaba la vida de mis familiares paternos en la Loma de Salomón.
Entrábamos con la alegría de niños dispuestos a soltar instintos reprimidos.
Las mujeres mayores preparaban las salsas mientras nosotros corríamos hacia el maizal y apostábamos a cruzarlo ya que un sinnúmero de culebras de colores eran las dueñas del lugar.
Los cobardes decidíamos montar los caballos o sacar agua del pozo con balde y una soga para saciar la sed de aquellas correrías.
Los hombres que eran mis tíos y otros parientes que no conocía hablaban siempre aparte, del gobierno, del trabajo, de la casita que iban a tener en el Barrio Obrero en la zona del Hospital San Roque hacia 1957.
En la cocina una anciana fumaba chala, era la bisabuela que sentada a lo indio observaba y hablaba. Los niños la mirábamos y sabíamos su nombre: Merenciana.
La bisabuela, india pura, tenía surcado el rostro con un millar de arrugas que adoptaban posturas en su cetrina piel debido al incesante movimiento de sus mandíbulas mascando tabaco.
Su cuerpo menudito cubría con típicas túnicas negras abotonadas hacia delante.
Mi primo mayor, Kaco, sabía recordarme la imagen de la india que junto al bracero hablaba de su "señorcito" refiriéndose al gran caudillo Juan Manuel. Las horas eran de tortura para un niño en las faldas de aquella bisabuela que pinchaba su cara con los cabellos duros y gruesos.
Por entonces tendría ciento un año la anciana, bien podría haber sido una de las tantas amantes del caudillo de la divisa punzó.
Otras veces rumbeábamos hacia la casa quinta, tía Mecha, Francisco y mis primas nos esperaban.
Peleas y carcajadas. Primos en bandos enfrentados, varones y chicas compartiendo los juegos en el granero. Hamacas que pendían del techo nos hacían volar por el aire desplegando mil emociones antes de aterrizar en aquel mar naranja de grano maduro.
Competíamos el impulso de volar más alto y hundirnos en las semillas más lejanas.
¡Cuántos gritos encerraba aquel granero, gritos de emoción, miedos y otras locuras!
La zona de quintas y de frutales se encontraban en la Loma de Salomón y en los alrededores de la escuela de Fruticultura, lugares pintorescos de Dolores.
Hacia Sevigné y Parravicini se extendía la zona ganadera.
La vida en este pueblo que hacia los años sesenta se convirtió en ciudad cobraba sentido también cuando alguien nos visitaba o cuando mamá proyectaba algún viaje.
Los días transcurrían opacos, los contemplaba tras las rejas de pesadas y antiguas ventanas o sentada en el umbral de aquella casa.
Tras la tapia
asoma embellecido
un naranjo.
Su copa de verde cabellera
lleva prendidas
flores muy blancas
aunque aún
no es primavera.
Oscuros brazos
se bifurcan,
hacia el cielo diáfano.
En serenas mañanas
un intenso perfume llega
a mi ventana.
Un murmullo de abejas
invade al árbol
en misteriosa danza
que no aquieta,
sólo el dulzor de mágico brebaje
trae la calma
a la siesta.
Era fin de semana cuando por la mañana emprendíamos la marcha hacia la chacra por las calles polvorientas.
Orillando la ciudad junto al límite con el campo se veía la casona de ladrillos inmensos.
Nuestros ojos de niños fantaseaban con la imagen de un antiguo castillo.
Bordeando el terraplén y con las bolsas cargadas llegábamos a la casa vieja, ésa que amparaba la vida de mis familiares paternos en la Loma de Salomón.
Entrábamos con la alegría de niños dispuestos a soltar instintos reprimidos.
Las mujeres mayores preparaban las salsas mientras nosotros corríamos hacia el maizal y apostábamos a cruzarlo ya que un sinnúmero de culebras de colores eran las dueñas del lugar.
Los cobardes decidíamos montar los caballos o sacar agua del pozo con balde y una soga para saciar la sed de aquellas correrías.
Los hombres que eran mis tíos y otros parientes que no conocía hablaban siempre aparte, del gobierno, del trabajo, de la casita que iban a tener en el Barrio Obrero en la zona del Hospital San Roque hacia 1957.
En la cocina una anciana fumaba chala, era la bisabuela que sentada a lo indio observaba y hablaba. Los niños la mirábamos y sabíamos su nombre: Merenciana.
La bisabuela, india pura, tenía surcado el rostro con un millar de arrugas que adoptaban posturas en su cetrina piel debido al incesante movimiento de sus mandíbulas mascando tabaco.
Su cuerpo menudito cubría con típicas túnicas negras abotonadas hacia delante.
Mi primo mayor, Kaco, sabía recordarme la imagen de la india que junto al bracero hablaba de su "señorcito" refiriéndose al gran caudillo Juan Manuel. Las horas eran de tortura para un niño en las faldas de aquella bisabuela que pinchaba su cara con los cabellos duros y gruesos.
Por entonces tendría ciento un año la anciana, bien podría haber sido una de las tantas amantes del caudillo de la divisa punzó.
Otras veces rumbeábamos hacia la casa quinta, tía Mecha, Francisco y mis primas nos esperaban.
Peleas y carcajadas. Primos en bandos enfrentados, varones y chicas compartiendo los juegos en el granero. Hamacas que pendían del techo nos hacían volar por el aire desplegando mil emociones antes de aterrizar en aquel mar naranja de grano maduro.
Competíamos el impulso de volar más alto y hundirnos en las semillas más lejanas.
¡Cuántos gritos encerraba aquel granero, gritos de emoción, miedos y otras locuras!
La zona de quintas y de frutales se encontraban en la Loma de Salomón y en los alrededores de la escuela de Fruticultura, lugares pintorescos de Dolores.
Hacia Sevigné y Parravicini se extendía la zona ganadera.
La vida en este pueblo que hacia los años sesenta se convirtió en ciudad cobraba sentido también cuando alguien nos visitaba o cuando mamá proyectaba algún viaje.
Los días transcurrían opacos, los contemplaba tras las rejas de pesadas y antiguas ventanas o sentada en el umbral de aquella casa.
Tras la tapia
asoma embellecido
un naranjo.
Su copa de verde cabellera
lleva prendidas
flores muy blancas
aunque aún
no es primavera.
Oscuros brazos
se bifurcan,
hacia el cielo diáfano.
En serenas mañanas
un intenso perfume llega
a mi ventana.
Un murmullo de abejas
invade al árbol
en misteriosa danza
que no aquieta,
sólo el dulzor de mágico brebaje
trae la calma
a la siesta.
sábado, 19 de mayo de 2012
El nacimiento.
Más de medio siglo XX había transcurrido cuando nací.
Vidas y lugares de Europa habían sido devastados por las guerras, pero la esperanza de los que quedaron venció al dolor.
Occidente recibió a seres que hicieron realidad el sueño que graba el campo de batalla o de concentración: poder seguir viviendo.
Aquí en esta tierra que los albergó estaban los hombres que no sabían de encuentros bélicos y entre ellos mis padres que aparecieron a la vida entre 1919 y 1922.
Obreros que habían crecido con las privaciones de la época infame debido a la crisis mundial que afectó muy seriamente la economía argentina y al gobierno conservador que conducía los destinos del país: pueblo en alpargatas y ollas populares.
Años más tarde vieron florecer los girasoles y el trigo que convirtió a esta tierra en el granero del mundo.
Y aunque las miserias golpeen a la puerta hay algo que perdura para avivar el espíritu, y es el amor.
Corría la década del cincuenta, mi madre dispuso "todo" antes que la partera llegara.
Una habitación ordenada, toallas limpias y agua hirviendo en la cocina a leña.
La casa donde nací siempre fue posada de familiares de campo o de la zona costera.
Mi nacimiento fue en Dolores, provincia de Buenos Aires, primer pueblo patrio fundado el 21 de agosto de 1817.
El sur había estallado porque el bloqueo inglés les impedía vender sus producciones y comerciar a gusto hacia 1839.
Fue allí donde los Libres del Sur enarbolaron protestas a favor de la libertad.
En esa casa crecí, primera nena esperada después de dos varones. Allí aprendí a jugar con ellos, a saltar los alambrados y correr tras la pelota.
Un año cumplía yo cuando Eva Duarte moría. Ese personaje polémico, mujer amada y odiada, que dio con el voto femenino la posibilidad de expresarse en las urnas a todas las mujeres del país.
La casa donde nací y pasé mi infancia fue tan mágica para mi como ese cielo estrellado lleno de historias contadas por mi madre.
Sus higueras colmadas de fruto dulce, amarillo y rojo hacían mis delicias de niña golosa.
A la sombra de ellas construí mil sueños, mil quimeras que quedaron flotando bajo ese cielo celeste profundo de pueblo.
Cuatro años tendría, quizás cinco cuando escuché sollozar a mi madre por la muerte de tantos niños que salían de las escuelas. El insensible Isaac Rojas había bombardeado Plaza de Mayo.
Pasaron muchos años para que me enterara que aquel suceso se había llamado Revolución Libertadora y que Perón había sido destituido.
Había aprendido a trepar las acacias y desde allí embriagarme con el perfume dulce de sus flores.
Veía jugar desde ellas a los chicos y chicas de mi barrio.
Ir creciendo fue ir perdiendo libertades. La nena traviesa no podía pisar la vereda, la nena no podía montar las bicicletas de los varones. La nena debía dormir la siesta.
Niñez de pueblo donde los formulismos eran leyes, donde el qué dirán era más importante que el qué decir.
Epoca dictadora, donde los niños no podían expresarse, donde la norma era la obediencia y el sexo un tabú.
Niñez, época de inocencia, de cigüeñas que llegaban de París, de Reyes Magos y ratones que coleccionaban dientes de leche.
Lejana niñez de blanco delantal almidonado, de muñecas y libros amados con perfume a jazmines y a doradas acacias.
Niñez, lucecita del alma que jamás se apaga.
De
aromáticos
árboles fui cortando
esencias de tomillo y de romero.
Fui impregnando
mis días con sabores
de laureles, albahacas y oréganos.
En la huerta de niñez tan pura
sonrojaban los tomates a mi paso
y un ejército de habas sonreían
a mis manos cargando los zapallos.
En el jardín de Angela y Mecha
mis fantasías las dalias conocían.
En carrozas de jazmines y violetas
me paseaba
aspirando las fragancias
de fresias y de nardos que en la vida
a esta niña rebelde y varonera
acompañarían.
Más de medio siglo XX había transcurrido cuando nací.
Vidas y lugares de Europa habían sido devastados por las guerras, pero la esperanza de los que quedaron venció al dolor.
Occidente recibió a seres que hicieron realidad el sueño que graba el campo de batalla o de concentración: poder seguir viviendo.
Aquí en esta tierra que los albergó estaban los hombres que no sabían de encuentros bélicos y entre ellos mis padres que aparecieron a la vida entre 1919 y 1922.
Obreros que habían crecido con las privaciones de la época infame debido a la crisis mundial que afectó muy seriamente la economía argentina y al gobierno conservador que conducía los destinos del país: pueblo en alpargatas y ollas populares.
Años más tarde vieron florecer los girasoles y el trigo que convirtió a esta tierra en el granero del mundo.
Y aunque las miserias golpeen a la puerta hay algo que perdura para avivar el espíritu, y es el amor.
Corría la década del cincuenta, mi madre dispuso "todo" antes que la partera llegara.
Una habitación ordenada, toallas limpias y agua hirviendo en la cocina a leña.
La casa donde nací siempre fue posada de familiares de campo o de la zona costera.
Mi nacimiento fue en Dolores, provincia de Buenos Aires, primer pueblo patrio fundado el 21 de agosto de 1817.
El sur había estallado porque el bloqueo inglés les impedía vender sus producciones y comerciar a gusto hacia 1839.
Fue allí donde los Libres del Sur enarbolaron protestas a favor de la libertad.
En esa casa crecí, primera nena esperada después de dos varones. Allí aprendí a jugar con ellos, a saltar los alambrados y correr tras la pelota.
Un año cumplía yo cuando Eva Duarte moría. Ese personaje polémico, mujer amada y odiada, que dio con el voto femenino la posibilidad de expresarse en las urnas a todas las mujeres del país.
La casa donde nací y pasé mi infancia fue tan mágica para mi como ese cielo estrellado lleno de historias contadas por mi madre.
Sus higueras colmadas de fruto dulce, amarillo y rojo hacían mis delicias de niña golosa.
A la sombra de ellas construí mil sueños, mil quimeras que quedaron flotando bajo ese cielo celeste profundo de pueblo.
Cuatro años tendría, quizás cinco cuando escuché sollozar a mi madre por la muerte de tantos niños que salían de las escuelas. El insensible Isaac Rojas había bombardeado Plaza de Mayo.
Pasaron muchos años para que me enterara que aquel suceso se había llamado Revolución Libertadora y que Perón había sido destituido.
Había aprendido a trepar las acacias y desde allí embriagarme con el perfume dulce de sus flores.
Veía jugar desde ellas a los chicos y chicas de mi barrio.
Ir creciendo fue ir perdiendo libertades. La nena traviesa no podía pisar la vereda, la nena no podía montar las bicicletas de los varones. La nena debía dormir la siesta.
Niñez de pueblo donde los formulismos eran leyes, donde el qué dirán era más importante que el qué decir.
Epoca dictadora, donde los niños no podían expresarse, donde la norma era la obediencia y el sexo un tabú.
Niñez, época de inocencia, de cigüeñas que llegaban de París, de Reyes Magos y ratones que coleccionaban dientes de leche.
Lejana niñez de blanco delantal almidonado, de muñecas y libros amados con perfume a jazmines y a doradas acacias.
Niñez, lucecita del alma que jamás se apaga.
De
aromáticos
árboles fui cortando
esencias de tomillo y de romero.
Fui impregnando
mis días con sabores
de laureles, albahacas y oréganos.
En la huerta de niñez tan pura
sonrojaban los tomates a mi paso
y un ejército de habas sonreían
a mis manos cargando los zapallos.
En el jardín de Angela y Mecha
mis fantasías las dalias conocían.
En carrozas de jazmines y violetas
me paseaba
aspirando las fragancias
de fresias y de nardos que en la vida
a esta niña rebelde y varonera
acompañarían.
Hasta los años setenta la vida en mi pueblo transcurría lentamente. En esa época pensaba que la vida era casi infinita, que mi tiempo era interminable, que yo tenía la verdad y que era dueña del mundo.
Con el paso de los años la vida me mostró que es tan fugaz como la caída de una estrella, que había logrado los proyectos materiales y que así como habían llegado se habían ido como agua en las manos.
Que lo material queda en la tierra y la mayoría de las veces trae problemas a la descendencia. Que el pasado es irrecuperable. Que las cartas que no escribí para decirles "los quiero, son parte de mi vida" quedaron en mi corazón.
Una nostalgia que no es tristeza me acompaña y mi espíritu de niña que gozaba del prodigio de la infancia se hizo presente y fue guiando mis palabras, fue matizando con colores y emociones el relato.
El compromiso máximo es éste, partir de mi para mostrar una sociedad llena de tabúes y prejuicios.
He querido ser fiel a mis ideas partiendo de mi realidad, de mi gente, de mis experiencias y recuerdos de esa época.
Les regalo los relatos, los más bellos, los que viví en ese pueblo donde, por dolor, no quise seguir viviendo.
Con el paso de los años la vida me mostró que es tan fugaz como la caída de una estrella, que había logrado los proyectos materiales y que así como habían llegado se habían ido como agua en las manos.
Que lo material queda en la tierra y la mayoría de las veces trae problemas a la descendencia. Que el pasado es irrecuperable. Que las cartas que no escribí para decirles "los quiero, son parte de mi vida" quedaron en mi corazón.
Una nostalgia que no es tristeza me acompaña y mi espíritu de niña que gozaba del prodigio de la infancia se hizo presente y fue guiando mis palabras, fue matizando con colores y emociones el relato.
El compromiso máximo es éste, partir de mi para mostrar una sociedad llena de tabúes y prejuicios.
He querido ser fiel a mis ideas partiendo de mi realidad, de mi gente, de mis experiencias y recuerdos de esa época.
Les regalo los relatos, los más bellos, los que viví en ese pueblo donde, por dolor, no quise seguir viviendo.
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